Bajad para que subáis, y subid tanto que lleguéis a Dios; porque verdaderamente caísteis subiendo contra él .

San Agustín. "Confesiones". Cap. XII. Libro Cuarto.

Una semana más donde prosigo con algunas disquisiciones para finalmente cerrar un nuevo tríptico conceptual que el Rincón ha dedicado a nuevos aspectos relacionados con la dimensión espiritual del hombre. Estas cuestiones han de tomarse como auténticas donadías provenientes de las zonas más luminosas de nuestra mente, lo que equivale a suponer un origen también enterrado en ciertas estancias ocultas del corazón. Sea como fuere, y aprovechando la inercia emotiva que miles de creyentes se empeñan en proseguir a pesar de las objetivas evidencias (la fabricación de la santidad ya ha dado comienzo) en contra, nos atrevemos humildemente a preguntar: ¿qué nos queda a estas alturas de (pos)metafísica de un supuesto sentido liberador dentro de la propia dinámica de la historia? Y descendiendo a un nivel más concreto e individual, ¿qué sentido tiene la autonomía moral de pretendido origen protestante y de detectable raigambre kantiana? ¿Qué ocurre con el tema de la libre interpretación individual de ciertos textos sagrados? Pienso entonces que tal vez tendríamos que barajar la posibilidad de que sea el propio texto el que nos interprete a nosotros siempre y cuando contemos con un cierto bagaje previo de creencias. No olvidemos que la lengua, entendida como el soporte material de toda una infinita red de relaciones simbólicas, siempre nos espera para marcar nuestro cuerpo con letras y significantes. Entonces, ¿cómo ligar la subjetivación de la hermenéutica con el surgimiento de una autoconsciencia moral autodeterminada, y establecer además relaciones de este fenómeno con la aplicación de reglas interpretativas supraindividuales de un modo legítimo? ¿Quién entonces puede arrogarse la función preponderante de ser mediador en la interpretación de un texto sagrado? No hay duda de que la propia concretización de determinadas teorías de la interpretación es ámbitos de práctica y ejercicio de las mismas provoca una modificación sobre algunas de sus bases, bien para afianzarlas bien para proponer alternativas de lectura. Y en este contexto la figura del mediador cuya sabiduría se pone al servicio del desvelamiento de unos textos crípticos a cambio de un rol social preponderante es muy significativa. ¿No es develar el misterio de un oscuro significante un debelar el sentido? ¿No es operar una forzada e inútil rendición al haber librado una tortuosa batalla, siempre perdida de antemano, contra la ambigüedad?

Mi mente comienza a emitir unas ondas electromagnéticas sospechosas que son detectadas en forma de molestas punzadas sinápticas, lo que me impulsa hacia una inmediata relajación cerebral para lo cual nada mejor que contar con algunas obras selectas del gran compositor británico Lennox Berkeley (1903-1989), gran amigo de Francis Poulenc y profesor del peculiarísimo John Taverner, católico convencido y converso en el 28, nombrado "doctor honoris causa" por la prestigiosa universidad de Oxford en 1970, y cuya maestría compositiva eleva mi alma hasta zonas en que puedo especular con la existencia de una real armonía entre el sonido inmaterial y la sustancia invisible que nos habita. Escucho atento el "Crux fidelis, Op.43 No.1" y salto a continuación, reconozco que dando un pequeño avance rápido entre pistas, hacia una maravillosa "Mass for Five Voices, Op.64" (Kyrie / Gloria / Sanctus / Benedictus / Agnus Dei). Concluyo sin embargo con su precioso y admirable "Magnificat and Nunc dimittis, Op.99" y con los "Three Latin Motets, Op.83 No1" que escribió expresamente en 1972 para el coro del "St John’s College" de Cambridge.

Aun así no puedo dejar de cuestionarme más y más cosas directamente relacionadas con la poca permeabilidad global de ciertos contenidos eclesiológicos muy importantes. Parece que el divorcio entre el ámbito dogmático absorbido por la cultura creyente de masas y el teológico, de acceso mucho más restringido para estudiosos y curiosos con cierto nivel formativo, fuera completo y total. Y es una pena que esto venga sucediendo porque es de esta forma como ciertas metodologías de investigación y numerosos hallazgos científicos quedan fuera de la órbita de influencia de los pensamientos y las ideas a un nivel que podríamos denominar basal. La gente común consume dogmas que no transpiran reflexión auténtica ni curiosidad seria, sino que más bien acaban configurando un corpus de lugares comunes asiduamente frecuentado por la comodidad más sumisa y adocenada. El asenso mediático al que vergonzosamente estamos asistiendo durante estos últimos día en cuestiones que habrían de ser abiertamente expuestas y debatidas es el mejor y más triste ejemplo de lo que digo. Me siento cansado y algo falto de fuerzas. Su dulce cuerpo me abraza y ahora el universo es sólo su tacto, su mirada, y me abandono entonces a una suave sensación que se apodera poco a poco de mí sumergiéndome en una luminosidad quieta y densa. Trato de acariciarla. PUSH IT LIGHT INSIDE:

Bruce Beresford: Doble Traición. Apropiado título para un filme que hace bueno su nombre al someter al sufrido espectador a una traición como mínimo doble y de carácter claramente alevoso. Desde luego hay que tener mucha, muchísima cara para rodar una, podríamos denominarla así, continuación de género de "El Fugitivo", puesto que si el perseguidor vuelve a ser un agotado Tommy Lee Jones no es menos cierto que el perfil del perseguido cumple con todos los requisitos atesorados por aquel asfixiado Harrison Ford: personaje honesto, confiado rayando con lo ingenuo antes de verse sometido a una traición por la que será injustamente acusado y/o condenado y que le servirá para adquirir un cierto matiz de héroe mártir que finalmente quedará redimido y demostrada así su absoluta e impoluta inocencia. En el lamentable caso que nos ocupa será la hermosa Ashley Judd la que sufrirá en sus carnes los dolorosos efectos de la traición más inesperada, aunque para el observador no lo sea tanto, sin lograr desprender por ello el verdadero aroma de la venganza ciega y paralizando el supuesto progreso madurativo de su personaje que de esta manera queda anclado en una sucesión repetitiva de secuencias persecutorias y angustias fingidas hasta que por fin cumpla con su destino de madre repleta y feliz. Lo peor de la cinta es la continua sensación de dejá-vu que no se aparta del espectador ni un solo instante, haciendo que le metraje caiga una y otra vez en territorios archiconocidos de insufrible t(o/i)picidad para definitivamente no dejar ni tan siquiera medianamente diáfana la propuesta de una intriga resuelta con nulas dosis de originalidad. Mala.

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Encuentros con lo sagrado III
Fecha de publicación: 2005-04-11 16:05:15, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1071 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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Encuentros con lo sagrado III

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