extraido de: http://refoworld.blogspot.com

El riesgo de vivir un sueño

Clint Eastwood propone una valiente, inquebrantable y enternecedora obra maestra que establece lo mejor del clasicismo cimentado en una sencillez y una pureza exultantes.
Parecía difícil que tras ‘Mystic River’, sombría y pesimista obra de sólidos pilares acerca de la más cruel y oscura naturaleza del ser humano y la violencia de la sociedad americana actual, Clint Eastwood volviera a arriesgar tanto en su nueva propuesta. Sólo un cineasta como él, consolidado como uno de los últimos clásicos del cine moderno, era capaz de atravesar el umbral dramático de la dureza y destemplanza que había situado con su anterior filme para explorar la amistad, el dolor y la muerte en un ámbito honesto y real con la propia condición humana como es su nuevo trabajo.
 
Eastwood lleva décadas componiendo con sus inmejorables cintas los capítulos de la gran tragedia americana, de lo doloroso de aquellos personajes a los que el cine de su país no dedica una sola mirada, ‘outsiders’ en continuo conflicto con los valores que le rodean. Y ‘Million Dolar Baby’, no iba a ser una excepción. La emotiva historia presenta a Frankie Dunn, un preparador de boxeadores víctima de algunas decisiones vitales que le han convertido en un ser resentido y triste, debido a la pérdida de contacto de una hija que le desprecia hace tiempo. En su gimnasio, los únicos vínculos humanos que mantiene son un prometedor púgil que está a punto de dejarle para fichar con un gran manager y Eddie ‘Scrap’, un ex boxeador malogrado por la pérdida de un ojo que cuida y mantiene el recinto. En su vida irrumpirá Maggie Fitzgerald, una joven e inculta camarera dispuesta, pese al inicial desprecio de Frankie, a alcanzar su único sueño de lograr pelear por un título. Algo que Frankie nunca consiguió como entrenador.
 
Pero, al contrario de lo que pueda pensarse, ‘Million dollar baby’ no es un filme centrado en el boxeo (muchos quieren compararla con los paradigmáticos clásicos de Rossen, Mark Robson, Robert Wise o John Huston), al igual que ‘Sin perdón’ no era un western. Ambos géneros (en este caso subgénero) son simples pretextos para ahondar en algo mucho más profundo, en aristas vitales, errores o estigmas pretéritos que endurecen toda una vida. Si en su ‘oscarizado’ western se adentraba en complejas cuestiones morales y sociales como la redención, el valor de la vida y la venganza, en su nueva y magistral película, Eastwood escarba en los sueños de la vida y los riesgos que se deben tomar para lograrlos, a modo de inigualable introversión sobre la muerte en un mundo de desarraigados unidos por imperfecciones y defectos comunes, donde la deuda de las ilusiones supera las frustraciones vitales en un entorno de fortaleza mental, representado en un cuadrilátero que delimita la vida de unos seres que solventan en él gloria y sufrimiento. El contexto pugilístico sirve perfectamente para utilizar sus criterios, reglas, germanía y combates para metaforizar así la soledad humana, el amor, el dolor y la culpa de unos antihéroes clandestinos, fuera del contexto social cotidiano, pero que existen en el mundo real, persiguiendo sueños que se saben imposibles. Una atípica historia de superación sobre perdedores que se resisten a ser considerados como basura y que, con mucho sacrificio, muestran el triunfo humano en lo que para muchos es una vida de fracaso.
 
Apoyado en guión equilibrado y sobrio, Paul Haggis adapta un relato corto de Jerry Boyd (más conocido como F.X. Toole) que Eastwood aprovecha para ofrecer un recital de clasicismo, acomodando en este género utilizado como simple excusa para adentrarse en lo que de verdad el importa, en las tinieblas más oscuras y políticamente incorrectas de un drama universal como es el desamparo emocional, ejerciendo de cronista del ocaso y consagrando un estudio psicológico donde las decisiones trascendentes nunca fueron tan significativas para el destino de unos personajes que poseen la nobleza, integridad y constancia como único modo de vida. Y es ahí donde encuentra su armazón espiritual, en aquellas resoluciones que cambian la existencia. Ya en su primera secuencia podemos observar cómo Frankie no escapa al hecho de asumir riesgos, pero siempre desde la protección, haciendo que su mejor púgil salga al ring con el ojo destrozado aconsejándole que se deje golpear una sola vez para obstruir la herida. Un golpe más y tendrá difíciles consecuencias. Para Frankie asumir riesgos se ha convertido en un suplicio desde que su mejor amigo perdiera un ojo por no tirar la toalla a tiempo.
 
