Los bajos fondos de Boston El segundo trabajo de Ben Affleck tras las cámaras le consolida como un cineasta que define un talento demostrativo, sin alardes ni pretensiones, con una historia poco original a la que sabe imponer un sentido de la equidad en las piezas de un puzzle a medio camino entre el ‘thriller´ policiaco y el drama urbano. Aún así, a ‘The Town´ termina por pesarle tanta neutralidad y linealidad en su exposición de roles.

Martin Scorsese en ‘Infiltrados´ inspiró, al son del ‘I´m Shipping Up to Boston´ de los Dropkick Murphys, una estupenda radiografía del universo hermético y sombrío de la mafia, del sentimiento de culpa y sus raíces y los credos personales de las altas esferas del crimen organizado de South Boston. Allí los mafiosos de ascendencia irlandesa amparaban el paradigma familiar férreos a sus convicciones dudosamente morales, en una historia donde los antagonistas de orígenes similares elegían opciones divergentes, variantes trágicas de un análogo determinismo. En ‘The town: ciudad de ladrones´ el cosmos delictivo se empequeñece a una escala mucho menor, donde jóvenes sin futuro pueblan las calles de un Boston donde la integridad se ha perdido entre generaciones dedicadas a la delincuencia, en las que los viejos amigos son jefes mafiosos que regentan una floristería de oscuro pasado y presente. El antiguo cónclave irlandés sigue siendo el mismo foco de marginalidad y tradiciones, con un patrimonio católico desdibujado por lo sombrío de los planes de vida que se conciben en los ‘irish pubs´, tabernas de la mala muerte, la barbería de siempre o el pabellón del centro comunitario juvenil del barrio. Los bajos fondos perpetúan esa mirada nostálgica y clásica como elemento descriptivo de ambientes en el que la ‘omertà´ irlandesa encubre tantos secretos como muertes. Ben Affleck es consciente de que Charlestow, el distrito de Boston en el que se ubican más de trescientos robos al año y donde hasta un chaval de ocho años puede detectar una antena del FBI debía ser otro personaje más, un dispositivo fundamental a la hora de transcribir una historia de soledades, romances imposibles, traiciones y atracos. Lo primero que podemos ver es una vista aérea del Monumento de Bunker Hill, que conmemora una de las primeras batallas importantes de la Revolución Americana y que nos adentra directamente en la vida cotidiana de este barrio bostoniano. La segunda película de Affleck como director tras su laureada ‘Adiós pequeña, adiós´ es también otra percepción autoral a la densidad y sordidez del retrato humano y social en que se centra. Si en su ‘opera prima´ una comunidad vivía la angustia del secuestro de una niña, aquí nos traslada a un lugar desprovisto de amenazas en el que atracar bancos parece haberse convertido en un oficio heredado de padres a hijos. Con ello, se revisiona ese aire de ‘heist film´ que fragmenta sin maniqueísmos la coexistencia entre ladrones y policías.

La estrella de Hollywood parece empeñada en dejar atrás su estigma de galán algo soso para entrar de lleno en una nueva y fructífera etapa como cineasta. Su fertilidad artística como director se cristaliza en un proceder no exento de identidad, arraigada a una energía narrativa de honesto impacto visceral que no necesita enfatizar en el peso autoral de la obra, haciendo que la modestia hable por encima de una demanda de espectacularidad en lo narrado. Más bien, todo lo contrario. Affleck ha sido capaz de definir un talento demostrativo, sin alardes ni pretensiones, muy seguro de cómo filmar la adaptación tanto de la novela historia de Dennis Lehane como esta nueva historia basada en el ‘best-seller´ de Chuck Hogan ‘El príncipe de los ladrones´. Incluso sus recursos y habilidades bien podrían adjetivarse dentro de los parámetros del virtuosismo, aunque es de reconocer que aún tiene que demostrar mucho más potencia de esa lucidez en ciernes. En ‘The town´ no se limita a construir su historia sobre una base sorpresiva, de acción instantánea, sino que se ubica en una determinada modulación que juega con los tiempos y deja que el núcleo de la historia, esos robos simbolizados como agitaciones de acción que imprimen tanta fuerza al relato, se equilibren y prorroguen en función de las puntualizaciones personales de su fauna. Aunque éstas, eso sí, no se prodiguen en originalidad o convulsión dramática. Affleck no cuenta nada nuevo. Ese ‘thriller´ que vertebra los ejes del drama representa el enésimo punto de vista del hombre traumatizado que quiere dejar atrás su carrera punitiva, con secuestradores que involucran a sus rehenes en una subtrama pasional o de unos códigos éticos dentro de la hermandad de un espacio en el que vivir y morir con unas determinadas reglas. Con una historia de este calibre, Affleck se deja poco margen para componer una compleja trama existencial, en el que abunda algo de sentimentalismo y dobleces a una previsible comodidad, pero termina por imponer un sentido de la equidad en las piezas del puzzle a medio camino entre el ‘thriller´ policiaco y el drama urbano. ‘The town´ no es el epítome moderno del cine de atracos, sin embargo Affleck intenta no caer en los arquetipos de este subgénero, orientándola hacia una idiosincrasia que, aunque traspira transcripciones referenciales varias y reconocibles, escapa al tópico, sabiendo imprimir gran personalidad a la atmósfera en cuya perspectiva urbanística tiene su colisión el orden y el caos, mezclándose entre el sosiego y la alteración violenta de sus habitantes anónimos.

