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Fecha de publicación: 31/03/2003 18:58:00

Detrás del muro



Otra semana más marcada por los tristes acontecimientos internacionales que vienen marcados, contabilizados, medidos, por el reloj del Infierno. Muerte, masacres, destrucción, miseria, hambruna, desolación, odio, ira, venganza, aniquilación, horror. Los gritos de los inocentes son ahogados por el fragor de las cruentas batallas en nombre de un vació nominal. Los niños son despojados de ilusiones, de futuro, de amor. En ellos germinará la semilla de la violencia lenta pero inexorablemente, hasta llegar a transformar su carácter en un nido de víboras. Apocalypse Now: la realidad continúa superando la ficción. Para no vomitar mientras escribo estas palabras hago sonar a todo volumen el enorme trabajo "The New Mythology Suite" de Symphony X (en concierto el 8 de abril, allí estaremos Oscar), me paseo por la última tentación de Jesús a través de las notas de Peter Gabriel y su magistral Passion, y concluyo con la más conocida de las sonatas de Ludwig van Beethoven, la número 14 op.27/2 (Claro de Luna). Mi ariélico espíritu precisaría subvenir su atormentado anhelo de quietud, pero por el momento le resulta harto complicado, así que opta por levantarse, desprenderse del apego material, volar hacia zonas menos concurridas, elevarse hasta los confines de lo conocido, experimentar el amor có(s)mico y pulsar la brillante estrella que parpadea como un púlsar frenético e incontrolado. Me zafo con hábil maniobra del asedio a que me ha sometido el Calibán de la desesperanza, hago un último y descomunal esfuerzo, y... y... ya está. PUSH it right now:

Roman Polanski: El pianista. Bien hermanos y hermanas culturetas, en esta ocasión podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que nos hallamos ante una obra absolutamente ejemplar, una tremenda película de esas que aparecen muy de tarde en tarde en nuestras amadas pantallas españolas, y ésta lo hizo tras haber ganado merecidamente el pasado y prestigioso festival de Cannes, para finalmente acabar constituyéndose en la indiscutible vencedora moral de la triste entrega de los Oscar 2003 (mejor director, mejor guión adaptado, mejor actor), recabando unánime aceptación y múltiples elogios por parte de público y crítica especializada. Y no es para menos. Basada en las confesiones autobiográficas del pianista Wladyslaw Szpilman, la película de Polanski supone una inmersión directa en el horror perpetrado por el nazismo en Polonia durante la Segunda Gran Guerra, focalizado en el exterminio deliberado de más de medio millón de judíos en el ghetto de Varsovia entre 1941 y 1943. Polanski también es un testigo superviviente de aquel terror y ese hecho se palpa en la poderosísima sensación de veracidad y realismo que impregna todo el metraje, especialmente la primera parte del filme. A media que Szpilman (un prodigioso Adrien Brody) es progresivamente despojado de todo cuanto constituye su universo de relaciones familiares y personales, escapando casi milagrosamente de la deportación a Auschwitz, Polanski lo acompaña en un viaje oscuro y desolador hacia las mismas entrañas del dolor, donde la soledad absoluta y el hambre se convertirán en monstruosas compañeras de camino, y del que únicamente podrá evadirse espiritualmente mediante la eterna y constitutiva condición de artista que le acompaña. Porque esta hermosa y desgarradora película es uno de los cantos más austeros, comprometidos e incondicionales que puedan realizarse al poder redentor y humanizador del arte como único y último asidero, cuando el infierno por fin se ha hecho aquí en la Tierra, para no caer definitivamente en las garras de la aniquilación total. Qué gran momento, qué lirismo trágico y renovador el de esa perfecta ejecución al piano mientras el oficial nazi comprende que más allá de su visceral e irracional odio racista, esa belleza que está percibiendo le une de algún modo extraño a ese ser al que, a pesar de continuar despreciando, ya no puede seguir catalogando de infrahumano. Poderosa, emocionante e inolvidable historia la que nos ha regalado este singular cineasta que firma hasta el momento su obra indiscutiblemente más perfecta. Sin duda alguna, una auténtica OBRA MAESTRA.