De este modo, se ha convertido en un ser huraño, poco comunicativo, derrotado y aislado en su incurable soledad que se ha propagado debido a la indiferencia de una hija que no le habla ni quiere saber nada de él. Posiblemente, por algo que el propio Frank hiciera en el pasado. Algo terrible, porque todas las cartas que ha enviado a lo largo de los años le han sido devueltas sin abrir (siempre con el membrete de “devolver al remitente”). Sin adoctrinar ni dramatizar, el dolor de Frankie se aprecia en su ajado rostro, por una punición incurable que no encuentra ninguna moralizante recompensa. Lo único que le queda es su modesto gimnasio, la lectura de Yeats y su autodidacta forma de aprender gaélico. El único contacto fuera del boxeo lo tiene con un pobre y paciente cura al que putea con preguntas bíblicas de enigmático esclarecimiento.
La aparición de Maggie va a cambiar su vida. Esta inculta y obstinada chica economiza y reserva todo su dinero para entrenarse y progresar como boxeadora, trabajando para ello como camarera y subsistiendo de las propinas y de las sobras de sus clientes. Una actitud que convencerá al viejo Frankie de que la ilusión y la ambición todavía pueden devolverle la esperanza de seguir entrenando a un nivel de primera. Dos mundos que chocan, pero que acabarán complementando sus carencias, compartiendo un espíritu en común y descubriendo el sentido de familia que habían perdido tiempo atrás. ‘Million Dolar Baby’ enuncia la determinación de una mujer por conseguir un reto que encuentra a la única persona que, no queriendo saber nada de ella y despreciando su empeño, acaba por darlo todo por esta luchadora en todos los sentidos de la vida en un poderoso y brutal acto de amor. Frankie pasará a simbolizar al amado padre que Maggie perdió siendo niña y el veterano entrenador encontrará una segunda oportunidad para exorcizar la herida emocional que tanto daño le está haciendo.
 
Clint Eastwood aborda lo arduo de la situación con una comprometida simplicidad del cine clásico que, en manos del director, consigue la sobriedad del más que difícil ejercicio de denotar lo profundo a través de lo sencillo, en una frontera realista en la que no existe la poética ni el lirismo y donde nada está embellecido, filmado con una elegancia y moderación que sólo puede darse desde la experiencia vital de quién ha vivido y sabe lo que es la vida, especulativo con todas las respuestas vitales que ofrece este maravilloso drama. Un ejercicio epistolar, donde su tenebroso realismo se alimenta del inescrutable dolor y sosegante serenidad que subliman unas imágenes cuyo ritmo parece contenerse en cada fotograma, haciéndolo progresar la historia silenciosamente, hacia una desgarradora tragedia. Eastwood huye en todo momento de la artificialidad auspiciado en su autoridad narrativa e inspiración artística, con un virtuoso tratamiento de las emociones y situaciones, dotando a los personajes de voz propia, retratándolos sin evadir sus miedos, sus defectos o vestigios sentimentales, pero dejando espacio para la ironía y la sonrisa, capaz de pasar, en un solo cambio de plano, de la tragedia al toque de humor sin que se debilite el fondo de la película en la enésima lección de progresión dramática. Si algo destaca en ‘Million Dolar Baby’ es la facilidad con la que el espectador se identifica con los personajes, con su situación y sus miserias, encaminados a una dolorosa resolución humana, a un imperecedero descenso a los infiernos morales más profundos que se puedan dar en esta vida. En este sentido, la película de Eastwood es una de las experiencias emocionales más intensas, dolorosas y asfixiantes que se hayan podido contemplar en una pantalla en la última década.
 