Quien piense que Affleck no atesora hábitos y genialidad de gran cineasta está muy equivocado. La habilidad de dirección de este actor con cara de no saber qué es lo que pasa es innegable, dejando su impronta en la ajustada dirección de actores (todos están fantásticos, incluso él mismo), hasta las ‘set-pices´ que, a priori, ejercen su sortilegio cuando se trata de imponer la tensión y la emoción a golpe de ráfagas de montaje sincopado. En sus escenas de robos, la fascinación por el detallismo es evidente, no sólo en el proceder descrito por parte de la banda de Doug MacRay, descrito con perfecta composición y agilidad, siguiendo la pulcritud de la novela de Hogan, en la que los teléfonos móviles son volcados en un recipiente de agua para evitar el rastreo de la señal o la lejía como arma para destruir cualquier huella de ADN, como en la adrenalina que supura la persecución tras el atraco a un furgón blindado en Fenway Park. Lo más relevante de la autenticidad en bruto compuesta por Affleck llega en los tiempos muertos, con esa secuencia en la que MacRay conversa sobre vida con Claire Keesey y son interrumpidos por Jem Coughlin, al que ésta última ha visto durante el robo un tatuaje de su cuello. El juego de miradas y desasosiego, de tensión, en complicidad con el espectador, propone una dinámica fascinante. Como la de Krista Coughlin con el agente Adam Frawley, que pasa en segundos de un descarado flirteo a la desconsolación de una encerrona del FBI, del erotismo al chantaje emocional. Pasamos, fugazmente, del calor a la cortante frialdad del momento. Y esta consecución es directamente responsabilidad de quien lo filma.

A Affleck le importa más el retrato de los personajes más allá de sus acciones, las que les identifican en un bando u otro, en ciertos cánones de ética que siguen evaluando su proceder en el mundo del hampa o directamente perdidos como consecuencia de la pérdida de los valores en un orbe que no entiende de complacencia. Hay que reconocer que la indagación psicológica se hace difícil. Pero no es por culpa del director, si no por un guión que deja a muchos de sus personajes como simples peones, que atesora cierta linealidad y reiteración dentro de los parámetros del ‘thriller´ de atracos, con algunas secuencias caricaturescas y mucha perorata dialéctica a la hora de perfilar, por ejemplo, el pasado tanto de MacRay como de Keesey, que fractura cualquier tipo de conexión emocional. Existen demasiadas fruiciones suspicaces de algunos de sus componentes narrativos. Nadie se cree que una gerente de banco acomodada e inteligente caiga rendida en los brazos de picador de piedra, ganándose su confianza después del trauma que supone un secuestro con violencia. Y menos su reacción cuando descubre el engaño. Affleck pretende dibujar la soledad del proyectista y cabeza del grupo como módulo que le avoca a la búsqueda de una salida, del anhelo de un paraíso de "normalidad" con una relación ideal junto a una persona buena y decente, en un entorno dialéctico que intenta a asemejarse a la de Neil McCauley y Eady delineada por Michael Mann en ‘Heat´. No tiene suerte en este aspecto. A ‘The Town´ termina por pesarle tanta neutralidad, tanta linealidad en su exposición de roles. Da igual que se entretenga en puntualizar el doble rostro de MacRay, un huérfano ex jugador profesional de hockey sobre hielo que sigue sin saber porqué su madre le abandonó y cuyo padre cumple sentencia en la cárcel por ese oficio criminal que le ha inoculado en la sangre. También que incluya un elemento femenino que no deja de ser una excusa fácil y oportunista para facilitarle al cuestionable héroe de la película una oportunidad de redención y una salida a su adversa carrera patibularia.

