Una semana más asaltado por dudas de corte intrafísico, digo bien, en contraposición a lo puramente metafísico a la búsqueda de soluciones de síntesis que me puedan aportar nueva luz sobre el espinoso tema de la existencia y del Ser. No puedo dejar de pensar en algunas reflexiones contenidas en esa obra oscura y enigmática llamada "Ser y Tiempo" del pensador alemán Martin Heidegger (1889-1976), y que me lanzan directamente sobre la problemática de la autenticidad de la existencia sometida durante la mayor parte del tiempo a un proceso de impropiedad. Nuestro filósofo, de quien ya he referido alguna cuestión al haber citado temas relacionado con la hermenéutica en alguna otra entrega del Rincón, trata de dilucidar la cuestión del "ser de la existencia" desde su analítica existencial, proponiendo la imposibilidad de que la existencia se capture a sí misma si no lo hace a través del obstáculo de ciertas situaciones límite. En ellas (estado de shock en el infante por ejemplo) la existencia mostraría un modo de protegerse que paradójicamente dejaría al descubierto su estructural estado de apertura, de falta incolmable y de fractura irreparable. No hay forma de escapar a esa falta estructural porque de hecho ella es la que posibilita nuestro acceso al fenómeno de lo humano, de lo simbólico. Es posible por tanto que enfrentados a circunstancias extremas recuperemos la auténtica potencia de decisión implícita en la existencia y habitualmente oculta a nuestros cotidianos ojos. Tal vez, como bien refleja el inteligente corto del joven y prometedor Álex Pastor Vallejo, "La ruta natural", cuyo palindrómico título ya nos anticipa sobre la temática reversible de su ficción: el trauma definitivo de la muerte puede proyectar una alucinación retrospectiva, de la existencia hacia atrás, para desandar el camino recorrido y desencadenar los mismos enigmas irresolubles tanto al principio innominado como al final desconocido de la línea vital. El acontecimiento traumático sobrevenido que provoca los subsiguientes fenómenos de ocultación y olvido, que pugnarán por salir a la superficie agarrándose posteriormente a determinadas y determinantes conexiones de sentido. ¿Cómo llegar entonces frente a esa imposibilidad de franquear el límite que supuestamente nos conduciría a lo real, a completar la totalidad que anhelamos? Es que al hablar, al haber surgido como sujetos en el campo de ese Otro que es el lenguaje ya habríamos perdido para siempre esa posibilidad, porque en realidad nunca la tuvimos a pesar de que sigamos creyendo en su posible realización. Y eso, a pesar de nosotros mismos, nos sostiene. Surgimos como sujetos alienados en la demanda, en un terreno que es y no es el nuestro, que nos viene dado para marcarnos sobre un fondo magmático de voluntad de goce. Es la letra que marca nuestro destino y de donde procede la luz con la que brillamos y que no es nuestra, no proviene de nuestro interior, tal y como el recién estrenado Papa Benedicto XVI señalaba mediante una bella metáfora lunar al hablar de la Iglesia en una conferencia del año 1971: "¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor." La existencia auténtica puede convertirse para cada uno de nosotros en aliada y espita de nuestra memoria, ayudándonos a recuperar esos momentos sepultados bajo el peso de nuestro involuntario olvido. Sometido a una ausencia momentánea que me ha llevado hasta lugares desconocidos, briago de melancólica esperanza, deseando lograr una superación definitiva para el ser humano que pueda de una vez por todas sintetizar, superándolo, el doloroso conflicto entre la retadora realidad de su dolor y la ansiolítica bambolla de su imagen. Vagas ilusiones. Apoyo mi cabeza sobre sus manos y me abismo en la dulce mirada que me regalan sus ojos. Es hora de atrapar una vez más la luz que reflejo y me ilumina. PUSH IT EXISTENCE:

Michael Anderson: Las sandalias del pescador. El habitualmente impersonal Michael Anderson nos regala sin embargo en esta ocasión una obra perfectamente construida tanto en su impecable e inteligente guión como en la textura narrativa que se vuelve extremadamente porosa a los claroscuros más inquietantes y significativos de la Fe Cristiana. Un magnífico Anthony Quinn se mete de lleno en un papel precioso y absorbente de cuya mano se ve rescatado del ignominioso "gulag" soviético para convertirse a continuación en obispo de Roma y, en consecuencia, el líder espiritual de millones de católicos repartidos a lo largo y ancho de la faz terrestre y celestial. El nombre elegido es el suyo propio, Kiril I, que lejos de constituir una decisión de prepotencia o soberbia, imposible dado el carácter marcadamente humilde y caritativo del personaje, le aproxima más a la base anónima de los creyentes que en realidad conforman el sustrato real del universo cristiano. En los antípodas de un doctrinario al estilo de nuestro nuevo Papa real, el bávaro y hasta hace poco prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición) Joseph Ratzinger, el ucraniano Kiril Lakota ha padecido en sus carnes el intento de expropiación materialista de toda creencia y esperanza y contra todo pronóstico ha sobrevivido a tan apocalíptica prueba durante más de 20 años. Es un superviviente del infierno que acepta el mensaje del evangelio en su esencia más trascendental y liberadora, más lógica y coherente sin duda con un contexto mundial visiblemente signado por la explotación a que la mayoría de la población se sometida por intereses mercantiles que le son profundamente ajenos y contrarios. Por eso, tomando una decisión existencial sin parangón, acicateado por el impacto traumatizante que le provoca la visión global de una realidad extraviada en el pecado supremo de una secular autocomplacencia arrogante, invita a un ecumenismo integrador partiendo del abandono de todo poder y riqueza terrenales: La Iglesia debe hipotecar gran parte de su impúdica riqueza material y entregar sus beneficios en manumitido usufructo a la creciente multitud de desfavorecidos y desheredados del sistema, los apestados de una maquinaria fabricada para aumentar la desigualdad y olvidar día tras día el auténtico significado de la venida del Reino de Dios en la Tierra. El verdadero Pescador de almas, el Sumo Pontífice, entonces, ¿habrá de capturar los peces que agonizan en el fondo de un mar moralmente contaminado y proporcionarles un nuevo hábitat de creencias, o por el contrario acepta el estado actual de las procelosas aguas y trata simplemente de apaciguar en su seno a los depredadores más temibles? Un final esperanzador y abierto que ya nos gustaría presentara algún parecido razonable con lo que está por venir. Buena.

P.D.: La semana próxima el Rincón se tomará un merecido descanso. Estaremos de vuelta a partir del lunes 9 de mayo; así sea.

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Fecha de publicación: 2005-04-25 16:18:03, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1005 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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