Una semana más que comienza con el lamento por la irreparable pérdida de un grandísimo actor, el extraordinario Luis Ciges, un mago del humor fabricado desde la reducción al absurdo, amén de intérprete con unas cualidades particularísimas. Hasta siempre. ¿Dónde y en qué o quién reencarnarás? Sospecho que has de ser unos de los pocos iluminados en el país de las sombras. Y para hacer todo esto más llevadero, me dejo seducir por el potente sonido de un grupo que ahora arrasa en las listas de rock de medio mundo (al otro medio eso le importa una mierda), los Crueger a pleno pulmón en Nickelback, con temas tan buenos como "Woke up this morning" o "Hangnail", para mí gusto el mejor del álbum ("Silver Side Up"). Prosigo descartando la pepla de los insoportables villancicos y hago que el bajista Marcus Miller imponga su funk sin concesiones en M-2, para terminar con la bellísima quinta sinfonía de Gustav Mahler (1860-1911) y el lirismo melancólico y terminal de un Franz List (1811-1886) crepuscular y divino. Se estropea mi reproductor de VHS, maldigo mi suerte, suelto un gemido de dolor apenas audible, abordo otro hogar y, casi al borde de la desesperación, pulso con fruición (provoco triboluminiscencia) el mágico botón con el sobrenombre de Play. GRRRRRRR:

Steve Kloves: Los fabulosos Baker boys. Espléndido melodrama sentimental, en ningún caso sensiblero o acaramelado, con más que interesantes toques musicales a cargo de los hermanos Bridges (el gran Jeff y Beau), que también lo son en la ficción del filme, acompañados por una deslumbrante Michelle Pfeiffer, quien sin duda marca una de las actuaciones con mayor tono erótico que uno pueda imaginar. Fracaso, talento, autorrealización, crisis existencial, música y arte, todos ellos temas abordados por una trama bien urdida y de elegante acabado. Buena.

Imanol Uribe: Bwana. Uribe construye una alegoría no sólo sobre intolerancia, racismo y xenofobia sino algo más interesante que la pura denuncia nominativa que tales etiquetas enmarcan, más una metáfora sobre la construcción de prejuicios desde la ignorancia y el profundo desconocimiento del Otro, potenciadores siempre de un miedo irracional que se rodea de justificaciones absurdas e incoherentes. Esa actitud, la cobardía que subyace a la misma y por el mismo motivo la sustenta, es puesta en evidencia mediante un esquematismo deliberado con clara intencionalidad didáctica. La propuesta se sostiene con dignidad y funciona perfectamente gracias al profesional trabajo de unos actores entre los que destaca especialmente un Andrés Pajares inspiradísimo en la piel de un amedrentado y mezquino padre de familia. El final es duro y sobrecogedor, apelando a nuestra habitualmente dormida conciencia crítica para que despierte de esa conformidad que pone en manos de la violencia irracional la resolución de conflictos de origen sistémico. Interesante.

Yasujiro Ozu: Las hermanas Munakata. Profundo y sentido estudio sobre los enigmáticos pliegues emocionales constitutivos de la feminidad a cargo del gran maestro japonés del séptimo vicio, una maravillosa obra de arte visual dirigida desde la paciente contemplación de los cambios interiores que acontecen en un marco de confrontación entre tradición-modernidad, clasicismo-renovación, que precisamente será subvertido en sus dualistas, erróneos por tanto, fundamentos mediante esas transformaciones internas con reflejo en cambios perceptuales, actitudinales, que darán paso a una liberación existencial traducida en imágenes poéticas de una hondura y una belleza incomparables. Desgarro, lirismo, dolor, amor, Ozu entreteje estos temas y sentimientos desde la atenta observación, por momentos casi meditativa, ejercida sobre las reverberaciones del corazón provocadas por los movimientos de desajuste, cada vez más acentuados y liberadores, frente a una situación donde lo femenino parece abocado a una aceptación sacrificial y sumisa de un destino acusadamente patriarcal. En esas fluctuaciones Ozu posa su cámara con suavidad no exenta de dureza, extrayendo de ellas las líneas visuales maestras que imperceptiblemente señalan el camino narrativo a recorrer. Desenlace hermoso y conmovedor para una historia que llega majestuosamente al centro neurálgico donde se cuece el misterio de la emoción. Sublime la hierática Kinuyo Tanaka. OBRA MAESTRA.