Al personaje que interpreta Affleck, al igual que sucedía con el Will Hunting del filme de Gus Van Sant (por el que ganó, junto a Matt Damon, un Oscar al mejor guión original) le pesa demasiado el carácter restrictivo, de orgullo de clase obrera, que le impide abandonar Boston frente a la promesa de una nueva vida con una chica ideal. Algo que no sucede con la imperativa violencia de Jem, el mejor amigo de MacRay, un tipo que se altera con facilidad en su énfasis de gatillo fácil y que tiene establecido un vínculo ficticio con su colega de atracos, ya que éste mantiene relaciones esporádicas con su hermana, una adicta a las drogas que soporta el peso de un niño pequeño y un futuro incierto. ‘A ‘The town´ se le escapa la sombría legitimidad de sus secundarios, que no están dibujados con convencimiento. Faltan matices, pequeñas llamaradas de emoción o interés en los personajes interpretados por el cantante de hip-hop irlandés Slaine y por Owen Burke, tan importantes dentro de la trama, pero sumamente superficiales a los ojos del director y sus guionistas, así como una historia de amor que va evaporándose en su ingenuidad ajena a la realidad que se pretende adecuar a unos roles dibujados con tiralíneas. O con un rol tan importante como el del agente Frawley, acomodado en una historia en la que va y viene, con una indefinición que malogra la trascendencia que se pretende. Falta emoción y credibilidad a la hora de mostrar cómo esa familia compuesta por amigos de toda la vida dedicada al robo se fragmenta y se pierde en su propia ambición. A Affleck le cautiva más acentuar una frase críptica acerca de la muerte y los "días soleados" que dotar de significación a esos acólitos que deberían tener más peso; el padre encarcelado de MacRay o ese jefe en la sombra, un irlandés escuálido y amenazante junto su guardaespaldas, un gordo que va en chándal y que tira de recortada cuando tiene ocasión. En ese sentido, al filme le falta mucho para engrandecer a esos personajes incapaces de huir de un destino que les sentencia o a la cárcel o a la muerte y que viven sometidos a unas directrices de lealtad, sentimiento de culpa y amistad.

La suerte de Affleck, no obstante, proviene de lo bien que está todo su reparto, que es el que verdaderamente gana la partida en la sublimación de este apreciable filme. Desde el mismo Affleck, que parece un actor distinto al de sus antecedentes errores, pasando por el carismático Jon Hamm, consolidando la firme determinación con la que da vida al Don Draper de ‘Mad men´ o la efectiva Rebecca Hall, hasta los secundarios Chris Cooper y Pete Postlewaite. Pero si alguien se lleva el mérito actoral ése es Jeremy Renner. Si ya demostró en ‘En tierra hostil´ esa vena de dureza extrema al dar vida a un hombre torturado y adicto al peligro, aquí vuelve a dejar claro que es una fuerza de la naturaleza, tan volátil como lapidario. ‘The town´ es la consolidación como director de Ben Affleck, al que no parece muy difícil convencer de su eficacia con una estimable firmeza en sus convenciones estéticas y formales. Estamos pues ante una cinta inteligente, que rezuma elegancia formal y ataviada de talento muy reconfortante. Un ‘thriller´ policiaco que nos regala a un autor ambicioso y serio en sus propuestas de clásica solidez. Affleck viene a ser un sólido director que continúa, con todo merecimiento, recolectando buenas críticas por este notable trabajo.

Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010

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The town: ciudad de ladrones, de Ben Affleck
Fecha de publicación: 2010-11-30 08:11:49, por Miguel Angel Refoyo   (visto: 2215 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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