Condenación

El pasado 30 de enero se cumplieron 75 años del ignominioso y fatal ascenso al poder del partido nazi y de su execrable líder, el demasiado poco vilipendiado Adolf Hitler. Algo que hubiera sido más que deseable que jamás sucediera, sin embargo, y para desgracia de millones de seres humanos, ocurrió. Un verdadero cataclismo social y moral que desembocaría en una locura inimaginable de terror y muerte. Ya hemos dedicado toda una serie del Rincón a la memoria de las víctimas del Holocausto, es cierto, pero nunca es suficiente cuando de lo que se trata es de denunciar unos hechos no por más conocidos menos opacos a la racionalidad humana.

Traigo a colación, pues, una cinta muy reciente que aborda con duro realismo el traslado de los prisioneros a los campos de concentración donde serán finalmente exterminados sin compasión. La Solución Final ideada por una élite sin escrúpulos que contó con la colaboración por acción y/u omisión de otro ejército de anónimas y serviles almas.

Bien, prosigamos. La película de la que hablo es "El último tren a Auschwitz", y sus directores son Joseph Vilsmaier y Dana Vavrova. Más allá de consideraciones puramente cinematográficas, esta película es necesaria, indispensable, de obligado visionado para todo aquel que pretenda entender mejor, desde dentro, desde el interior mismo del horror, aquellos abominables sucesos que casi culminan con el exterminio absoluto de todo un pueblo, el judío. Advertencia: la experiencia es muy dura, y sin duda para muchos su visionado se transformará en un sufrimiento insoportable. La ficción suaviza el horror porque nos ofrece la posibilidad de tomar distancia respecto a lo que estamos contemplando en la pantalla, pero aun siendo esto verdad, resulta profundamente hiriente lo narrado porque esa ficción se nos aparece incluso como demasiado blanda, como incapaz de llegar al centro de ese monstruoso holocausto, debido precisamente a que la realidad tuvo que ser, lo imaginamos y lo sabemos, mucho peor. No obstante, la experiencia resulta desoladora y hay momentos donde es muy difícil controlar la angustia. Quizá no llega a tanto como lo que supone la inmersión en la Shoah de Claude Lanzmann, pero afecta profundamente y deja indeleble huella en el zarandeado y sobrecogido ánimo. Todo el cuerpo reacciona, el espíritu se convulsiona y la mente hierve al observar la crueldad humana en su manifestación más despiadada y extrema. Yo no pude contener las lágrimas desde el comienzo. La rabia poco a poco se iba apoderando de mi ser y finalmente no tuve más remedio que parar y escribir. Necesitaba hacerlo, tenía que poner en palabras todo el odio que han llegado a generarme aquellos infames verdugos que aniquilaron hombres, mujeres y niños sin atisbo de compasión o culpa. Este es el fuego que me quemaba y no pude guardar dentro. Alguien que es capaz de dejar morir a un bebé sin mostrar compasión alguna merece el peor castigo que podamos imaginar. Ninguna idea, proyecto, revolución, reforma o lo que diablos se os ocurra vale una sola vida sacrificada/aniquilada en pos de su consecución. Esta es mi particular condena a esos asesinos cuya alma sólo espero que se pudra eternamente en el más tenebroso de los infiernos. No sería justo ocultar que hubo muchos soldados y civiles alemanes que experimentaron el mismo asco frente al exterminio que sus compatriotas estaban llevando a cabo, y posiblemente algunos de ellos se atrevieron a reaccionar con dignidad cuando la situación les presionó en ese sentido. Claro que hubo militares como el cabo interpretado por James Coburn en la poderosa "La cruz de hierro" de Sam Peckinpah, pero me temo que la gran mayoría se parecieron mucho más al odioso oficial al que daba vida Maximilian Schell.

Así que digamos lo que es necesario decir. Esta es mi particular letanía de muerte destinada a aquellos hombres y mujeres que asesinaron con lamentable impunidad a miles de seres inocentes, cuyo imperdonable pecado a los ojos de aquellos malsanos verdugos consistía fundamentalmente en existir. También quiero dedicar mis palabras a todos aquellos que dentro y fuera de nuestras fronteras (externas o internas, geográficas o mentales, reales o imaginarias) se niegan a condenar el nazismo por motivos políticos, religiosos, ideológicos o de cualquier otro tipo. Ellos, los judíos asesinados por el totalitarismo nazi, también son nuestras víctimas. A los infames miopes que no puedan entender una verdad tan evidente y clara sólo puedo compadecerles porque ellos también son partícipes de la podredumbre moral que condujo a esa inhumana purga. Mi rechazo y repudio para todos ellos.

 

Yo os maldigo, a todos vosotros malditos verdugos, puercos sin alma y sin corazón que fuisteis capaces de asesinar niños inocentes privándoles de una existencia mucho más legítima que la vuestra. Sólo espero que haya Dios, que haya un Infierno Eterno para vosotros, una tortura constante, continua y sin fin que os oprima con un dolor insoportable sabiendo que jamás podréis escapar de esas horribles garras que imposibilitarán para siempre vuestro descanso; un sufrimiento sin fin para vosotros, monstruos terribles, error de una ciega naturaleza que jamás debió permitir que ensuciarais el aire con vuestro insoportable hedor de cloaca. Malditos, tendríais que morir una y otra vez entre indecibles sufrimientos y veros repudiados por vuestra propia sangre. Infames, asesinos, es nuestro deber mantener viva siempre la Memoria de las Víctimas para que cada nueva generación trate de borrar vuestro despreciable y asqueroso legado de la faz de la Tierra.