Todd Haynes: Lejos del cielo. Melodrama con el aroma que sólo desprenden los grandes clásicos, es sin duda este sentido homenaje al estilo definido por el legendario Douglas Sirk, lo que equivale a significar una utilización precisa y preciosista de una cuidada paleta cromática, atención al desarrollo psicológico de personajes sometidos a conflictos morales demoledores y un ritmo narrativo pausado pero firme, jamás uniforme, siempre in crescendo hasta la explosión emocional capaz de resignificar todo el proceso constructivo que ha llevado hasta él. Pero la película de Haynes aún es más, pues supone una revisión temática bien ajustada a preocupaciones más posmodernas que ancladas en un determinado periodo histórico, lo cual nos hace ver con claridad cuan poco se han transformado los intereses, aunque afortunadamente sí determinadas actitudes, con relación a determinadas problemáticas sociales e individuales, valga la artificiosa distinción. Prejuicios, intolerancia, racismo, mentira, hipocresía y soledad extrema son todos ellos temas excelentemente abordados por un filme de subterráneas convulsiones internas a pesar de su apacible calma exterior, que poco a poco Haynes se encarga de ir descortezando con sensibilidad no exenta de dureza, para finalmente llevarnos al núcleo del fracaso vital de unos personajes aplastados por un entorno intransigente y mezquino, el mismo que premia actitudes de falsa decencia y comportamientos de perpetuación de clase, y castiga sin contemplaciones cualquier conducta catalogada de aberrante por muy aséptica que en realidad pueda ésta llegar a ser. Defensa de una moral corrupta y unos privilegios elitistas al ver cuestionada su propia legitimidad, ese y no otro es su sistema de perverso control punitivo. Julianne Moore compone un personaje memorable que será víctima de tan injusta maquinaria social recorriendo un camino sin retorno hacia el fondo del desencanto y la soledad. Imprescindible y absolutamente actual.

Paul Thomas Anderson: Punch-Drunk Love. Este genio inusual, el niño prodigio del cine norteamericano, responsable de esa obra maestra, así la clasificamos en su día en el Rincón, llamada "Magnolia", nos trae ahora un nuevo experimento maravilloso capaz de subvertir las normas enquistadas de la comedia romántica, insuflándole nuevos aires renovadores, perturbadores, bajo la apariencia de una historia de amor que es sin embargo mucho más, un divertimento sacrílego, un estudio "al absurdo" sobre las trampas neurotizantes de la existencia, una profundización en lo que verdaderamente supone la irrupción violenta del sentimiento amoroso, con lo que trae de revolucionario, alterador de reglas, reestructurador de vida, reorganizador de fobias y filias, dibujando al fin un cuadro magistral, acabado con la paleta técnica prodigiosa de un realizador dueño de recursos visuales e imaginativos fuera de lo común. Suyo es el mérito de haber sacado lo mejor de un cómico tan mediocre como Adam Sandler, que aquí se muestra sublime al componer uno de los caracteres desadaptados más impactantes que hayamos visto jamás reflejado en la superficie mágica, ofreciendo un inagotable surtido de matices interpretativos bien asentados en una expresividad estudiada y contenida, al borde siempre del abismo de lo patológico y que permite identificaciones de toda guisa al espectador supuestamente normal, pues su particular odisea es, también, la nuestra. Atención a la primera cita de Sandler y Emily Watson (perfecta, como siempre), y a la surreal persecución a que es sometido por sí mismo el protagonista de la historia. No tiene pérdida. Muy Buena.

Pedro Almodóvar: La ley del deseo. El gran Almodóvar firma una obra inclasificable y hermosa, pletórica de dolor y sabiduría vital, enmarcada en un engañoso ambiente homosexual que rápidamente queda trascendido hacia lecturas más amplias y ambiguas, ofreciendo como resultado una historia de pasión, venganza y muerte al borde siempre del éxtasis carnal más absoluto. Ya apuntaba el enorme talento que le ha hecho conquistar cimas cinematográficas de gran envergadura, "Hable con ella", sin ir más lejos. La dirección de actores es perfecta, destacando especialmente un inspiradísimo Eusebio Poncela. El riego de Carmen Maura en plena calle madrileña ya forma parte de la mejor antología del cine español. Buena.

