Otra semana más y una menos para obtener la bendición del Gran Ojo ubicado en su inaccesible torre de sangre y muerte, vida y opacidad, pórfido y obsidiana, en la misma encrucijada que ahora puedo divisar desde el desnudo otero de mi razón, como una última piedra miliar que me señalara la proximidad de un nuevo territorio anímico. De pronto un frío gélido recorre mis nervios, se cuela entre los intersticios de mi mente, y se materializa ante mí una enigmática sibila que alza su brazo y lo dirige hacia un serpenteante sendero repleto de retamas y lentiscos conducente al llano que se extiende bajo mis temblorosos pies. En la calvicie principal del terreno se alza de repente un inmenso cenotafio cuyo centro es ocupado por un opaco peristilo que apenas si deja penetrar alguna luz entre la proximidad de sus agrietadas columnas. Mi alma se percibe densa, pesada, grávida de una losa metafísica que se asemeja a un cansancio infinito. Las notas demoledoras de "This is the new shift" del reverendo Marilyn Manson azotan mis oídos e impulsan obsesivamente mi marcha. A medida que avanzo hacia mi objetivo el propileo del templo comienza a transformarse en una rugiente ola que rompe con estrépito contra un rocoso y abisal acantilado. Me asomo al vacío. Bajeles fantasmales de bordos invisibles surcan las opacas y tumultuosas aguas del fondo. Por un instante atiendo a un rumor incesante que llega a mi cerebro convertido en espirales de contundente sonido eléctrico: es el "Welcome to the jungle" de Guns & Roses, y cuando de nuevo mi atención trata de centrarse en la oscuridad circundante ésta, casi milagrosamente, desaparece para dejar paso a una superficie transparente, ondulante y translúcida, sobre la que poco a poco se va perfilando un rostro conocido para mí. Creo adivinar en su mirada reflectante una actitud sumisa, petitoria, una súplica de reposo o quizás de perpetuo abandono, de cierre. Mi semblante se ha transformado en una máscara retorcida por un sufrimiento extremo. Aparto aterrorizado la vista de lo que soy y no soy yo, de la mirada dura y cortante de un extranjero interior que me escruta, implacable, el alma. Corro pero no avanzo. Trato de huir y cada vez estoy más cerca de hundirme. En un último intento desesperado alzo la vista y en medio del desconcierto una voz aterciopelada y tranquilizadora me susurra palabras incomprensibles al oído, pero yo llego a comprender su significado profundo, y Ella aplica en su sentido un doloroso cauterio regenerador sobre mi alma grávida, enferma de plétora, sobreabundada de sí. Abro los ojos y veo la Luz. Con un gesto casi involuntario me adentro en su brillante palpitar: PUSH IT LIGHTING:

Atom Egoyan: Ararat. Raffi, un inteligente y sensible joven de prosapia armenia, vuelve a Canadá con latas de película de 35 mm y una serie de grabaciones digitales. El aduanero David, un excepcional Christopher Plummer, le somete casi desde el inicio a un inquisitivo interrogatorio motivado por la sospecha de un enigma, también el propio misterio que intuye en sí mismo y que en sí habita. Nace entonces la nueva complejidad narrativa de nuestro admirado realizador, ofreciendo sus constantes cinematográficas aunque no tan visibles pero igualmente presentes: fragmentación temporal, fusión de hilos narrativos aparentemente divergentes, especulaciones especulares situadas en una plano metanarrativo, ficción suplantadora de una realidad múltiple. Todo ello hábilmente conjugado para configurar la arquitectura del "cine dentro del cine" y acabar funcionando como reencuentro con una memoria histórica hórrida, olvidada, sepultada por la maquinaria inquisitorial de las instituciones turcas, "La Cosa" terrible de un pueblo, el armenio, que fue sometido a un genocidio del que la Historia Oficial apenas si guarda un registro visible, es decir, la tentativa de Egoyan por quitar el velo del silencio largo tiempo impuesto a lo considerado como no soportable, pero sin utilizar la añagaza de la belleza, tampoco sucumbiendo al feísmo posmoderno de una cretina desublimación, nada de eso, sino tratando de cohonestar, en el amplio sentido del término, corrientes contrapuestas y contradictorias en una visión lúcida aplicada sobre la responsabilidad, la culpa y el propio sentido de la historia desde su interpretación retrospectiva. Y el pináculo de su método se alcanza cuando la interioridad de los personajes se ve asimismo afectada por el enfrentamiento del sinsentido que supone una muerte, un suicidio, la ausencia del Padre y, en consecuencia, la reconciliación con su figura simbólica al aceptar su Ley, su Nombre, sin por ello tener que ocupar imaginariamente su lugar. Egoyan cierra perfectamente el drama con un "botón simbólico" de muestra, el mejor ejemplo de lo que un cineasta singular y profundo puede llegar a realizar al enfrentar el dolor máximo de la aniquilación total. En efecto, ha sido capaz de utilizar el libro de memorias del pastor americano Clarence Ussher titulado "An American Physician in Turkey" y publicado en 1971 para desvincularlo en el fondo de referencias pseudoépicas y fijarlo a un cierto tipo de heroicidad de base, entregada a paliar el sufrimiento ajeno mediante su funcionamiento como espejo del horror absoluto. Su musa y mujer Arsinée Khanjian, un competente Charles Aznavour, el joven David Alpay y el gran Elias Koteas compondrán los necesarios vértices actorales en este maravilloso poliedro socioemocional. Las palabras de Egoyan así lo ratifican: "Ararat ofrece a todos estos personajes la oportunidad de reencontrarse entre ellos, de reencontrarse a sí mismos, porque todos ellos tienen una necesidad vital de escoger la verdad, y todos ellos esperan encontrar un sentido a su vida cuando lleguen a aceptar esa verdad". Una auténtica joya imprescindible para el amante del buen cine. Muy Buena.

