Han sido unas largas y fructíferas vacaciones. No realizaré una descripción exhaustiva del recorrido cultureta efectuado por mi amada y yo, no tendría sentido en un día que ha más bien de servirnos de gozo de celebración del regreso. Creo que era Ortega el que afirmaba que la melancolía no era otra cosa más que el producto de un esfuerzo sin resultado. Paradójico ciertamente: la melancolía sería el resultado de ese esfuerzo que no obtiene ningún resultado. El nuestro, en cualquier caso, dista mucho de ser melancólico. Hagamos pues una enunciación discreta.

Visitamos nuestra comunidad rural en tiempo festivo. Ambos analizamos pormenorizadamente los pros y contras acerca de la cohesividad social imperante en un entorno sociocultural más o menos cerrado. Y lo hacemos desde el hecho de expulsión operada sobre aquellos miembros que osan desafiar con sus opiniones o con su conducta las normas tácitas reguladoras de los intercambios simbólicos de esos microsistemas. Todos tiran la primera piedra. Se precisan chivos expiatorios que refunden continuamente la identidad comunitaria mediante la exclusión de otro. Esto es inevitable. Se trata de una extraña ecuación entre lo natural humano y la inteligencia concipiente, aquella que se aplica a conceptuar y juzgar lo sensible, a formar conceptos. Tomo aquí sentidos zubirianos a vuelapluma. Me disculpen. Y se nos ocurre también, y en un sentido intensamente perverso, muy irónico desde cualquier punto de vista, que se trata asimismo del idéntico fenómeno al del conformismo global al que asistimos con cierta impavidez tediosa. Se trata de observar cómo la renovación tipológica del objeto extrusionado se adapta finalmente a la lógica estructural del mercado. Y por asociación pienso en la inmolación de Juana de Arco, esa visionaria capaz de convencer a Carlos VII de ser la enviada liberadora de Orleans. Inquietantes lajas de sombra que recorren los intersticios luminosos de la historia. Profecía autocumplida. Las reglas que nos llegan desde las puras revelaciones del Monte Carmelo, bueno, eso es demasiado atrás, situémonos entonces en las reafirmaciones efectuadas por fray Hugo e Inocencio IV, año 1248 de nuestra era cristiana, y conjuguemos su jugo con la esotérica práctica de la oración mental: pobreza, silencio, ayuno, abstinencia, mortificación, humildad y obras en que ejemplificar tales sacrificios del cuerpo y del alma. Y añadida nos viene asimismo una revelación metafórica extraordinaria, genial. El alma que espejea lo divino porque lo divino se constituye como espejo interno de lo real. Buscar a Dios no es otra cosa que hallarlo configurando la superficie refractaria de nuestro propio espíritu, y mirar a Dios es verlo Todo al ver esa realidad dentro de nosotros mismos. No hay otro camino posible que la búsqueda desde y hacia lo interior del alma. El ponderado y sabio juicio del padre Domingo Báñez pone el acento más en la virtud y el buen propósito que en las revelaciones y visiones de la santa. Porque eso es precisamente lo que importa, el centro gravitatorio de la verdad, sin principio ni fin.

Entonces, ¿de qué hablamos en realidad cuando nos enfrentamos al fenómeno del rito colectivo convertido en práctica de redención social? Nuestro periplo nos aproxima entonces a ciudades maravillosas incrustadas en el camino de Santiago: Salamanca, León, Burgos, Santiago y Zamora. Nos atrevemos a afirmar que hemos percibido una especie de espiritualidad residente y subyacente a toda la estruendosa movilidad, especialmente visible en Santiago, engendrada por el Camino.

Santiago, qué duda cabe, es una ciudad extraordinaria, de una majestuosidad descomunal que sabe mezclar con una ritualidad casi extravagante y siempre poderosa. Ha sabido rentabilizar y crear un culto turístico hacia la figura del apostol mezclando su auténtico significado de "peregrinaje hacia el autoconocimiento" con otras acepciones no tan afortunadas. León, en cambio, supone un giro de registro hacia el lado más interior de la creencia, tratándose su hermosa catedral de un estudio espléndido acerca de la simbología de la luz utilizada en la Edad Media por la religión católica. Sus muros permanecen tapizados con cientos de maravillosas vidrieras que filtran la luz en infinitos matices de significado. La luz crea allí, en su interior, un auténtico espacio místico. Burgos también es espectacular pero está más orientada hacia el recorrido turístico (cobran por la visita) y la exhibición más opulenta de sus increíbles riquezas. También la catedral de Zamora tiene algo muy especial, mostrando una sobriedad decorativa muy orientalizante. Es sin duda otro espacio de recogimiento muy apropiado para la meditación. Salamanca, por fin, es una ciudad imponente cargada de estilo e historia, donde brilla como una joya de suculenta rareza una maravillosa iglesia románica de planta circular cuyas piedras apresan un recinto plagado de esotérico misterio. Hemos interiorizado como consecuencia una emoción inefable, atravesados por un escalofrío penetrante surgido de la humedad rocosa del tiempo.

