Extraña y oscurantista revisión del cine negro

 

Almodóvar consigue con su manifiesto ‘gay’ una interesante e irregular cinta demostrando su indudable calidad como guionista al plantear un tríptico imposible.

 

Ya con los títulos iniciales diseñados por Juan Gatti, que invocan en exceso a los utilizados en esa pequeña joya del cine español que es ‘La voz de su amo’, de Emilio Martínez Lázaro, y a lo largo del prólogo de la decimoquinta película de Almodóvar, se siente una especie de clonación de los elementos a los que nuestro director más internacional nos tiene acostumbrados. Adscrita (como no podía ser de otra forma) a su fase de dramáticas historias de delicado esteticismo comenzado hace ya una década con ‘La flor de mi secreto’, ‘La mala educación’ propone en su descripción preliminar un repaso a todo ese detallismo que aviva el mundo ‘almodovariano’ en el que pequeños complementos ornamentales componen un todo indisoluble de elaborada puesta en escena, cuidada música incidental (la peor partitura de Alberto Iglesias emulando a Bernard Herrmann) y canciones (aquí casi limitadas a las de Sara Montiel) y la gama cromática profusa en colores y simbolismos. Un ‘dejà vù’ que se hace más consistente cuando sus personajes vuelven a representar personales visiones de la constante búsqueda del cineasta por alcanzar historias de amor imposible, de desgarradora singularidad, y que encuentra en ‘La mala educación’ su sentido en la homosexualidad. Su última y esperada película es una historia de ambiente ‘gay’ (decididamente muy ‘gay’), de travestis y profusión sexual muy contenida si revisamos la carrera del cineasta manchego. Posiblemente el manifiesto más homosexual de Almodóvar desde ‘La ley del deseo’, con la que tiene muchos puntos en común con personajes que se mueven en un submundo de bajas pasiones, pero esta vez exclusivamente protagonizada por hombres y donde las mujeres apenas aparecen, por no decir que no existen (si exceptuamos a la estupenda Petra Martínez y el fallido cameo de Leonor Watling que distrae la atención del espectador en un momento dramático crucial). Una disposición a la repetición que se puede apreciar en la canción que canta Gael García Bernal cual Miguel Bosé en ‘Tacones Lejanos’ vestido como Victoria Abril en ‘Kika’ en un frecuente mundo de color convertido ya en un género que en muchos momentos redundan en el lenguaje más puro del director; un lenguaje directo y explícito que, de entrada, deja frío al cinéfilo sin complejos, abruma a los que no sienten afinidad por el manchego y encanta a sus prosélitos seguidores.

 

La historia narra un triángulo de pasiones, venganzas y fatalidad formado por el pedófilo padre Manolo y sus alumnos Ignacio y Enrique, más tarde convertidos en el travesti Zahara y en un director de cine de éxito respectivamente. A lo largo de veinte años, de tres momentos que tienen lugar en 1967, 1977 y 1980, los personajes se encuentran y desencuentran desde su desgraciada separación en el colegio de educación franquista. Un relato corto titulado ‘La visita’ es la clave de la unión de todos ellos. Un escrito que cuenta las experiencias traumáticas y turbias que Ignacio vivió en el colegio. Un relato que servirá como película que se rueda dentro de otra película. La que cuenta Pedro Almodóvar. El drama intimista de niños que se necesitan y enamoran, que comparten su amor masturbándose bajo la luz del proyector de la cinta de Mario Camus ‘Esa mujer’ con Sara Montiel, su triste despedida por culpa del cura que veja a uno de ellos y el ulterior tránsito de vodevil ‘pendón’ por pueblos por parte del otro es una sucesión de representaciones propias de la orbe de Almodóvar en su más puro culebrón homosexual, lleno de infortunios y deseos irrefrenables. El travestismo es la máscara enigmática de la tragedia que el cineasta aprovecha para sazonar el argumento con su habitual dosis de humor inconfundible. Sobre todo, en los momentos en que el niño canta ‘Moonriver’ al párroco acosador, la insistencia charcutera de la nonagenaria Amalia Hermo ante el teléfono y aquéllos en los que un inconmensurable Javier Cámara se apodera de la pantalla en un remedo de la Agrado de ‘Todo sobre mi madre’ interpretado por Antonia San Juan. Una retahíla de momentos ya vividos y que resultan ciertamente letárgicos, prometiendo un filme de importunado desarrollo mantenido en las obsesiones de su director y también en su manera de entender el cine y el arte, de sus pasiones y tal vez de la forma en que se ve a sí mismo. Algo que, sin ánimo de ofensa, ya empieza a languidecer en el universal cine de Almodóvar.

