Una semana más, la penúltima entrega del Rincón antes de las merecidas vacaciones estivales, en que reflexionar sin apenas concesiones sobre temas directamente relacionados con la cultura y el arte. ¿Ha de pensarse esto como una provocación? Tal vez sí, si tenemos en cuenta la profunda náusea que puede llegar a experimentarse con tan sólo pulsar un botón para acceder a la ingente cantidad de telexcrementos que diariamente amenazan con anular nuestra ya mermada capacidad de razonamiento.
El Pensamiento deviene desleído a fuerza de envolver tantas abstracciones. Las visiones que me asaltan no dejan de provocarme un temblor bien perceptible cuando soy plenamente consciente de la preponderancia virtual de personajes de látex y papel maché, de giróvago falso espíritu, transformados en un burdo remedo sardónico de la auténtica realidad que dicen representar: intelectuales y pensadores de nuevo cuño oscilando entre ideologías neoludistas e ingenuidades positivistas, con un estilo en ocasiones engañosamente directo y catafórico, algo sincopado; tal vez ubicados entre el adoctrinamiento a lo Marta Harnecker y algunos espeluznantes experimentos neoliberales apoyados en las teorías de Milton Friedman, pero siempre tratando de celar su verdadero y más oculto punto de vista, recatando al máximo las opiniones vertidas como si de fieles fámulos con relación al poder establecido se tratase. Convertidos en el mejor de los casos en la rebaba del mega-objeto hiperreal presentado como hito evolutivo del hombre ultratecnológico. Bordes insignificantes de un mundo en vertiginosa disolución. Preocupante.
Así que prefiero entonces redoblarme en una dimensión espacial y temporal algo ampliada (entiéndaseme esto como una afortunada referencia a la densidad de la huella del tiempo enmarcada dentro del espacio cinematográfico), colocarme los cascos, subir el volumen, sumergirme a continuación en una vivencia musical indeleble mediante el disco "Darkwood" de David Darling, para salir de la congoja experimentada y retornar a una especie de ritmo refrescante de claras resonancias "maneristas" (no confundir con manieristas ni tampoco con extintos seguidores del filósofo español desaparecido en 2006) con Mika y Scissors Sisters. Al no sentirme completamente satisfecho con los resultados ofrecidos por este tosco subterfugio, pruebo entonces a deleitarme con las inteligentes letras del particularísimo crooner autóctono que es Abraham Boba ("Las masas" es una crítica implacable al modelo actual de globalización de pensamiento y conducta) y prosigo gratamente sorprendido por el logro fusional (llamémosle como se merece: mezcla novedosa y espectacular) alcanzado por Chano Domínguez en su flamante y altamente recomendable "New Flamenco Sound". Una vez más recupero la electricidad interior y esos chasquidos neuronales reverberan en mi memoria trayéndome imágenes sobre mi última y compartida experiencia de consumo museístico-pictórico, que no es otra que la del magistral pintor veneciano Tintoretto (1518/19-1594) siendo escudriñado por mis ojos y las del gran amigo, gran aficionado y excelente músico que es Oscar Hernández.*
Tintoretto, ínclito personaje, coetáneo de Veronés, Jacopo Bassano y Schiavone, con quien colaboró seguramente en sus primeros años, pudo quizás haber asimilado los principios básicos de la pintura con Bonifacio de Pitati, Bordone y Pordedone. También son detectables las claras influencias de Miguel Ángel y Correggio, y por supuesto del omnipresente Tiziano, convirtiéndose así en una especie de etiqueta aquella fórmula que ha hecho fortuna en el mundo del arte y que sintetizaría la combinación hallada por Tintoretto como la perfecta mezcla entre "El colorido de Tiziano y el dibujo de Miguel Ángel." Pero la singularidad de Tintoretto iría mucho más allá de ese trabajo recopilatorio e integrador de influencias múltiples al inaugurar una técnica totalmente novedosa, trascendiendo los modelos iniciales y tendiendo puentes inauditos entre sus propuestas.
