La madurez del nuevo clásico del cine

 

Tarantino finaliza su mejor película aportando una hermosa historia de amor materno dentro del infernal mundo que supone una fría y sanguinaria venganza.

 

Si con ‘Kill Bill. Vol. 1’, Tarantino logró su primer objetivo de crear una obra que, definitivamente, está avocada a ser una irrepetible fusión armónica entre cine y vida, derivada de una libertad casi insultante en la creación de una película que responde a sus propios deseos como espectador al mezclar clásicos del serie B, dogmas populares expresiones genéricas más estandarizadas con cintas orientales y el ‘western’ (en sus versiones clásicas y ‘spaghetti’), esta segunda porción, finalización de su cuarta cinta, nos sigue dejando ver que su intención continúa siendo mucho más que una maravillosa composición miscelánea de numerosas tradiciones que conllevan, en su fondo, flagrantes innovaciones. Tarantino constata no sólo que es, posiblemente, el mejor director contemporáneo, sino que es capaz de ensamblar géneros y subgéneros con raigambre y astucia. Algo muy opuesto al especulativo ejercicio de sincretismo que muchos han achacado al cineasta en sus primeros trabajos y que compagina con una ruptura de las formas tradicionales del cine de una forma descaradamente irreverente.

 

En este segundo volumen de ‘Kill Bill’, Tarantino equilibra su historia de venganza dejando los postulados del frenetismo y de la acción de ritmo endiablado a un lado para ofrecer una hermosa pieza reflexiva y armoniosa, deteniéndose en una más que exquisita poética determinada por una ternura inusual en la visión argumental de su realizador, acostumbrado a magnificar el salvaje vigor de la imagen y el impacto. Una característica que si bien no pierde la feroz fuerza de su violencia ni sus más condensadas luchas cuerpo a cuerpo, sí encuentra el peculiar terreno de ironía y cinismo congénito a Tarantino, pero imbuyéndolo de matices íntimos, contemplativos y armónicos, sentimientos imprecisos, profundos y turbiamente impregnados de nostalgia. La culpa expiatoria por la maldad, el tiempo perdido, la acrimonia que deja los errores cometidos y el placer de la venganza más cruel son los dispositivos que prosiguen en esta segunda parte de la función. Ahora ya no se trata de la yuxtaposición sorpresiva del reciclaje, sino que se busca equilibrar la balanza, no de superar los logros. Y para ello, Tarantino acomete una obstinada profundización en los personajes que participan en la historia, creando verdaderos seres humanos, ataviándolos con personalidades demoledoras. Así, la figura incorpórea de Bill en la primera mitad, tiene su apoteosis aquí con el afianzamiento de un rol magnético, apasionante, de múltiples gradaciones y poseedor de una ideología tan fascinante que hay que acudir a los fastos de las mejores épocas del cine clásico para encontrar un malo tan grandioso y atrayente. Si a todo ello se añade el instinto maternal de La Novia-Mamba Negra, que la hace más peligrosa y letal y se descubre (como ya se pudo ver con O-Ren Ishii) a unos malvados secundarios llenos de defectos y enfermo cinismo, asesinos delimitados a esa diatriba que es ‘matar o morir’ (la verdadera clave del total de ‘Kill Bill’) nos encontramos ante una auténtica propuesta que basa su fuerza, contra lo que pueda parecer, en los personajes. ‘Kill Bill’, como película de cuatro horas, es una irreprochable película que revela la evolución hacia una perfección dialógica y cinéfila de un director llamado a ser uno de los grandes clásicos del Séptimo Arte, pero con ésas vertientes bien diferenciadas, en las que cumple un papel central la conciliación de subgéneros derivados de los géneros cinematográficos clásicos y donde es fundamental el procedimiento modernista de la intertextualidad genérica cuyo objetivo es releer y reinterpretar.

