Trova moral a la libertad y a la heterogeneidad Un Gus Van Sant domesticado y ortodoxo aprovecha el inminente cambio de gobierno para abogar por las libertades sociales con un ‘biopic´ hagiográfico de Harvey Milk, una figura generacional y fenómeno mediático del colectivo ‘gay´ norteamericano.

Gus Vant Sant ha tenido una racha de trabajos con los que se ha granjeado la condescendencia de cierto sector crítico y un grupúsculo de público escogido con cintas independientes como ‘Elephant´, ‘Gerry´, ‘Last Days´ (y la inédita ‘Paranoid Park´). En ellas, el director de ‘Drugstore cowboy´ arremetió contra el formulismo cinematográfico y experimentó con el cine para intentar rebasar los límites, en una suerte de ensayos empíricos transformados en severo cine minimalista. Van Sant ha jugado en todas ellas con el ejercicio que busca la depuración del lenguaje clásico, en viajes que se sostienen dentro de la ‘no-acción´ como metáfora de la exploración de la identidad, de la pérdida de valores indicativos del desconcierto. Su narración fragmentada y la importancia del concepto cinematográfico de carga y pesadez estética bajo movimientos sin criterio han hecho que la contemplativa y arrogante cámara de Van Sant haya ganado tantos adeptos como refractarios.

Sin embargo, no hay que olvidar que Van Sant, asumiendo su caricatura autoparódica a modo de cameo en ‘Jay y Bob el Silencioso contraatacan´, de Kevin Smith, aboga por el trabajo de mercenario del arte fílmico con trabajos como el impresentable ‘remake´ de ‘Psicosis´ y, en menor medida, ‘El indomable Will Hunting´ o ‘Descubriendo a Forrester´. ‘Mi nombre es Harvey Milk´ respondería a ésta última categoría. El Van Sant dócil y domesticado retoma su ortodoxia a la hora de ponerse frente a un encargo de corte comercial, en una cinta manufacturada con dos intenciones; el testimonio interpretativo de Sean Penn para lucirse con un papel adecuado a las exigencias de los Oscar y la vivificación de un icono postergado en la memoria política y social, un hombre visionario, figura generacional y fenómeno mediático del colectivo ‘gay´ en Estados Unidos que, además, aprovecha el inminente cambio de gobierno para abogar por las libertades sociales. Así, Van Sant, con este nuevo filme, se beneficia al reivindicar su homosexualidad con un ‘biopic´ de cierto calado nacional y regresar al cine ‘mainstream´ junto a un actor de la talla de un Penn deseoso de otra estatuilla de la Academia que acompañe a aquélla que tan injustamente arrebató a Bill Murray en la 76ª gala de los Premios de la Academia.

La historia es de esas que se acercan con facilidad a la hagiografía y a la glorificación de un personaje expuesto como un mártir, la de Harvey Milk, un político ‘made himself´ que fue construyendo una ideología adaptada a las necesidades del pueblo a través de sus propias reivindicaciones, abanderando la lucha por los derechos de los gays y lesbianas, haciendo de él un rostro reconocible poniendo voz a las movilizaciones contestatarias de una época clave en la contracultura americana y que le llevaría a convertirse en adalid de las libertades públicas dentro de la política municipal. La fábula de lucha moral por la libertad y los logros de Milk dentro de los entornos conservadores del barrio The Castro, en San Francisco, posterior centro de la comunidad gay estadounidense, son narradas por el propio Milk en una grabadora, sabedor de que a su vida no le quedan más que unos días, recopilando su lucha política y reivindicando el aliento de una generación que fue clave en la democracia y en la ruptura con la intolerancia. Gus van Sant tiene muy claro desde su inicio la forma que dar a este manifiesto panegírico. Y lo hace apoyándose en el docudrama, diseminando la película con falsas entrevistas y documentos visuales de la época, que le dan a este nuevo paso dentro del cine comercial, un cierto toque, en su espíritu y condición, de telefilme de sobremesa, sin personalidad suficiente para poder catequizar sobre los temas fundamentales sobre los que gira este drama político. Es una lástima que ni Van Sant ni su guionista, Dustin Lance Black, no hayan enfatizado en un discurso que podría haber sido más provocadora y biliosa. Se conforman con afirmarse en la trova moral a la libertad y a la manumisión de ideologías, en el empeño obstinado por la defensa de las libertades civiles y alzar la voz en contra de la intolerancia. Lo que limita toda la recuperación del icono gay a una simple proclama de lo políticamente correcto.