El colorido en la obra de Tintoretto es profundo, el dibujo elegante, las anatomías expresivas y poderosas. La Luz destila vigorosos destellos, con pinceladas fuertes bien articuladas en un lenguaje poético emocional y vibrante. Y es que precisamente dentro de la dimensión lumínica es donde el pintor será capaz de ofrecer resultados tan espectaculares que todavía no dejan de asombrarnos hoy en día; transformando para ello la dialéctica entre la luz y el ambiente naturalista basada en un uso novedoso de la materia pictórica, la textura, el color y por supuesto la luz, esa luz que quiebra (densificándolo) el tejido pictórico en múltiples e iridiscentes fragmentos. A partir de sus hallazgos técnicos en este sentido, Tintoretto impulsa su fantasía a la hora de recrear una naturaleza a veces poética, casi irreal, apoyándose para ello en un luminismo de gran intensidad dramática con una utilización prodigiosa del claroscuro. Esto es un palmario ejemplo de cómo la técnica puede ser motor de inspiración que a su vez la hace progresar sin descanso. Es el enigmático círculo productivo de la creatividad de los grandes talentos.
La técnica inaugurada por Tintoretto es además de nueva rápida, aunque gran parte de su novedad es justo reconocer que emana precisamente de su celeridad: Pintura alla prima, directa sobre el lienzo, esbozando las figuras sobre el óleo, de apariencia abocetada y pinceladas disueltas en la luz ambiental.
Tampoco son menores todas las propuestas en el ámbito del espacio. De hecho estamos hablando en Tintoretto de una nueva forma de escritura espacial construida a través de una sintaxis de directrices escorzadas en diagonal y un marco racional convertido en un continente flexible y convulso, dilatado y elástico, con una apertura hacia lo trascendente y cósmico. La perspectiva es, en efecto, forzada, exagerada en escorzos perspectívicos, con espacios que huyen hacia el infinito mediante el uso de planos alternados de luz y sombra, con ritmos cambiantes y violentos destellos anegados de un color vivo y profundamente expresivo dentro de un universo complejo y dinámico, enormemente exaltado y vivificado gracias a la gestualidad y las actitudes extremas de sus pobladores. No habremos de olvidar a este respecto que Tintoretto fue, amén de gran retratista, un excelente pintor de batallas valedor de una marcada pericia para insertar un incesante flujo narrativo en sus absorbentes imágenes de combate.
Pero todo ello ha de comprenderse anclado y bien anclado en las profundidades de una conciencia acreedora de una serie de valores éticos, estéticos y morales configurada desde posiciones de evidente calado contrarreformista. Porque más allá del dogma, en en el eximio pintor (ese gran aficionado que fue a la buena música y a todo lo relacionado con la escenografía y el teatro; no en vano fue íntimo del actor Andrea Calmo famoso por las polémicas opiniones vertidas en algunas de sus cartas), resaltan valores hondamente humanos, principalmente una fe inquebrantable en el ser humano humilde y doliente, y una fe incontrovertible en la salvación del hombre a través de la verdad de la revelación divina, no ocultando sin embargo toda la carga de dramatismo y patetismo religioso que toda tarea vital dirigida hacia la salvación siempre ha de conllevar. Una fe, resumiendo, en el Amor.
Y es que el amor siempre se halla presente en cualquier manifestación artística. ¿Cómo no habría de estarlo en sus infinitas y misteriosas variaciones de intensidad? ¿Acaso no se esconde tras su fachada de felicidad un horror insondable que nace desde lo más profundo del Ser? Esto me conecta para terminar con uno de los creadores cinematográficos que más y mejor han reflexionado y teorizado en imágenes (jamás con mensajes fáciles ni moralinas tranquilizadoras) sobre este enigmático sentimiento. Me resulta sobremanera enriquecedor el placer que así obtengo del disfrute de una obra clásica y muy singular, la que el maestro francés François Truffaut dedicara a las vivencias y andanzas de un personaje tan señalado como Antoine Doinel, el protagonista de su ya mítica "Los 400 golpes" y cuya trayectoria fílmica concluye precisamente en la película sobre la que deseo ofrecer un breve comentario: "El amor en fuga."
