La memoria, como una danzarina barquilla fijada en el áncora del más allá de los recuerdos, me conduce hacia lugares remotos en directa continuación con lo iniciado la semana anterior. Es complicado situar el inicio de ciertos acontecimientos, y más aún su desarrollo detallado, si con ello lo que en realidad se pretende es establecer una génesis objetiva para lo que luego viene a constituirse en diferentes líneas de fuga. Para proseguir con la tarea nada mejor que retrotraernos al que en sus orígenes era un rock ennegrecido hecho por blancos y supuestamente para blancos (ellos disponían del dinero para las grabaciones en aquellos lejanos 60, tal y como me ilustra al respecto un estimado compañero), que sin embargo trasudaba en cada frase influencias de color, y en el que es bien detectable una evolución hacia sonidos más contundentes y "sucios". Sí, alguno de vosotros quizá ya lo haya adivinado: grandes, muy grandes The Wailers con temas tan buenos como "Little sister", "Hang up", "Out of our tree" o la excepcional "Dirty Robber". Estupendos. Así que aprovecho sin dudarlo la inercia que me ofrece su onda musical y me transporto de nuevo hacia la capital de Sur, de España se entiende, que no es otra que Getafe y su esplendoroso Teatro Federico García Lorca.
Allí asistimos a la representación de la obra de Puccini "Madame Butterfly" por los artistas ucranianos pertenecientes al Teatro Estatal de la Ópera y Ballet de Odesa. Según los propios integrantes del grupo musical, hábilmente dirigido por Skibinsky Yarema, este Teatro es sin duda el mayor responsable del desarrollo cultural en el sur de Ucrania. Y no es para menos si uno piensa que allí realizaron trabajos grandes músicos de la talla de Tchaikovsky, Rimsky-Korsakov o Rachmaninoff. La orquestación nos deja bastante fríos pero las voces implicadas son de una calidad extrema. Esto trae también a mi memoria la variación que sobre el tema de la obra realiza el hábil David Cronenberg en su maravillosa e inclasificable "M. Butterfly". Allí un Jeremy Irons en estado de gracia logra penetrar en la auténtica naturaleza del amor efectuando un perverso juego de inversiones cuyas consecuencias serán trágicas para él, firmando uno de los desenlaces más líricos, descarnados y terribles de la historia del cine. ¿Acaso no han construido los dos amantes procedentes de universos culturales tan radicalmente distintos unas imágenes ideales sobre las que proyectar todos sus deseos, para finalmente terminar enamorados del propio ideal del amor fabricado desde esos mismos presupuestos cognitivos y emocionales? "Madame Butterfly soy yo", nos acabará revelando Jeremy Irons justo antes de conducirse hacia la fatalidad trágica que absorbe los últimos instantes de su atormentada existencia. Mis lágrimas deciden aflorar siempre que contemplo la máscara en que el amor termina convirtiendo al hombre que quiso atrapar la esencia de una quimera que él mismo se encargó inconscientemente de sostener. Algo muy similar a lo que, de nuevo en nuestro respetado Teatro Federico García Lorca, le acaba sucediendo al Don Juan Tenorio de José Zorrilla, obra dirigida por Dolores Águila Ruiz e interpretado en su papel protagonista por un inspirado José Carlos Delgado: "llamé al Cielo y no me oyó, y pues sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra, responda el Cielo y no yo". ¿Con qué clase de Dios nos enfrentamos en nuestra creencia, en nuestra particular fe, aquellos que con el maestro José Luis López Aranguren pensamos que el sentimiento religioso -tanto si se acepta la existencia del Creador (positividad) como si se niega (negatividad)- impregna en cualquier caso nuestra forma de estar en el mundo?
Suena una vez más dentro de mi mente el "Stabat Mater" del maestro Pergolesi. Termino experimentando un profundo temblor cuando me dejo atravesar por sus dulces y tristes melodías. Creo haber leído en algún sitio que el autor compuso esta obra maestra estando al borde de la muerte. Falleció muy joven, con poco más de 20 años. Hay un aliento trágico en toda su música que sin embargo no la ahoga y deja espacio para la esperanza, o quizá para una desesperanza estoicamente asumida. Y pienso entonces que la auténtica creencia en Dios resulta incompatible con la trivial y temeraria alegría con que muchos creyentes afrontan su salvación. Que nuestro Dios sea infinitamente misericordioso no garantiza a nadie la salvación por decreto. El otro extremo, vivir la propia fe desde el terror o la angustia constante de condenación tampoco sería el camino más acertado. Es indispensable afrontar el propio destino desde una serenidad no exenta de un oscuro temor. Pero se trata de una angustia necesaria para no hacernos olvidar jamás que la Gracia de Dios la otorga Él, a quien quiere y cuando quiere, y que no depende siempre de lo que uno haga o de cómo lo haga. La salvación no es una recompensa o un castigo; es un destino misterioso donde confluyen la determinación y la libertad en proporciones para nosotros incognoscibles.