Eastwood, rehusando cualquier canon establecido, la impugnación de la moral y la fe hegemónica y sin coartadas esteticistas en lo más doloroso de una forma directa, asume una de las historias de amor paternofiliales más emotivas que se hayan visto en mucho tiempo. Un drama que, a pesar del desasosiego que llega a provocar, nunca cae en el sentimentalismo fácil, ni mucho menos en el maniqueísmo, mirando a sus personajes a un nivel humano cuando ejecutan sus actos o toman esas trascendentales decisiones. Una cinta de una belleza imponderable, reflejada en varias secuencias de dejan ver el calado de integridad de los caracteres y de Eastwood como director, simbolizado, por ejemplo, en el plano en que Maggie, después de ganar un importante título, recuerda lo único que la hizo feliz cuando observa a través de la ventana del coche a una niña que le sonríe, mientras, simbólicamente, Frank limpia los cristales del coche, que no son más que las lágrimas de la joven. O el trato que se le da desde su guión al humanizado y comprensivo cura, el padre Horvak (Brian O Byrne), de una forma positiva y amparadora del dolor, algo inusual en una sociedad moderna apóstata y peyorativa con la Iglesia. Otra lección de ‘Million dolar baby’, que no juzga una creencia sino a las personas. Incluso ahí, la película de Eastwood se muestra como una visión retroactiva a los mejores clásicos del cine. Todo funciona como un engranaje de insuperable magnificencia; el determinante claroscuro cinematográfico de la espléndida fotografía de Tom Stern (que comienza con el logo de la Warner en blanco y negro), los largos silencios, el lenguaje corporal de los actores (magnífico aquel plano en que Hillary Swank ensaya el juego de piernas mientras sirve como camarera), la utilización más que sutil y al mismo tiempo poderosa de la ‘Voz en off’, la dirección de producción austera y emocional de Henry Bumstead, hasta llegar a los acordes de guitarra y piano que el propio Eastwood ha compuesto para la ocasión.
 
Tal vez lo único innecesario sea esa prolongada subtrama que tiene como protagonista a la despreciable familia de Maggie, egoísta y estereotipada, que pesa en algún momento sobre un guión férreo, de construcción milimétrica. Una imprevisión que se encubre bajo las miradas cómplices de Frankie y Maggie, la admonición de ‘Scrap’ a favor de ese entrañable personaje retrasado llamado “Peligro” y el sentimiento de culpa que pesa sobre cada uno de estos pobres sufridores multiplican la dramaturgia con sus derrotas personales y albergan la esperanza de las segundas oportunidades.
En el apartado de reparto, Morgan Freeman aporta su habitual pátina de sabiduría interpretativa en un papel que por fin se corresponde a una altura actoral como la suya. Por su parte, Hilary Swank, apuntala con una inabordable solidez el alma de la película, acreditando una sublime miscelánea de fisicidad e interpretación que merece todos los elogios del mundo, increíble en su fusión de rudeza palurda y candidez inocente. Pero es Clint Eastwood quien merece una mención aparte, ya que en este terreno en el que empezó y se convirtió en estrella, es donde jamás estuvo tan estupendo, mostrando su parte más humana en un elogio a la vulnerabilidad, a la emoción contenida. Sin duda alguna, Eastwood ha creado la mejor interpretación de su carrera.
‘Million Dolar Baby’ acoge el existencialismo tratándolo con ecuanimidad el amor y de dolor, la compasión y el horror, hasta llegar al momento cumbre de solidaridad y despedida. Una de las películas más personales, heterodoxas y arriesgadas que han surgido durante la última década en Hollywood. Muchos la califican de obra maestra. Y no están muy lejos de acertar en sus muchos y merecidos ponderativos.
Miguel Á. Refoyo © 2005
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Review ´Million dollar baby´
Fecha de publicación: 2005-02-21 09:41:45, por Miguel Á. Refoyo   (visto: 2536 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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