Truffaut realiza en esta obra un trabajo inteligentísimo de autorreferencia sobre la situación vital de su personaje a través de una indagación memorialista sobre ciertos hitos existenciales, desde sus relaciones familiares en la infancia y adolescencia hasta llegar a su reciente divorcio, pasando por las vicisitudes sentimentales de un hombre moldeado a partir de las dos coordenadas de la angustia y la inhibición emocional. Siguiendo los pasos y recuerdos del inefable Antoine (excelente siempre Jean-Pierre Léaud) vamos descubriendo a la vez una particular forma de abordar el complejo y siempre esquivo tema del amor y su consolidación dentro de la (en no pocas ocasiones) asfixiante institución familiar. Como reza el propio título, el amor es una substancia huidiza, inaprensible, de muy difícil catalogación y siempre dispuesta a darse la mano con el azar y el caos. La autorreflexividad del autor le permite utilizar todo su anterior material para ofrecer un cuadro completo de la encrucijada sentimental de un hombre raro, a veces extravagante, escritor ocasional, con un hijo al que adora y dispuesto al fin a no perder la esperanza en la consecución de una cierta felicidad cotidiana, fundamentada en la alegría de crear y compartir. El amor se convertiría así en un arte, el arte de la fuga (bien remarcada la idea por la última conversación con el retrato de Bach al fondo), cuya sublime melodía habría que fundamentarla en un equilibrio milagroso nacido tanto de la inspiración como del trabajo incansable y continuo. El guiño del maestro al utilizar una secuencia de su negra "Una chica tan decente como yo" para despojarla de su contexto de significado original no hace sino remarcar su confianza en que el amor sólo puede sustentarse sobre una buena dosis de optimismo y confianza, y es que a veces ser optimista puede resultar lo más práctico.
Sin duda se trata de una lectura positiva no exenta de profundidad y sabiduría. Pero no olvidemos que el velo de la tranquilidad y la belleza siempre oculta la acechanza de un malestar indefinible. Truffaut ahonda de hecho en esas procelosas profundidades en títulos tan desesperadamente románticos y trágicos como "La piel suave", "Las dos inglesas y el amor" y especialmente "La mujer de al lado", un prodigioso ejercicio de austeridad narrativa al servicio de una historia pasional cruda y desesperada cuyo final no puede ser otro que el filmado con precisa sabiduría por nuestro autor.
Ya es hora de marcharme y dejaros reposar estos decires hasta el próximo número cultureta, que por cierto será el último antes de iniciar su necesario silencio canicular.
Me recuesto, adopto una postura cómoda, alcanzo el libro, lo abro. "No es país para viejos" de Cormac McCarthy; me sitúo en pocas páginas al borde del abismo: la sima insondable y oscura del alma humana. Los geniales Coen han filmado esta obra y la han presentado con excelente aceptación por parte de la crítica especializada en el recién concluido 60 Festival de Cannes (se hace duro saber que el gran Ettore Scola dijo una vez vista esa obra maestra de Eastwood llamada "Bird", y a pesar de saber que se trataba de la mejor entrega de aquel certamen, que no consentiría que ganase un vaquero yanqui. Se equivocó y mucho. Ese "vaquero yanqui" ya es un director consagrado que ocupa un lugar entre los clásicos). Espero impaciente lo nuevo de Wong Kar Wai, los citados Joel y Ethan Coen, Gus Van Sant, Alexander Sokurov, Béla Tarr y por supuesto Andréi Zviaguintsev (la extraordinaria "El Regreso" ya anticipaba grandísimas cosas), amén de las dos grandes triunfadoras este año: la japonesa "Mogari no mori" de Naomi Kawase y la rumana "4 meses, 3 semanas y dos días" de Cristian Mungiu.
¿Podrá al fin redimirnos el arte? ¿Y si al fin todo consistiera en decir la Verdad, en vivir en la Verdad, en buscar esa expresión lúcida y definitiva que no puede salvarnos de nada porque no hay nada de lo que podamos ser salvados? Lo contrario valdría por igual.
 
(*) Las opiniones vertidas sobre Tintoretto son una síntesis de los dos excelentes artículos sobre el pintor recogidos en el libro "Tintoretto" (biblioteca El Mundo, 2005) cuya autoría corresponde a Manuela B. Mena Marqués.
Merece la pena destacar algunas obras inmortales del genial maestro:
El Lavatorio (1547)
La última cena (1547)
La princesa, San Jorge y San Luis de Tolosa (1553)
La disputa de Jesús en el Templo (Hacia 1542-1543)

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El arte de amar el arte de amar el...
Fecha de publicación: 2007-06-01 02:06:42, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1458 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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