Las siguientes cuestiones que pueden llegar a plantearse a partir de estas minúsculas reflexiones son tan variadas y tan difíciles de responder que será mejor dejar para otro día tan ardua y complicada labor. Cuando la luz se materializa en un juguetón punto de luz y éste puede ser atrapado mediante un movimiento rápido y audaz, no hace falta que os diga entonces lo que estamos obligados a hacer. PUSH IT DEUM:
 
Agnieszka Holland: El tercer milagro. ¿Es esta cineasta la misma inteligente y sensible realizadora que nos regaló una ejemplar adaptación de la maravillosa novela del inmortal Henry James? ¿Ella fue la responsable de la estupenda "Washington Square"? Me cuesta ofrecer una respuesta afirmativa a ambas preguntas tras contemplar el tremendo desaguisado que representa esta vacía, pretenciosa, insufrible y vergonzosa cinta que supuestamente quiere afrontar un tema tan espinoso, enigmático y complicado como es sin duda el de la intervención divina sobre la tierra y en la insignificante existencia de los hombres. Para ello, sin pudor, sometiendo el desarrollo narrativo a un montaje sincopado por puro troceamiento y ensamblaje arbitrario, la realizadora utiliza la figura de un predicador con serias dudas de Fe (artificial en todo momento y muy forzado Ed Harris, cosa poco habitual en este gran actor) para esgrimir una de las más superficiales y tópicas historias que uno recuerda haber visto en la gran pantalla acerca de los oscuros laberintos que marcan los inescrutables designios de la Providencia. Si los personajes son mercas caricaturas sin fondo que andan perdidos en busca de respuestas sobre enigmas que apenas saben conceptualizar porque apenas saben intuir, los debates acerca de la configuración razonable del "hecho milagroso", las indagaciones sobre la posibilidad de su existencia y en definitiva los argumentos teológicos y filosóficos esgrimidos a favor y en contra de tales sucesos no se quedan a la zaga de aquellas sombras sin alma: todo es predecible, sin sustancia, atravesado por una rancia topicidad que viste al conjunto con las llamativas ropas de la impostura más intrascendente. Poco o nada puede hacer para remediar la desastrosa situación una desdibujada Anna Heche, muy poco creíble en su papel desestabilizador de cara a producir la convulsión interna en el alma del sacerdote en crisis, y menos aun el siempre excelente Armin Mueller-Stahl (entrañable taxista emigrante en la inolvidable "Night on Earth" de Jim Jarmusch) ejerciendo de intransigente abogado del diablo en la causa de beatificación sobre la que versa el centro la trama. Y ante tanta desfachatez, no es menester dejar de cuestionarnos el porqué de tan sonoro y visual fracaso si a priori se contaba con una realizadora solvente, una historia muy atractiva y un elenco de actores de reputación conocida y sobrada competencia. ¿Acaso el tema era tan importante, tan grande en su complejidad y en sus ramificaciones, que nubló el entendimiento de todos los participantes y anuló su capacidad creativa de principio a fin? ¿O tal vez la absoluta falta de implicación y de veracidad que se respira tras cada fotograma viene dada como filtrada desde la sombra proyectada desde instancias superiores que trataron de ahogar cualquier atisbo de auténtica polémica al abordar un tema tan espinoso como el de la existencia de los milagros y la cuestión de la libertad de conciencia en el ejercicio de la Fe? Y si así hubiera sido, ¿no hay ya ilustres ejemplos de cómo enfrentar con valentía y arrojo semejantes impedimentos y que podrían haber sido consultados por el equipo para de esta manera no acabar cayendo en el más horrible de los crímenes fílmicos que no es otro que la insalvable incoherencia entre propósitos, fines y resultados? Ni tan siquiera un milagro salvaría a esta penosa cinta de ser lo que lamentablemente es. Un infierno.

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De dioses y hombres
Fecha de publicación: 2006-01-20 02:02:49, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1039 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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