Completamos con esta nueva entrega cultureta la serie comentada que hemos dedicado a la suculenta exposición que El Prado de Madrid dedicó a Rembrandt mediante una selección de obras que acentuaban deliberadamente su faceta de hábil contador de historias a través de la representación pictórica de las mismas. He aquí pues, las seis obras restantes de las diez prometidas, y que sin duda más profunda huella dejaron en este espectador expectante que sucumbió desde el inicio del recorrido a la poderosa intensidad dramática y psicológica que el maestro supo imprimir en todos y cada uno de sus extraordinarios cuadros. No dilatemos más la espera y vayamos a la sustancia de lo que nos ocupa. Al final también encontraréis las referencias bibliográficas utilizadas:

 

5) EL FESTÍN DE BALTASAR. Hacia 1636. Procedente de Londres, National Gallery. El protagonista de este impresionante cuadro es Baltasar, rey de Babilonia, que en medio de un banquete observa perplejo el anuncio de su muerte y del fin de su reino que pasará inevitablemente a manos de los medos y los persas. Una enigmática mano es la responsable de materializar la Epifanía anunciando el desastre mediante una etérea inscripción cabalística en caracteres hebraicos dispuestos de arriba abajo, escritura que por cierto le fue sugerida a Rembrandt por su vecino el rabino Manasés ben Israel (1604-1657) ya que aparece idéntica en un libro suyo publicado en Amsterdam, en 1639. Según las Escrituras, en el banquete de Baltasar fue utilizada la vajilla de oro y plata que Nabucodonosor había robado del templo de Jerusalén, lo que a todas luces ocasionó la divina condena. ¡Y qué luces! Dos magníficos focos contrapuestos (la inscripción sobrenatural y una fuente externa procedente de la parte izquierda del cuadro) que atraen nuestra mirada hacia una inquietante escena dominada por la tonalidad sombría y la expresión sorprendida y aterrada de los comensales. La suerte está echada y Rembrandt nos lo hace saber de un modo magistral: Baltasar, al girar sobresaltado hacia la pared, golpea una copa derramando su contenido, y éste mismo gesto lo repite la figura femenina que nos da la espalda, ejemplificando así el carácter inevitable y reflejo, de condicionada reacción súbita y explosiva del fátum.

El festín de Baltasar, de Rembrandt

 

6) JEREMÍAS LAMENTANDO LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN. Hacia 1630. Procedente de Amsterdam, Rijksmuseum. Estadio temprano de la pintura del maestro que sin embargo ya da muestras solventes de la utilización proverbial de un lenguaje menos teatral y mucho más interiorizado y sutil al mostrar al profeta abstraído en su tenebrosa visión cuyo drama sucede dentro de su mente. En un principio se pensó que el personaje del cuadro, un anciano sentado que en actitud meditativa aparece reclinado y dejando caer el peso de su cabeza sobre su palma izquierda, era Lot durante la destrucción de Sodoma o incluso Anquises ante el incendio de Troya. La decantación por la figura de Jeremías (autor de las Profecías y las Lamentaciones) la resuelve un personaje que se aleja al pie de los muros de la ciudad, que no es otro que el rey Sedequías, más tarde capturado y torturado por el ejército de Nabucodonosor. También es consistente esta interpretación con el hecho de que Rembrandt poseía una traducción alemana del libro Antigüedades judaicas de Flavio Josefo, donde se narra cómo el profeta Jeremías quiso detenerse junto a las ruinas de la ciudad devastada. Es muy interesante contemplar cómo emerge la preparación gris de la tabla en la zona luminosa próxima al costado derecho de Jeremías, y todos los minuciosos detalles con que Rembrandt es capaz de regalarnos una descripción majestuosa del personaje: los alamares del jubón (grabados con el mango del pincel sobre el color todavía fresco), los bordados y la delicada textura de la túnica y del tapete en que recuesta su cuerpo, las piezas de metal repujado que, según Flavio Josefo, Nabucodonosor quiso regalar a Jeremías (copa, ánfora y jofaina). Todo un auténtico deleite para nuestros sentidos.