 

Pero ‘La mala educación’ no es lo que parece. No es un insulso folletín de ramalazo y pluma, ni si quiera un ataque a la Iglesia por los abusos cometidos por ésta en la etapa del franquismo. Más allá de un fondo que desencadena el drama sustentado en un cura pederasta, víctima de sus deseos inconfesables, estamos ante una tragedia pasional donde los chantajes, las carencias emocionales y la muerte otorgan verdadero significado a un filme irregular, pero más compacto e interesante que la sobrevalorada ‘Hable con ella’. En un inesperado giro argumental (que no se desvelará aquí para mantener el interés en el cine) Almodóvar realiza un impresionante ejercicio de saber hacer, dejando que su aparentemente historia dramática se desdoble y se duplique en un juego de espejos que multiplica y deforma la narración. Es entonces cuando este creador personal impone su indudable calidad como guionista para plantear su historia con tres personajes de rostros cambiantes, en tres escenarios temporales y en tres dimensiones narrativas. Cuando Enrique decide llevar al cine el relato de Ignacio, las tramas de la historia se triplican, separándose en una historia ‘real’, la narrada por Ignacio en su relato, inspirada y delirada a partir de la real y la que Enrique adapta del relato y visualiza en forma de película. Es cuando ‘La mala educación’ muestra todas sus cartas y empieza a funcionar como engranaje de una laberíntica y delicada muestra de romanticismo desesperado, de mentiras y de fatalidad propia del género ‘noir’. Es ésa irrealidad (a veces confusa) de las tres historias desestructuradas en el tiempo, con flashbacks dentro de recuerdos y ficción propuesta como ‘cine dentro del cine’ en la realidad que se narra, la que concede la mejor virtud de la última cinta de Almodóvar. En este turbio metalenguaje, el cineasta español juega con tramas y subtramas que desdibujan la frágil línea que separa la realidad de la ficción y que le sirven como tergiversación de caracteres y ofrecer así las claves que hagan entender los muchos giros internos acopiados en un melodrama que esconde en sus propósitos una revisión subjetiva del cine negro.

 

Un cine negro formulado en una particular reflexión sobre los mecanismos de la ficción, sobre la capacidad de la entelequia para complicar, solapar y hasta sustituir por completo la propia vida. En un oscurantista y al tiempo transparente juego de espejos enfrentados, todo cuanto se ve en la pantalla deriva de un cuento moral donde lo inesperado construye una realidad complicada. Algo admirable por la dificultad de elaboración del relato. Los personajes se transmutan de víctima a verdugo en las relaciones amorosas, expresadas a través del concepto del cine ‘noir’, un género que como bien dice Almodóvar “habla de la negrura que hay en el corazón humano”. ‘La mala educación’ no es una película de buenos y malos, sino de seres imperfectos que encuentran su oportunidad para saldar deudas. La insistente cinefilia de Pedro Almodóvar tiene lugar en esta ocasión con explícitas referencias a ‘Perdición’, de Billy Wilder, así como a otros clásicos como ‘La bestia humana’, de Renoir o ‘Thérèse Raquin’, de Marcel Carné. Ambas basadas en novelas de Emile Zola y que recrean situaciones similares a las de los protagonistas, en espera de cometer un crimen pasional y vengativo. Por tanto, para entender esta peculiar revisitación del cine negro basta centrar la mirada en Ignacio, el personaje que interpreta Gael García Bernal encarnando a la ‘femme fatale’ reconvertida en un arribista con ganas de comerse el mundo utilizando las tácticas de Barbara Stanwyck, Jean Simmons, Veronica Lake o Joan Bennett. Todo ello conjugando su universo colorista y urbano con un naturalismo insólito en su filmografía.

 

En la parte interpretativa, Almodóvar también deja claro que es uno de los mejores directores de intérpretes del país, haciendo que Fele Martínez ofrezca una inusual y notable composición o que los niños Nacho Pérez y Raúl García resulten extraordinariamente creíbles. Mientras que Lluis Homar, Francisco Boira y Daniel Jiménez Cacho se sitúan a la altura de lo mejor de la función: un extraordinario Gael García Bernal que ahonda en su personaje dando una auténtica lección de interpretación no sólo por la solidez con que vela su acento mexicano, sino por una sorprendente capacidad dramática que le da al personaje de Ignacio/Juan una hondura fuera de lo común. Cierto es que ‘La mala educación’ recoge lo mejor y lo peor del cine ‘almodovariano’, donde algunos roles son semiplanos en una historia de personajes inconclusos, y por tanto, de historias inacabadas. Un conjunto de segmentos que cobran sentido por el dramatismo de los protagonistas y por la prosopopeya de unas imágenes fundidas en un drama transformado en ‘thriller’, a su vez reconvertido en un relato de cine negro. ‘La mala educación’ son muchas cosas y, por lo tanto, nada en concreto. Un simbolismo ofrecido en el último plano de la película con una carta inacabada. Expresión final de la película.

 

Miguel Á. Refoyo © 2004

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La mala educación
Fecha de publicación: 2004-03-26 09:06:00, por Miguel Á. Refoyo   (visto: 2306 veces)   (a 7 personas les ha parecido interesante)
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