Y ya concluyo con cine. Amén de nuestra habitual crítica, que ya será del orden de una por semana, recomendar debo las siguientes más que interesantes cintas: "Soñadores" de Bertolucci; "Tess" de Roman Polanski; "La ofensa" de Sidney Lumet y con Sean Connery posiblemente en el mejor papel de su carrera; "Goodbye Lenin" de Wolfgang Becker y la gran "Farenheit 9/11" de Michael "tocapelotas" Moore. PUSH IT AGAIN:

Jaime de Armiñan: El nido. Hermosa y fascinante película ésta, la que narra con hondura y sensibilidad una historia de pasión límite o "amor fou", que diría algún surrealista, entre un hombre maduro y culto (grande Héctor Alterio) y la púber con un inquietante punto de perversión bien encarnada por una jovencísima Ana Torrent. El filme comienza con sonidos, una música dirigida por el protagonista en su espacio anímico interno, y con signos de descubrimiento, pistas que la niña va depositando con palmaria voluntad de ser descubierta, como si ambos sucesos fueran una y la misma cosa: una especie de comunicación prelingüística destinada a combatir el vacío de la soledad, esa cueva en la que habita un ser rodeado exclusivamente de sus propios fantasmas, sus recuerdos. Todo se halla ritualizado en la existencia cotidiana de este hombre para así poder controlar la angustia provocada por la decadencia y la vejez en secuencias de tiempo más manejables, o mejor dicho, en tramos de actividad que en el fondo suponen la anulación del transcurrir mismo en tanto distraen la atención de la propia desgracia. Perdió a su mujer, a la que quiso pero no amó, y conserva sus ropajes y abalorios en el ruinoso altar de su memoria. Ateo confeso, lúcido pesimista, sólo reverencia la auténtica amistad que desde hace años mantiene con un sacerdote que le sirve de espejo opositor y cómplice confidente. Esporádicamente se desahoga sexualmente en medio del anonimato que proporciona la ciudad y con ello se encuentra satisfecho instalado en una existencia bajo control y sin sobresaltos, predecible y anodina, repleta de gestos desabridos e inundada por una anestesia emocional que ya sólo espera la pronta llegada de la muerte. ¿Qué sucede en una situación como la descrita cuando de pronto irrumpe "la vida" en su más puro sentido pulsional? ¿Cómo reaccionará la mente de un hombre sin esperanza, descreído y aletargado cuando de repente se ve asaltado por la fuerza ya olvidada del amor? A los ojos de la percepción preestablecida del entorno circundante las reacciones pueden ser múltiples y variadas pero todas estarán de acuerdo en algo sustancial: su falta de adecuación al permanecer presa de íntimas venalidades y atentar directamente contra tabúes asumidos como naturales por la comunidad. Pero el espíritu desbocado por el embate del deseo poco atiende a tales consideraciones y se ve inmerso en una nueva y maravillosa realidad, que así le parece por haber sido prácticamente descartada por la razón, donde es invitado por última vez al delicioso manjar de los sentidos que le regala el cuerpo joven y esbelto, lleno de curiosidad, entusiasmo e ingenua crueldad. Frente al arrebato, a la locura del temblor carnal, a la llama que aumenta su luminosidad antes de apagarse definitivamente, nada puede oponer un Héctor Alterio magistral que poco a poco, con sabiduría y contención interpretativa, va dejando tras de sí la piel seca de sus máscaras para terminar transformando su carácter, cual mariposa desde crisálida, en un nuevo ímpetu armado con las alas de la libertad. Casi sin darse cuenta se verá pronto sometido a exigencias contrapuestas y acabará siendo inocente presa (siempre se es culpable de inocencia en estos casos) de la paradójica consecución de su extrema pasión, justo la que le lleva a convertirse en esclavo inerme bajo el yugo de las tiránicas demandas de la niña a la vez que se percibe experimentando una liberación total de las cadenas oxidadas que le ataban a la brutal determinación causal ejercida por su pasado. Libre de, pero ¿libre para qué? Tal vez para morir plenamente consciente de extinguirse siendo lo que uno es, así, sin más, de un modo rotundo y afirmándose en esa identidad con uno mismo a través de una acto de sacrificio por el nuevo ideal reconquistado. Poco o nada importa que tal inmolación tenga sentido de cara a los demás, lo tiene para él mismo y para la amada, quien precisamente se lo ha exigido como forma de reconocimiento de un compromiso imperecedero, una prueba de divina y tanática lealtad. Al consumarse la tragedia él, ya sólo una ausencia que recubre el hueco del deseo, también ha logrado la que tal vez constituya su mayor azaña: penetrar con la melodía que amaba y gustaba de dirigir en el centro mismo del ser de su diosa, irradiando desde ese recóndito lugar una existencia sin cielo o infierno, simplemente suya. Muy Buena.

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Camino de Retorno
Fecha de publicación: 2004-09-09 11:35:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1297 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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