Pero no hay que llevarse a engaño. La cinta no carece de autenticidad y visceralidad. Todo lo contrario. Es tan fiel al momento y a sus personajes, siguiendo a rajatabla los designios y entresijos políticos, que acaba por caer en la sucesión de actos históricos con cierta enumeración y en la prolongación realista de los monótonos diálogos sobre objetivos políticos. ‘Mi nombre es Harvey Milk´ se concentra en los actos y consecuciones del personaje, más que indagar en su vida personal, en sus inquietudes y personalidad. De ahí que todos y cada uno de los secundarios que van uniéndose a la diatriba política de Milk no aporten más que la eventual presencia, a excepción de los personajes de Josh Brolin, como rival político conservador de Milk y de James Franco, como Scott Smith, primer amante de éste. No hay rastro de emoción en las relaciones homosexuales de Milk (por no hablar de la espantosa aportación de Diego Luna), ni una identificación por parte del público con el protagonista. Y lo peor de todo es que tampoco la hay en el desarrollo político de sus intenciones de congregación más allá de su condición sexual, de su férrea creencia en la unidad de los barrios como vehículo para su anecdótico logro como miembro del San Francisco Board of Supervisors, la legislatura de la ciudad y el condado, gracias a una idea tan simple como la de prometer limpiar de mierdas de perro el distrito del que era candidato. O también en esa letárgica lucha dialéctica con John Briggs, antagonista a la candidatura que formula la Propuesta 6 mediante la cual las escuelas de California deberían despedir a los profesores homosexuales de la zona.

 

Con todo esto, ‘Mi nombre es Harvey Milk´ no es más que otro ‘biopic´ bastante oportunista, con pocas intenciones cinematográficas, que no llega a ser un descalabro gracias a varios factores que comienzan en la estupenda recreación de una época convulsa como son los 70 y un espacio concreto como el San Francisco explorado. También, obviamente, la destacada composición de Sean Penn, en un papel escogido para su mayor gloria, que no deja de ser funcional, pero a su vez concentrando cada gesto en una medida grandeza actoral. Además, nunca había sonreído tanto en una pantalla de cine. Sin olvidar a un James Franco colosal y un Josh Brolin en la cima de su carrera. ‘Mi nombre es Harvey Milk´ aboga por el cambio de rumbo de aquellas vidas sumidas en una rutina asfixiante, que es el diálogo que se retoma del inicio de la cinta, aquél en el que Milk, con su recién conocido amante, confiesa haber llegado a los 40 sin haber hecho nada en su vida. No es óbice para que, años después, fuera elevado a los altares que aquellos ciudadanos alentados por la obtención de la paz y aceptación y dispensar un servicial homenaje a todos los mártires que son y han sido capaces de luchar por los derechos civiles de cualquier tiempo y condición. Incluso se permite adoptar un ‘happy end´ de esperanza y ejemplaridad, disimulando los virulentos acontecimientos que tuvieron lugar en la llamada ‘White Night riots´ (o ‘Noche Blanca´) por un hermoso plano popular de dolor, lágrimas y velas. ‘Mi nombre es Harvey Milk´ es un pregón formulista de reivindicación política que se deja llevar por las grandes palabras de su protagonista. Pero poco más.

Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

fuente: http://refoworld.blogspot.com/2009/01/review-mi-nombre-es-harvey-milk-milk.html

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Mi nombre es Harvey Milk
Fecha de publicación: 2009-01-27 01:01:21, por admin   (visto: 2329 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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