 

Inmersa en su particular venganza homérica, concordada en la idea de Esquilo y Sófocles,  ‘Kill Bill. Vol. 2’ presenta a La Novia dejándola dónde se había quedado: con dos miembros del Comando Letal Asesino Víbora aniquilados y en busca de los otros dos (Bud y Elle Driver) que dejen como único designio la venganza contra Bill y recuperar así a su hija de cuatro años a la que nunca ha conocido. Su agrio sentido del fatalismo, colmado de indudable pomposidad operística, concede una sublime eficacia que hace que esta segunda parte de filme le sirva a Tarantino para olvidar estilo del ‘Grind House Cinema’ para centrarse un poco más en el porqué, en las causas y las consecuencias. ‘Kill Bill. Vol. 2’ vendría a ser el complemento a lo propuesto, una elevada reflexión sobre la vida y la muerte, el amor y el odio y, principalmente, una preciosa y enternecedora glorificación a la maternidad. Un núcleo ideológico y existencial que cavila acerca de la naturaleza de la maldad, utilizando como modelos la muerte del pez Emilio a manos de la pequeña B.B. y en el modélico discurso sobre el genuino Superman como camuflaje de una teoría que parece contener el centro temático de la historia. Un razonamiento que si bien incluye agudos comentarios sobre la identidad y honestidad personal, sirve como explicación perfecta para los auténticos motivos del villano. Por eso las peleas son mucho breves, pero también más impactantes, pues se van conociendo las motivaciones de los personajes y sus propósitos. Las batallas con ‘katana’ y luchas ya no funcionan como espectáculo y homenaje al cine de artes marciales, sino que están contribuyendo a la narrativa, fortaleciendo la historia y extendiendo la comprensión hacia los personajes. Y es en ésa esfera donde se sitúa este segundo volumen.

Hay dos partes muy bien diferenciadas en ‘Kill Bill’. Una primera, oriental, en la que el cineasta basa los movimientos de la trama en función del espectáculo puro y adrenalítico, utilizando referencias a los clásicos asiáticos Seijun Suzuki, Kiachi Okamoto y Toshiya Fuyita como explicitación del homenaje experimental de estilismo al cine de ‘yakuzas’ y al wuxia pian’ de artes marciales y que representa la sección física de la cinta. Y una segunda parte que es el ‘Spaghetti-western’, encargado de transportar al espectador por el viaje emocional de su protagonista. Un género definitorio de ‘Kill Bill’ como película. Y es que el ‘spaguetti’ no es como el ‘western’ de Hollywood, ya que el salvaje Oeste yanqui idealizaba en sus bases genéricas la cruda realidad histórica haciendo que sus elementos se circunscribieran al entorno geográfico y sus leyes. Sin embargo, en el ‘italo-western’ la vida fronteriza y desértica deviene de una áspera tragedia, donde un agresivo instinto de supervivencia alumbra nuevas formas de barbarie y libertad. ‘Kill Bill. Vol. 2’ es, por tanto, dependiente de su primera parte para reflejarse en ella y aquélla necesita de ésta para entender su existencia. Ambas son complementarias y una sola, pese a ser heterogéneas. Como si la primera fuera el anverso de la segunda y viceversa. 

Tarantino enfoca su pieza de cámara hacia una desbordante superación de los límites tradicionales de cualquier género que ofrenda, cuestionando cualquier orden, quizá para construir uno nuevo. El genial cineasta reinventa el ‘spaguetti’ manejándolo a su antojo subvirtiendo los preceptos del ‘western’ y de su réplica mediterránea al sublevar la idea de Sergio Leone cuando decía que “la mujer en el Oeste no es más que un obstáculo para la supervivencia como problema esencial de la vida salvaje”. Una misógina idea que se ve anulada cuando Tarantino traiciona a cualquier prototipo de antihéroe de los filmes italianos a los que reverencia creando una superheroína, una mujer de armas tomar que no se puede desprender de su destino, entendido como una fuerza ciega que marca al personaje y a sus actos. Y además, superando el ascetismo esquemático que propone el género (y en último fin la historia de ‘Kill Bill’), donde la degradación es el universo primitivo e irracional que rige las vidas de los que en él habitan que sirve a Tarantino para moldear, mediante un asombroso y estudiado ‘dramatis personae’, unos caracteres que desglosan lo mejor de su cine y desarrollar, de paso, unas líneas argumentales representativas de la mejor tradición clásica.

