Una semana más situado al borde del evento que por sí solo puede hacer replantear el sentido del Universo e impelido por un deseo de acelerar el Tiempo que no logra sin embargo acortar el Espacio faltante. Es por ello que, situado como me hallo en uno de los centros empresariales del Tener, ambientes estos de abyección moral en que abunda el absurdo, la presión despiadada, la despótica gratuidad del “jefe tóxico” (narcisismo, psicopatía y paranoia en proporciones perfectamente reconocibles), las penurias sin fin, las tropelías varias y variadísimas y, por supuesto, las injusticias de toda condición y pelaje, me veo en la clara necesidad de buscar un evidente descentramiento hacia el polo que convalide posiciones opuestas.
 
Sin más preámbulo me dirijo entonces hacia el templo sagrado del Arte persiguiendo la musa de la inspiración y el sosiego. Atravieso la entrada del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y acto seguido contemplo extasiado La Virgen de la Humildad del maestro Fra Angelico (Vicchio hacia 1395/1400–Roma 1455), a cuyo alerdedor se han reunido doce tablas de maestros del Trecento y Quattrocento italiano (Cenni di Francesco di Ser Cenni, Giovanni di Paolo), y de un anónimo veneciano fechada en torno a 1360. La exposición es excelente pues saber enlazar de un modo muy adecuado los antecedentes más próximos para el motivo de la Humildad como son los modelos de Natividades y Adoraciones (Pietro da Rimini, Taddeo Gaddi y Luca di Tommè), resaltar a continuación dicho motivo que fuera tan famoso en Italia durante el siglo XIV y cuyo influjo llegó hasta Cataluña, siendo particularmente difundido por su fuerte componente íntimo y ejemplarizante por órdenes como la de los Agustinos o Dominicos, y finalizar el recorrido haciendo visible la importancia de otro tipo de iconografía mariana también muy relevante dentro de las representaciones de la madre de Dios: la Virgen con el Niño entronizados, popularizado con el apelativo de Maestá (tabla del Maestro de la Magdalena, Niccolò di Tommaso, Bartolomeo di Messer Bulgarino, Bernardo Daddi y Lorenzo Monaco). Cierro momentáneamente mi particular éxtasis contemplativo con un maravilloso modelo de Coronación del Maestro de 1355, en la que el hijo encarnado de Dios corona a su Madre como Reina de los Cielos.
 
Desde la misteriosa sala me dirijo como sonámbulo hacia un túnel temporal que me hace súbitamente aparecer justo en la entrada, a pocos pies de distancia, de toda una excelente panorámica cultureta dedicada exclusivamente a las Vanguardias Rusas.
 
Me quedo realmente impresionado al contemplar algunas creaciones de Natalia Goncharova (acaba de publicarse una aproximación literaria a su proceso creativo de la mano de la poeta rusa Marina Tsvietaieva) en la que puede percibirse claramente la influencia de la bellísima tradición del icono ruso: recogimiento, simbología, espiritualidad bien visible en los rostros, perspectiva frontal y plana, contornos bien delimitados y compartimentación del espacio. Pero también su línea más cubofuturista al representar prodigiosamente el desarrollo espacio-temporal de una imagen en movimiento en su particular visión del ciclista en su óleo de 1913. Goncharova no sólo mueve a su objeto sino que “refleja” con gran intuición su movimiento al descomponer la figura en partes geométricas que también son el resultado de la imagen especular devuelta por los cristales de tiendas situadas por detrás del ciclista, lo cual provoca en el espectador una sensación de movimiento dinámico en las piernas del personaje. Una maravilla. Pero esta gran creadora todavía nos reserva alguna sorpresa más. Su “Paisaje rayonista” es prodigioso. Los árboles del bosque parecen devolvernos infinitos reflejos de luz, y la artista consigue este poderoso efecto lumínico descomponiendo todos los objetos en formas geométricas que semejan rayos de luz. Deslumbrante. A continuación paso más de largo sobre la poética transracional “zaum” (varios collage de Kruchenij), el constructivismo de Naum Gabo (la Cabeza en un nicho de esquina realizada en cartón es realmente llamativa), y me adentro de lleno en el simbolismo poético de Marc Chagall, la abstracción colorista de Wassily Kandinsky, y en la que sin duda es para mí la mayor sorpresa del evento: las misteriosas y enigmáticas obras de un maestro incomparable llamado Pável Filónov. Este grandísimo pintor, que se definía a sí mismo como “Maestro investigador-inventor”, dejar traslucir en todos y cada uno de sus lienzos una preocupación espiritual y filosófica por los temas eternos que a todos nos atañen y nos preocupan: el amor, la muerte, lo efímero de la belleza, la continua presencia del Mito, el origen y la finalidad de la existencia, el sentido o sinsentido teleológico en el devenir temporal del Universo. Me quedo extasiado frente a las “Flores del florecimiento universal” y su idiosincrásica “Fórmula de la revolución”, ambas compuestas a partir de infinitas pinceladas que nos sugieren una multiplicidad de formas  y figuras que parecen querer desmenuzar la entraña caótica del cosmos. Vuelvo a la calma y logro recuperar el aliento con el menor voltaje pictórico de las formas orgánicas de Mijaíl Matiushin y Borís Ender que me conducen finalmente hacia la salida del recinto. Pero hago un alto reflexivo en el camino de vuelta al hogar, puesto que al haber sido impactado/atravesado por las maravillosas creaciones de Kandinsky, Chagall, Goncharova y Filánov, no puedo alejarme sin cuestionarme acerca de las relaciones entre la estética representada por estas pinturas magistrales y determinadas concepciones éticas que hundirían sus raíces en los orígenes más remotos de nuestro modo filosófico de pensar la realidad.
 
Es como si la dimensión espiritual, se mire por donde se mire, continuase siempre ahí, fija, contextualizando cualquier reflexión seria. Puede que lo intangible de una aspiración éticamente ideal pueda tomar cuerpo presente en la creación subversiva de una determinada estética. Quizá sea ese mismo espíritu, todo él inspiración luminosa de angelical presencia, el que se materializa en “La Aparición” de Marc Chagall, cuadro presente en la exposición comentada y que el creador oriundo de Vitebsk pintó sobre un sueño que tuvo en San Petersburgo. Ese mismo espíritu que ha de animarnos para emprender una aventura tan arriesgada como estimulante y que no es otra que la de efectuar a través del tiempo una conexión emocional, íntima, integral y profundamente empática con una nueva vida que poco a poco emergerá de la inconsciencia onírica más absoluta hasta las más altas cimas de la consciencia individual. Una empresa en que la calidad del tiempo dedicado, la forma adoptada para la aproximación física y psicológica, la provisión de herramientas para efectuar reconocimientos sobre emociones positivas y negativas, la renuncia y el sacrificio, la inmersión en tareas directamente relacionadas con la lectura, el dibujo y el juego, la puesta en común de prácticas discursivas y de fijación de límites comunes, la percepción al detalle de una cotidianeidad compleja conformada por innumerables y a veces casi indetectables detalles, el progresivo des[a]pego desde la intensa conexión emocional, y la dulcísima condena de una felicidad repleta de las luces y las sombras que se dan cita dentro de cualquier cuento de hadas, nos hará sentirnos más próximos al verdadero centro del Ser.

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Fecha de publicación: 2006-04-03 03:04:57, por Adrian Martínez Buleo   (visto: 1057 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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