 

Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, de Rembrandt

 

 

7) BETSABÉ CON LA CARTA DE DAVID. Hacia 1654. Procedente de París, Musée du Louvre. Rembrandt deja de lado cualquier elemento distractor o anecdótico y centra su poderosa atención en el drama humano representado por el desnudo femenino de Betsabé, uno de los más imponentes y perturbadores de la historia del arte, a tamaño natural, ocupando gran parte del lienzo y desprendiendo una majestuosidad estática acentuada por la expresión absorta y ensimismada de la protagonista, que ha sido elegida como amante y futura esposa por el rey David y que parece debatirse (su expresión también denota una vulnerable y melancólica resignación) entre la lealtad a su actual esposo y la que le debe al caprichoso monarca. La luminosidad del cuadro marca la tonalidad dorada de la carne para regalarnos también lo que para Rembrandt en ese momento pudo significar el ideal de belleza femenina: no en vano algunos críticos han querido ver en la retratada la figura de Hendrickje Jaeger, ama de llaves y amante del pintor, veintidós años más joven que él.

 

Betsabé con la carta de David, de Rembrandt

 

 

8) LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO. Firmado y fechado en 1660. Procedente de Amsterdam, Rijksmuseum. De nuevo la materia luminosa parece nacer del interior del propio cuadro para disipar la densa oscuridad envolvente. La criada del Sanedrín aproxima la luz de la vela al rostro de Pedro quien negará a su maestro antes de que el gallo haya cantado tres veces, tal y como le fuera profetizado por el mismo Jesús. El recurso de la luz procede de las enseñanzas de Caravaggio y le permite a Rembrandt obtener extraños efectos de color, como los dedos arrebolados de la mujer contagiados de la incandescencia surgida de sus manos. Al fondo, la figura de Cristo vuelve la cabeza como para asegurarse de la exactitud de sus palabras premonitorias; Pedro en cambio lucha por contener su miedo y aparenta seguridad frente a la mirada desconfiada y escrutadora del soldado del primer plano. Un drama tan poderoso como íntimo cubierto por las sombras de la debilidad humana.

 

Negación de San Pedro, de Rembrandt

 

 

9) EL GRABADO DE LOS CIEN FLORINES (CRISTO CURANDO A LOS ENFERMOS). Hacia 1649. Aguafuerte, primer estado. El título proviene del precio tan elevado que llegó a alcanzar en el mercado de la época. Rembrandt llevo a cabo sus primeras pruebas de grabado al aguafuerte en torno al año 1625 y seguirá practicando y mejorando esta técnica hasta 1661. Rembrandt representa magistralmente una escena del evangelio de San Mateo, y lo hace colocando en el centro de la composición a la figura de Jesús, dividiendo el espacio en dos zonas claramente diferenciadas, estando una de ellas al parecer inacabada. La madre que le acerca su hijo contrasta con los deletéreos fariseos tratando de embaucar al Maestro, mientras que al fondo de la escena, en la penumbra, se perfila la figura de un camello para recordarnos lo difícil que lo tendrán los ricos en alcanzar el reino de los Cielos (así lo esperamos y deseamos).

 

El grabado de los cien florines, de Rembrandt

 

 

10) AUTORRETRATO COMO ZEUXIS. Hacia 1667. Procedente de Colonia, Wallraf-Richartz-Museum. Según las palabras del comisario de la exposición, Alejandro Vergara, se trataría de "un retrato extraño, muy goyesco". La leyenda cuenta que el afamado pintor de la Edad Antigua, para muchos creador de la belleza ideal, murió literalmente de un ataque de risa mientras retrataba a una mujer vieja y fea. Pues bien, Rembrandt también ríe en el cuadro al enfrentar directamente, sin aspavientos y con valentía, la decadencia física de la vejez y la proximidad de su propia muerte. Es un hombre castigado por la vida, que ha perdido mucho en el camino, y que sin embargo sonríe a la cara de una comedia tan absurda y trágica, tan dolorosa, enigmática y placentera como sin duda lo es la propia existencia, que a pesar de todo ha merecido la pena ser disfrutada y exprimida al máximo de sus posibilidades, llevada al límite del placer y del sufrimiento que sin duda puede ofrecer. Viene la muerte y Rembrandt sonríe con una mueca extraña, sabiendo que nada puede arrebatarle ya la luctuosa dama de las tinieblas.

 

Autoretrato como Xeusis, de Rembrandt

 

 

FUENTES consultadas y fusiladas:

-) Entrevista al comisario de la exposición Alejandro Vergara recogida en el semanal El Cultural del diario El Mundo.

-) Artículo sobre la exposición Rembrandt, pintor de historias de Guillermo Solana en el mismo semanal.

-) Rembrandt. De la Colección Los grandes genios del Arte. Biblioteca El Mundo. 2004.

-) Enciclopedia online Wikipedia.

 

Autor: Adrián Martínez Buleo

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Fecha de publicación: 2009-03-13 12:03:04, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 13271 veces)   (a 14 personas les ha parecido interesante)
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