Cruz y Cara. Se nos fue una figura mítica del cine, Dennis Hopper (El amigo americano, Terciopelo Azul), personaje fundamental en el cine rebelde e independiente de finales de los 60 y comienzos de los 70, y que por desgracia nos ha dejado víctima de un cáncer, mientras que otro grande del celuloide afortunadamente continúa cumpliendo años y trabajando sin descanso, Clint Eastwood, el gran maestro al que deseamos por lo menos tanta longevidad como la del incombustible Manoel de Oliveira. La vida se consume con la proximidad de la muerte, pero hay hombres y mujeres que parecen brillar más incluso cuando la oscura dama afila la guadaña. ¿Azar o necesidad? ¿En qué consiste en realidad este maravilloso y macabro juego? Nadie lo sabe a ciencia cierta, y bien está que así sea. Mientras tanto, y para ir capeando el temporal, nos queda la literatura y el arte, cosas tan hermosas como el gran cine representado por la serie THE WIRE, una ficción posmoderna que hunde sus poderosas raíces en la tragedia griega y que nos devuelve la fe en el poderoso talento humano para desentrañar los enigmas que nos rodean. David Simon, George Pelecanos, Bob Colesberrry, Dennis Lehane… todos han contribuido a crear una obra maestra absoluta de la que ahora mismo me hallo disfrutando su tercera temporada. Un clásico -lo de moderno se sobreentiende.

En otro orden de cosas, se percibe una sensación extraña en el ambiente. Hace unos días, sentado en un vagón del cercano tren (sigo siendo ecológico y sostenible), dos mujeres algo entradas en años y canas hablaban sobre la situación política actual. Como es lógico y normal en estos casos, puse el oído a trabajar mientras hacía como que seguía leyendo una reseña literaria, pasando una y otra vez sobre la misma línea, hasta conseguir difuminar completamente su, de tenerlo, críptico sentido. Una de ambas, la que poseía una voz más ronca, acompañada siempre por rotundos gestos asertivos, auguraba el Apocalipsis inminente arguyendo su proximidad vecinal a dos miembros destacados del actual (des)gobierno nacional, de los que (aquí subía claramente el tono de voz para que todos los viajeros se enterasen de la movida) afirmaba conocer la putrefacción de sus almas, al modo de unos nuevos y ricachones “doriansgray” cuyos estigmas y pústulas morales permanecieran ocultos dentro de la oscura trastienda del poder. Mientras esos indeseables se dedicaban a gastar todo el parné a su alcance, nosotros nos veíamos en la no menos indeseable obligación de darles nuestra honrada pecunia. La otra señora, tal vez impresionada por la imagen que estaba recibiendo, asentía sin oponer aparente resistencia, y tan sólo alcanzaba a emitir algún sonido que yo no lograba discernir si se trataba de corroboración, lamento o ambas cosas al mismo tiempo. El caso es que, tal vez angustiada por ese torrente de calamidades que su interlocutora estaba emitiendo sin pausa, alzó su trémula voz y dijo: “pues yo lo que tengo ahora mismo es auténtico miedo, como nunca antes había tenido”. Y sus palabras sonaban sinceras. La otra, la señora del apocalipsis now, se calló de repente y no supo qué contestar, o al menos eso colegí de su –así me lo pareció– prolongado mutismo, quizá porque pensó que sus negras premoniciones habían logrado remover los temores más ocultos de su amiga. Sea como fuere, tuve la sensación de que lo que aquella mujer decía era la verdad sentida y presentida por una gran mayoría de los ciudadanos que esa mañana, como tantas otras, nos trasladábamos cabizbajos y somnolientos a nuestras cuevas alimenticias y cadenas de explotación. No había duda, lo que había era miedo, simple y puro miedo al futuro, a perder los ahorros de una vida marcada por el esfuerzo, a ver que todo aquello por lo que uno había luchado y en lo que, mejor o peor, había creído se desmoronaba como un castillo de arena después de haber recibido el impredecible golpe de un niño cabreado. Y el miedo, ya se sabe, pone en marcha otros mecanismos paliativos que pueden resultar mucho más peligrosos que las propias causas que lo originan. Levanté la mirada y entonces mis ojos se cruzaron con los de una chica muy joven, creo que también de la plantilla que alimenta (a) la empresa que tiene a bien sellar cada día mis líneas de código, que los bajó rápidamente evitando así que pudiera aclarar mi duda. Es muy probable que allí sentada, viendo a un tipo detenido en su ensimismada lectura, con mirada ausente, espiando furtivamente una conversación entre dos señoras mayores y bastante deprimidas, la desconfianza se hubiera adueñado de su pensamiento y pensara que un sujeto así no podría resultar de gran interés. Y entonces se dice: <<¿Otro capullo impertinente que me preguntará qué tal el trabajo, si me va bien? ¿Un remache visual que termina en una carambola formalizada? Bah, que le den, no merece la pena perder mi precioso tiempo>>. Aquella chica hizo bien en evitar la protocolaria conversación, estaba en lo cierto, yo hubiera acabado por contarle cosas sobre José Mota, Muchachada Nui (1), Emily Dickinson, Jimmy McNulty, Nick Sobotka, el club Bildelberg (curioso símil: el grupo modernista de Rusiñol se reunía en Sitges incorporando la figura de El Greco –griego españolizado–; el susodicho club elige Sitges e incorpora a una Reina -griega españolizada), y algo sobre las tortuosas relaciones entre feminidad y complejo de castración (2), sin pasar por alto la alta probabilidad de que también anduviese incubando fantasías masoquistas resistentes a su inconsciente deseo incestuoso, y estoy completamente seguro de que nadie jamás me hubiera exonerado de su colapso nervioso pesando sobre mi conciencia.

 

(1) José Mota y los integrantes de Muchachada Nui han sido recientemente reconocidos con el título de “Hijos Predilectos de Castilla-La Mancha”. Ver más información 

(2) Freud no  siempre negó el deseo femenino. Motivado por sus propios miedos y fantasmas, hizo un recorrido desde la atribución de una pasividad negadora hasta su incardinación en el complejo de castración, pasando por el narcisismo. Esto lo analiza muy bien el psicoanalista JORGE MARUGÁN KRAUS, en su reciente y magnífico libro “El deseo homosexual de Sigmund Freud y su travesía por lo femenino”. Corren todavía muchos errores de apreciación al respecto. Freud reconoció el talento en grandes mujeres de la época como Sabina Spielrein (con la que también fue bastante cruel, todo sea dicho) y, sobre todo, Lou Andreas-Salomé. El libro os lo recomiendo encarecidamente, es apasionante.

 

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Fecha de publicaci髇: 2010-06-04 08:06:00, por Adri醤 Mart韓ez Buleo   (visto: 1307 veces)   (a 11 personas les ha parecido interesante)
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