La manipulación de la vida que imita al arte

 

Neil LaBute vuelve a su mejor cine crítico con una cruel visión sobre la manipulación y la superficialidad que encierra el amor y el arte en la sociedad moderna.

 

Como escribió Oscar Wilder en ‘El retrato de Dorian Gray’ “Detrás de todas las cosas exquisitas que existieron hubo algo trágico”. Es aquí donde podríamos situar el núcleo existencial de una cinta como ‘Por amor al arte’, la última película del insurrecto Neil Labute, un hiriente autor que, junto a cineastas como Alexander Payne, Wes Anderson y Todd Solondz, se empeña en hacer ver lo más oscuro y cínico de la sociedad actual, donde las apariencias de felicidad esconden el lado más funesto y agónico de la verdad que nos rodea. LaBute ha proporcionado lo mejor de su corta carrera con dos títulos como ‘En compañía de hombres’, donde dos ‘yuppies’ se planteaban, a modo de juego, hacer sufrir a una atractiva mujer sorda y ‘Amigos y vecinos’, dura visión sobre la infidelidad y la amistad como fuga a los problemas de pareja. Alejado de experimentos ‘normalizadores’ en las irregulares ‘Persiguiendo a Betty’ y ‘Posesión’, el realizador americano vuelve a enfocar su perversa mirada hacia una particular antítesis de la felicidad y el desengaño.

 

‘Por amor al arte’ no se entendería sin esta nueva tendencia de la sociedad moderna por la perfección, inculcada de valores que se proyectan desde los medios de comunicación hacia la obsesión por la imagen, por el exterior, donde el físico es lo fundamental. Una sociedad donde el culto al hedonismo y al narcisismo son valores en alza y donde las carencias afectivas y de personalidad se subsanan con la manipulación. El hombre moderno se ha convertido en un metafórico caramelo de envoltura sugerente e irresistible que esconde una golosina hedionda con sabor a mierda. En este espinoso terreno, ‘Por amor al arte’, se consuma como una hiriente comedia negra y una sátira sobre la carencia de personalidad, la sumisión amorosa, la amoralidad del proceder artístico, y el egoísta y desalmado manejo emocional en favor de la satisfacción personal, donde se subjetivizan sentimientos y arte. Y no es el manifiesto misógino que se podía esperar de LaBute, sino que, dentro del campo estético e íntimo, es una proclama sobre la bulimia emocional, la anorexia moral y la vigorexia social que envuelve a una sociedad que mendiga belleza y perfección como justificación de la felicidad que proponen los patrones modernos. En definitiva, que estamos encerrados en la aterradora superficialidad de la sociedad del marketing, de los axiomas de la tele, del mensaje único e institucional que esclaviza a una feligresía mediática mediocre, convirtiéndola en feliz aglomeración de ignorantes.

 

En este ejercicio de misantropía digna de Kohler o Milstein, LaBute envuelve de ironía amarga la historia de amor Adam y Evelyn, dos jóvenes que se conocen en una galería de arte e inician una relación de pareja que no ven con muy buenos ojos Jenny y Phillip, los amigos de Adam. Todos se verán envueltos en una evolución emocional y física de consecuencias inesperadas. Bajo ese halo de comedia de enredo, LaBute aprovecha para indagar en el enfrentamiento de los conflictivos deseos humanos afines a las ansias de libertad y de correspondencia, a la pretensión de amor que deviene de la siempre peligrosa noción de toda seducción que, en su fondo, es egoísta y muchas veces cruel. Un juego de lleno de maldad, proveedor del dolor más impío que se pueda llegar a pensar. Con esta premisa, LaBute imbuye de desesperanza y pesimismo una historia que tiene como centro de atención el sofisma que es, en realidad, el amor. La manipulación que comporta el cambiar los hábitos, los gustos e incluso la personalidad para satisfacer a la pareja, arrebatando así lo más importante de la esencia humana: la libertad.