Anthony Hopkins: August. El tío Vania de Chejov desde la percepción del gran actor que es Anthony Hopkins, perfilando el melancólico escepticismo rebosante en la obra escrita del genio ruso a través de una interpretación acertada y precisa, afrontando la difícil labor de dirección con un aplomo que, por lo visto, no fue suficiente para que Hopkins decidiera emprender una segunda aventura tras el ojo de la cámara. A pesar de los problemas surgidos durante el rodaje la película cuenta con personajes bien dibujados desde el punto de vista psicológico y un tratamiento de las emociones que cabría ser denominado de condensatorio, por cuanto Hopkins las materializa poco a poco, tomándose su tiempo, sin prisas innecesarias pero sin pausas superfluas, hasta condensar todo el torrente de frustración existencial en una última mirada de desolación irrevocable que acepta la continuidad de un destino identificado prácticamente con la muerte en vida. Magistral esa contextualización definitiva y magistral asimismo el buen hacer de un talento actoral, el de Hopkins, tan imperecedero como la obra del propio Chejov. Buena.

Josef Resnak: Nivel 13. Ciencia-ficción pesada y mediocre en esta película que versa, eso pretende, sobre universos paralelos, programación virtual de la realidad, manipulación perceptiva a cargo de programación informática... ¿de qué me suena esto? ¿Matrix acaso? Al menos ésta última realización ofrece un espectáculo visual innovador y sombríamente futurista, cosa que en ningún momento sucede con esta trillada historia de viajes inter-conscientes y circularidades inexplicables. El final es de lo peor que uno pueda imaginar en éste o en cualquier otro mundo diseñable y/o programable. Sólo se entiende su presentación como "buena" en un canal a la baja altura de las circunstancias: Tele-Madri-leña-al-mono. Muy mala (la película y la cadena, por supuesto).

Mimi Leder: El pacificador. Siempre he pensado que el tal George Clooney no pasará de ser un mero elemento decorativo en cualquier filme donde finalmente, con mayor o menor urgencia, decida aparecer. Y aquí lo demuestra al 100%. Si la película es una bazofia infumable de corte reaccionario-maniqueo al servicio de la mayor gloria del patrioterismo sanguinario y estúpido, el tal Clooney no hace nada para evitar semejante despapucho, excepto poner caras de mono seductor, soltar los mamporros adecuados en el lugar preciso, tratar de conquistar a una Nicole Kidman absolutamente desdibujada (qué lástima!), y escupir alguna frasecilla fascistoide que haría las delicias del propio Reagan. En fin, como ya y bien supondréis, lamentable.

Kenneth Branagh: Enrique V. El mejor exégeta cinematográfico de las obras de William Shakespeare es sin duda este importante realizador y actor británico, que en esta creación del año 1990 nos apabulla dejándonos literalmente sin aliento. El valor, la fe irracional, el alto honor, la crueldad absoluta y la misericordia extrema se dan cita en un filme voluntariamente austero que no por ello descarta mostrar la terrible magnificencia de una batalla como Agincourt (1415), un infierno en la tierra donde las hordas inglesas machacaron a un ejército francés teóricamente muy superior. Las secuencias bélicas son sencillamente extraordinarias. Dan paso a la petición de mano de la hija de Carlos IV, Catalina de Valois (espléndida Emma Thompson), y a un cierre magistral protagonizado por el narrador-coro de la historia (gran Derek Jacobi). Una maravillosa creación para disfrutar de un encuentro de talentos, literario y cinematográfico, que hará las delicias de los más exigentes. Muy Buena.

 

Os dejo, ahora sí, al borde de unas insondables simas de felicidad deseada y necesitada. Miles, millones de regalos, parabienes, favores y buenos deseos para toda esta comunidad cultureta que seguirá al pie del cañón una vez haya pasado esta enfebrecida época de bondad autoimpuesta. Sed buenos, no os dejéis embaucar por inútiles cantos de sirena, amad al prójimo tanto como se merezca, odiadlo tanto como él os odie, daos con la generosidad del desapego, contribuid a la sonrisa inocente de un niño desamparado, no consumáis chapapote, gozad unos de otros (vale incluir el placer sexual andrógino), leed a Ovidio y/o a Fitche y/o a Schelling y/o a Coetzee, y cumplid lo prometido. Os quiero, eso sí es seguro.

Y como muy bien rezó el sabio San Agustín en su santa plegaría: "Señor danos la castidad, pero no ahora".



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¡Feliz Paganofanía!
Fecha de publicación: 2002-12-17 10:51:00, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1509 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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