Joel Schumacher: Tiempo de matar. Basado en una novela del "bestselleriano" John Grisham, el competente realizador que es Schumacher nos sumerge de lleno en un moralizante thriller jurídico-policial plagado de estrellas y fallido no tanto en su concepción cuanto en su falta de esclarecimiento en torno a algunos puntos oscuros directamente relacionados con planteamientos judiciales y psiquiátricos. Un afianzado Samuel L. Jackson y un hiperguapo Matthew McConaughey darán vida a acusado y abogado defensor respectivamente, en lo que resulta ser un alambicado y éticamente ambiguo caso de violación, venganza y asesinato. Pero si resulta que la inocencia que se pretende pasa por la lógica de asumir una disociación transitoria del padre vengador (se miente, puesto que el personaje encarnado por Jackson sólo encuentra alivio en asumir su responsabilidad consciente de ese crimen), y la culpabilidad por la línea de demostrar una decisión de venganza consciente (se dice la verdad, puesto que el personaje encarnado por Jackson no titubea en afirmar que sus ajusticiados, los violadores de su hija de 10 años, deben morir), entonces la cuestión es: ¿qué sentido tiene la justicia? O también: ¿De qué clase de justicia estamos hablando en realidad? El último discurso de McConaughey es excesivo y sólo persigue preparar el camino al esperado desenlace, tal vez el menos conflictivo y más amable para el espectador. El enfrentamiento en la sala entre un crecido McConaughey (qué bien estuvo en el particular "Escalofrío" de nuestro admirado Bill Paxton) y un despiadado Kevin Spacey son, sin lugar a dudas, lo mejor de una cinta a la que sólo nos es dado calificar de correcta.

Mark Robson: Regreso al paraíso. Penosa realización del responsable de esa maravilla imperecedera llamada "Más dura será la caída", título que le viene como irónica justa medida para calificar el descenso cualitativo operado a través de esta insulsa historia ambientada en la Polinesia y con más tópicos por metro cuadrado que mentiras detectadas por intervención parlamentaria, lo cual la convierte en un compacto e inagotable cliché visual. Un decadente Gary Cooper muestra evidentes signos de agotamiento interpretativo metido en la piel de un aventurero abarraganado, que tiene tiempo para enfrentarse a un estúpido predicador de malsina mirada, preñar a una hermosa nativa, huir cuando ella fallece, y por último regresar para hacer de buen papá y así, como si la cosa no fuera con él, lavar su sucia y despreciable conducta. Dios está presente y bendice el desenlace. Como ya ocurriera en la creación del mundo, en el inexistente y fatídico edén, la cosa termina por ser simplemente... lamentable.

George P. Cosmatos: Conspiración en la oscuridad. El defenestrado Charlie Sheen, la "exterminada" Linda Hamilton y un todoterreno ya mítico llamado Donald Sutherland son los protagonistas de esta historia de espionaje y articulaciones paranoicas made in USA, que cuenta entre sus mayores méritos el de ofrecer una de las peores escenas e acción que se hayan rodado jamás. Uno acaba experimentando vergüenza ajena y propia al contemplar semejante despropósito en manos de un realizador incompetente y unos actores pululando como fantasmas dentro de unos personajes translúcidos. Sheen salvará al presi y se quedará con la madre de John Connor. No está mal para una basura de tan inabarcable magnitud. Lamentable.

Y ya os dejo una semana más, que para mí es menos, en la espera de recibir la corrosiva Plataforma de Michel Houllebecq (recomiendo encarecidamente sus Partículas Elementales), y de poder al fin deleitarme con ciertos artículos confeccionados por Domènec Font sobre la última mirada arrojada sobre el mundo de alguno de los más grandes creadores que haya podido alumbrar el séptimo vicio: Bergman o Dreyer por ejemplo. Experimento tristeza por la irreparable pérdida y el enorme vacío cultural que deja el gran Manuel Vázquez Montalbán (se reía de los que le denominaban gourmet de las letras. Su historia no oficial de la cocina se llama precisamente Contra los gourmets), y me da lástima ese patetismo ridículo escenificado por el decrépito y agonizante pastóforo de la gentil secta católica, un ser moribundo a la caza y captura de su muerte filmada por miles de cámaras, un fallecimiento en vivo y en directo a la sombra de la mítica tragedia del Gólgota. Ya lo ha dicho el lúcido Vicente Verdú y a él me remito. Mientras tanto, embriagado gracias a la fantasía que me transporta a Su lado, mi corazón bombeado por un dulce aflujo de ataraxia, trabucado el sentido convencional de lo circundante, pienso en determinados misterios que apelan a lo incomprensible y doy gracias al orden de la existencia por mantener fuera de nuestro entendimiento justo aquello capaz de fundamentar la posibilidad recóndita del mismo.

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Enigmas de Salvación
Fecha de publicación: 2003-10-22 09:32:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1242 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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