 

En ‘Por amor al arte’, se utiliza el arte, la obsesión de los creadores por la perfección y la belleza, por la forma de entender las diversas disposiciones artísticas, para trazar una atroz hipótesis sobre las frágiles estructuras de la mentira, del horror del vacío solapado por el automatismo de una relación aparentemente perfecta que se destapa como una disertación sobre la humillación, como lectura emocional basada en las apariencias, dando a entender que la obtención de los deseos que se hacen realidad convierten a las personas en arrogantes y estúpidas, sumergiéndolas en una burbuja de falsedad que algunos dan en llamar felicidad. LaBute dictamina así el  amor como refugio de las inseguridades personales, que terminan por exterminar la autonomía individual para someter al individuo a la manipulación. La eficacia de esta sugerente película no reside tanto en el contenido como en la forma, ya que tras la cáscara de comedia romántica se esconde una terrible y angustiosa declaración de hasta dónde llega la mediocridad actual residente en la superficialidad de las cosas, del hombre moderno, de la pareja y el inexistente bienestar que encuentra su verdad en la realidad cruel y hiriente que coloca al hombre en un rol de marioneta utilizado por muchos y diversos factores. El arte es la apreciación subjetiva de algo, a priori, objetivo, que más allá de su representación estética tiene un significado. Como la acertada visión de LaBute sobre las relaciones humanas. Por eso, esa forma de las cosas del título original, la grafía de su arte, se torna utilitarista al tomar como cimentación de su ‘obra’ al propio hombre en manos de una mujer que utiliza sus pretensiones intelectuales e inspiración en la metáfora que supone la cotidianeidad de tres vidas aburridas y sin pasión (el modelo que la sociedad tiene como ‘normales’), cuya esencia final destapa la verdad interior de todos y cada uno de ellos ante la perversa prepotencia de una persona que habla de amor, pero que lo utiliza como praxis experimental en la que todo vale por demostrar que en la investigación pasional cuasicientífica también existe arte. 

Toda la película no tendría su devastadora relevancia sin sus extraordinarios cuatro y únicos intérpretes, encabezados por la carnal Rachel Weisz, que encauza el mejor rol de su reducida filmografía a momentos de soberbia actoral, a la que no son ajenos un extraordinario Paul Rudd, la dulce Gretchen Mol y el cínico Paul Webber. Pero no todo podía ser perfecto, ya que en la adaptación de la propia obra de teatro del director, la carencia escénica y unificación geográfica que sólo entrecruza a las dos parejas proporciona a su versión cinematográfica un excesivo aire de claustrofobia, sólo rota por las canciones de Elvis Costello a modo de transición entre escenas (un punto característico en el cine de LaBute), y que conlleva muchas veces a la apatía y la monotonía de ciertos diálogos que se hacen largos. Un aspecto que si se une a la excesiva y habitual frialdad de La Bute como director, resta vigor al ritmo y a lo mejor de unos diálogos sencillamente sobresalientes. Y ésa desacertada propuesta teórica y distante del mundo real, encerrada en un entorno teatral, es el principal lastre que no deja a ‘Por amor al arte’ transformarse en una obra maestra del cinismo humano y la confusión de la utilizada sociedad que, sin embargo, alcanza su apoteosis de bestialidad en un desenlace lleno de mala hostia venenosa, de violencia verbal enfocada a la estupidez y al enamoramiento humano, al manejo recíproco (o unifocal) al que se entregan las parejas de novios, a la superioridad en las relaciones de amistad que esconden bajo su apariencia de estabilidad y felicidad el auténtico sentido del cinismo e hipocresía.

Miguel Á. Refoyo © 2004


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POR AMOR AL ARTE (The Shape of things), de Neil LaBute.
Fecha de publicación: 2004-07-27 17:44:00, por Miguel Á. Refoyo   (visto: 2784 veces)   (a 6 personas les ha parecido interesante)
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POR AMOR AL ARTE (The Shape of things), de Neil LaBute.

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