¿Cómo pudisteis hacerlo malditos? ¿No os conmovió ni tan siquiera el desesperado llanto de un bebé encerrado en esos vagones de muerte? ¿No generasteis una pizca de compasión para unas familias que hasta el último instante confiaron en que tal monstruosidad no podía estar ocurriendo? No, claro que no. Por eso la Humanidad entera os condena, Dios os condena y vuestro nombre sólo provocará asco y repugnancia cuando sea pronunciado delante de los justos. Manchasteis para siempre vuestro corazón convirtiéndolo en un músculo negro y hediondo, sin vida, cuyo latido propulsaba la ponzoña de la muerte. Malditos os digo, permaneceréis encerrados para siempre en vuestra propia Culpa sin hallar jamás vía alguna para la expiación de tan abominable masacre. Si la Paz existe, esa no será para vosotros. Si el consuelo existe, ese será bocado que jamás probaréis. Si el perdón existe, jamás vosotros degustaréis sus consecuencias. Estáis condenados, sois y seréis para siempre malditos en la tierra de los hombres y en el éter de los espíritus. Viviréis eternamente dentro de una muerte sin fin. Vuestras heridas expulsarán agónicos lamentos que sólo recibirán por respuesta un Silencio tan profundo que la indiferencia a su lado os parecerá una bendición. Rogaréis, suplicaréis pero nadie prestará oídos a vuestras quejas. Demandaréis aquella misericordia que fuisteis incapaces de conceder a un bebé indefenso cuando moría en aquellos vagones del infierno y sólo obtendréis como respuesta el eco de vuestros estertores. Malditos para siempre y sin posibilidad alguna de redención, sucumbiréis víctimas de vuestras propias felonías y seréis recluidos en una cárcel de la que jamás podréis escapar. El alma se os caerá a pedazos, apestados de vosotros mismos, y el espejo del Tiempo sólo os devolverá el dolor infinito que os espera por cada atrocidad que cometisteis. Los inocentes os escupirán a la cara y pisarán vuestros dedos colgados de un abismo de oscuridad. Jamás tocaréis fondo porque vuestra caída será sin fin. Escucharéis una y otra vez, atronador, el llanto del bebé al que dejasteis morir en vuestras caravanas de muerte. Ese sonido os acompañará cada hora, cada minuto, cada segundo, y no podréis escapar de él porque surgirá desde dentro de vuestra retorcida alma, martilleando incesante vuestra conciencia como un buitre que picotea los ojos de un moribundo. Y cada uno de aquellos mártires a los que injustamente condenasteis os clavará una daga de fuego que arderá en vuestro interior quemándoos las entrañas.

Y cada uno de aquellos indefensos a los que cruelmente asesinasteis os seccionará la garganta para que así vuestra voz se hunda en el fondo de vosotros mismos.

¿Cómo pudisteis no escuchar a esos bebés que necesitaban beber para no morir? Sus pequeños dedos extraerán vuestros ojos y en las cuencas vacías derramarán el agua que les fue negada. Pero en vosotros el agua se convertirá en hiel y os abrasará el espíritu y no habrá nada ni nadie que pueda aplacar vuestra sed.

Sin posibilidad de arrepentimiento, encadenados, vuestro putrefacto hígado será una y otra vez devorado por el águila enviada por los ángeles de la venganza. Chillaréis, gemiréis, suplicaréis por aquellas migajas de compasión que ni siquiera regalasteis a bebés indefensos mientras agonizaban entre los temblorosos brazos de sus madres. Moriréis malditos, una y mil veces más después de haber muerto. No habrá descanso para vosotros, no podréis cerrar vuestros párpados aunque el sueño negro de la muerte sea como una losa insoportable que tire de vosotros hacia un descanso imposible.

Pasarán delante de vuestros ojos todas aquellas imágenes de horror y vergüenza y pediréis perdón entre sollozos y llantos, inconsolables, pero nadie se apiadará de vuestro dolor y en cada rostro de esa infame película no podréis ver otra cosa que vuestra propia máscara desfigurada por el miedo. No hallaréis consuelo en el sueño así como tampoco la encontraréis en la imaginación. Vuestras fantasías estarán faltas de vida, serán sólo títeres inertes incapaces de insuflar esperanza en los corazones marchitos, tan sólo os devolverán un amasijo retorcido de voces y gritos clamando en un desierto de sombras. Os agacharéis y os doblaréis de dolor, tratando inútilmente de replegaros sobre vosotros mismos, y al hacerlo los huesos crujirán y vuestros gritos se escucharán con nitidez en todos los rincones del Infierno. Estaréis condenados, sin posibilidad de escape, malditos entre los vivos y entre los muertos por los siglos de los siglos en un exterminio (el vuestro) sin fin. Viajareis eternamente hacia el fondo de una Noche que nublará vuestro espíritu y lo sumergirá en unas tinieblas tan espesas que no podréis ver más allá de la propia oscuridad circundante.

Cúmplase. Que así sea.

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CONDENACIÓN
Fecha de publicación: 2008-02-08 01:02:46, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1376 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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