 

En ‘Kill Bill’ como filme unitario, la violencia extrema que se extrae de sus imágenes, lejos de significar el punto álgido en la dramaturgia e idiosincrasia de su ente formal y argumental, es una especie de terrible consecuencia de una angustiosa divergencia ‘psicológica-existencial’, provocada por la punición moral a la que conlleva el ansía de venganza. La violencia de ‘Kill Bill’ es, pura y simplemente, exhibida en su más atroz esplendor, porque la violencia es inherente al ser humano y difícilmente puede ser sometida a los dualismos maniqueos de la filosofía tradicional. Como en el caso de los (anti)héroes de los ‘spaghetti’, que coexisten en el sanguinario vitalismo de las tragedias griegas combatiendo la violencia con violencia para restablecer en una justicia natural, cuya profundidad y honestidad está por encima de las imperfectas leyes humanas. Algo a lo que no es ajeno ese espectacular duelo final, no tanto físico como emocional entre Uma Thurman y David Carradine y todas las sangrientas muertes que quedan en el trayecto vital de La Novia hacia la redención como persona y madre. 

 

Dentro de su estudio en forma de búsqueda de reconversión de géneros, Tarantino encuentra su apogeo estético en la que es otra excepcional ofrenda al cine nipón, que tiene su espacio en este segundo volumen descrito en un ‘flashback’ protagonizado por Pai Mei, el maestro ‘shaolin’ cruel y soberbio de Mamba Negra y que Tarantino aprovecha para utilizar ‘zooms’ de ida y vuelta y una puesta en escena que definen el absoluto respeto por el homenaje, mucho más que por el guiño irónico que se pueda intuir. Una odisea cinematográfica donde, otra vez, los planos de lucha (esta vez más sucios y transitorios) encuentran la síntesis de una excepcional coreografía visual, entre el ritual y la utilización del humor, disparándose como una descarga de maestría y buscando siempre la superación y la forma de sorprender, como la angostura en el formato de proyección para angustiar en su secuencia del entierro o su guiños al clásico del ‘gore’ japonés ‘Lone Wolf and Cub’ (conocido en Occidente como ‘Asesino Shogun’) o su contextualización geográfica en las secuencias de México con alusiones subversivas al Santo el Enmascarado de Plata, de Kalimán. Eso sí, siempre conservando el equilibrio al filo del exceso y fortificando su intensidad por una inserción admirable de canciones y sintonías que forman una banda sonora inolvidable.

 

Si algo caracteriza esta obra rotunda, plena de arte procedente de un guión sin fisuras, es su honestidad a la hora de exponer su ideología e iconografía. ‘Kill Bill’, más en esta segunda entrega que en su antecesora, tras su aparente intrascendencia esconde, siguiendo la idea de F. Velasco Capafons del ‘western’, “una profunda reflexión del género con actitud ingenua y traslúcida donde la violencia es el exponente de una sociedad que está demasiado consciente de su propia monstruosidad y no quiere estarlo”. Una clave que reside en uno de los epílogos más hermosos y desgarradoramente optimistas que se han visto nunca. Si todos los mitos son de naturaleza simbólica y funcional, la heroína de esta obra maestra que se transmuta creciendo como personaje de La Novia a una madre ejemplar adopta una efigie de proeza en los rasgos de la musa ‘tarantiniana’ por excelencia, de una Uma Thurman que descarga el verdadero y plausible maratón físico para demostrar lo gran actriz que es,  encontrando la complicidad de un Carradine carismático y en estado de gracia. Como si ambos hubieran esperado esta película para demostrar todos los registros posibles en una cinta de acción.   

 

Quentin Tarantino ha creado una celebración y una elegía del cine en sus conceptos más amplios, reinventando con su espléndido ‘background’ cultural y heterogéneo basado en los diversos géneros ya mencionados una nueva forma de ver este apasionante arte.  Sorprendente, elocuente, conmovedora e hipnotizante en casi todos sus sentidos, ‘Kill Bill’ supone la mejor película de su autor y, posiblemente, el cenit de un cine moderno que encuentra en la historiografía del Séptimo Arte el lugar más destacado para esta inolvidable experiencia. Tarantino está mucho más allá de su aplaudida renovación del orden narrativo, de su forma de contar historias, del acopio cuantitativo y cualitativo de su experiencia como espectador, corroborando que muchos de los homenajes sólo son un ardid para superar el espejo en el que se mira como cineasta, potenciando su inalcanzable universo. Tarantino ha llegado a la madurez como clásico del cine moderno. A partir de ahora, el espectador puede esperar lo mejor en cada una de sus próximas demostraciones de superioridad.  

 

Miguel Á. Refoyo © 2004

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KILL BILL Vol. 2
Fecha de publicación: 2004-07-27 17:46:00, por Miguel Á. Refoyo   (visto: 1629 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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KILL BILL Vol. 2

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