Oliver Stone: Wall Street. El gran realizador, ahora en horas bajas, que es Stone nos regala un filme de tesis política, de crítica sociocultural, bien documentado y muy rotundo en planteamiento y desenlace, no cayendo en el libelo dialogado o en la pura propaganda anticapitalista. Es más profundo que eso, sometiendo la realidad de la especulación en bolsa, un negocio lucrativo, despiadado, éticamente monstruoso, a su lúcida capacidad de observación distanciada y comprometida al mismo tiempo, arrojando inusitada claridad sobre los rincones oscuros donde se decide verdaderamente el destino del mundo (véase la vergonzosa situación actual). Los tiburones de la ambición deciden por nosotros, manipulan derechos y conciencias, tiranizan democráticamente con sus variopintas propagandas y guerras, masacran pobres, mujeres y niños, destruyen el equilibrio ecológico y sumen en las tinieblas cualquier atisbo de revolución humanitaria. Al menos es lo que diariamente intentan. De nosotros depende que estos desgraciados (gran papel el de Michael Douglas) no logren el triunfo definitivo. Además es una buena oportunidad para ver juntos a Martin Sheen y su hijo Charlie, ambos destacados protagonistas de dos cintas bélicas imprescindibles. Buena.

Amy Hickerling: Aquel excitante curso. Escrita por Cameron Crowe, sí, como suena, esta bazofia americana destinada a consumo de teen granulosos con cerebro alisado y miembro fácil, es tan abominable que uno no puede dejar de preguntarse cómo este tipo de ocurrencias suscita el interés de cierto público, a menos que se apele al Peyote o al LSD tomado en cantidades insalubres. Lo mejor, sin duda alguna, es la facha de un Sean Penn con melena rubia y cara de bobo colocado, bien (entiéndase mal) secundado por una abortiva Jennifer Jason Leigh y un horroroso Judge Reinhold. De Forest Whitaker mejor no hablar. Es comprensible, los chicos estaban comenzando a dar sus primeros pasos. El calificativo no puede dejar de ser el que ya suponéis que debería ser: Lamentable.

Bertrand Tavernier: Salvoconducto. El gran realizador francés nos ofrece una entrega de enorme compromiso ético, por la recuperación archivística que supone, más cuando lo que pretende y logra, si bien el filme presenta algún desliz impropio del maestro, es la reconstrucción de unos hechos negados y renegados por el posterior establishment ideológico a los sucesos narrados, a saber, el trabajo de determinados directores en estudios nazis durante la ocupación de París. Un, llamémosle así, oportunismo de supervivencia que sirvió a alguno de ellos como plataforma de salvación y salvamento, tratando de ayudar en la medida de lo posible a familiares o conciudadanos. El polo opuesto, el creador solitario que no renuncia a sus convicciones morales de resistencia, aunque ésta sea exclusivamente de carácter pasivo, también es mostrado con acierto por Tavenier, llegando a la conclusión que lo importante cuando uno está en medio del horror es sobrevivir. Con un toque de humor paródico aplicado con saña sobre los militares ingleses, la cinta muestra el lado más amargo y triste de un pasado que hoy por hoy, bajos otras formas, estructuras o regímenes, lucha compulsivamente por repetirse. Buena.

Y ya me voy otra semana más, con Plutarco esperando mostrarme sus Vidas Paralelas, y determinados estudios de historia pertenecientes a Ramón Carande clamando con vehemencia inusitada por su próxima lectura. Masa, irracionalidad, tormentas de arena que arrasan las conciencias críticas del mundo, devastando sentidos, compromisos, legalidades; cegando la visión de hombres y mujeres abocados al abismo de su propia intrascendencia. Números, estadísticas, daños colaterales, muertos como números: la contabilidad de la Muerte. "¿Qué hay detrás del muro?" - pregunta un personaje de Clouzot antes de expirar. "Detrás de la tapia - le responde un compañero de viaje hacia la extinción - no hay Nada".





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