PROMETHEUS de Ridley Scott (2012)

¡Alerta! ¡Sirenas ululando mientras lanzan sus destellos rojizos planeando sobre vuestras cabezas! Que a nadie se le ocurra caer en la trampa y se acerque con reverencia al templo sagrado que una vez fuera llamado Cine para ver esta horrorosa, infumable, patética, lamentable, bochornosa, vergonzante, ridícula, absurda, beocia y cicatera película de, llamémosle así, coña-ficción. Esta penosa badajada no hay por donde cogerla por más que uno haga todo lo posible y ponga sus mejores intenciones para hacerlo. Pero vamos a ver señor Scott, ¿usted nos toma por imbéciles? Con la que está cayendo, con el prestigio (ya perdido por completo) que usted solía gastarse, ¿cómo se atreve a filmar una insoportable tremolina de semejante calibre? ¡Usted era un director de cine! Era, digo bien, porque con este untuoso truño al menos para mí lo ha dejado de ser momentáneamente. Qué descalabro, qué chatura de planteamiento y de guión, qué estulticia mayúscula a la hora de dibujar unos personajes epidérmicos incapaces de emitir dos frases con sentido, qué tomadura de pelo sin parangón en lo que va de año, qué castañazo. Queda, pues, bastante claro y no diréis que no os lo he avisado con palmaria contundencia: Fruslería estúpida, pretenciosa y banal solo pensada para espectadores turulatos y/o gaznápiros. Mala no, peor.

 

MAGNOLIA de Paul Thomas Anderson (1999)

Tras insufribles tontunas con pretensiones como el último bodrio del otrora interesante Ridley Scott, conviene contrarrestar el enfado hablando de verdadero CINE, con mayúsculas. No es un musical, pero los actores cantan; no es un fantástico, pero llueven ranas; trabaja Tom Cruise y das gracias por que el cielo de Hollywood haya alumbrado un actor como él; ves a Julianne Moore y juras que será para ti y desde ese momento la actriz de tu vida… y así una inabarcable constelación de mágicas escenas y maravillosas interpretaciones conformando una película que desde su mismo estreno se transformó en clásico instantáneo, una obra maestra total, absoluta, imperecedera e incontestable también convertida inmediatamente en película de culto, pues así de enorme y grandiosa resulta su fuerza, su hondura, su calidad extrema y deslumbrante, todo dentro de un rompecabezas poliédrico de historias cruzadas que funcionan a modo de universo que contiene el mundo, o viceversa, como una arquitectura prodigiosa que en ningún momento trasluce pesadez o artificio, al contrario, todo fluye, todo está en su sitio, perfectamente articulado y ensamblado, produciendo en cada movimiento nuevos matices de sentido, nuevas capas de representación, y siempre más y más belleza, más y más armonía, más y más emoción estéticamente pura. Un prodigio artístico y cinematográfico construido por el genial Paul Thomas Anderson (“Boogie Nights”, “Pozos de ambición”) que muy pronto estrenará la que esperamos y deseamos sea la película de este año, “The Master”, bien que ardua tarea la que tiene por delante para escalar las cimas coronadas por “MAGNOLIA”, este clásico del cine contemporáneo que conviene disfrutar periódicamente, tres horas de éxtasis con cada pase. Muy pocas películas dan lo mismo. Más, prácticamente imposible.

 

LA CHISPA DE LA VIDA de Álex de la Iglesia (2011)

Patinazo del gran Álex en su última entrega hasta el momento y tras su aclamada y denostada a partes iguales “Balada triste de trompeta”, una obra radical y transgresora que mereció el justo aplauso y reconocimiento por parte de otros grandes cineastas e importantes festivales. Pero ésta que nos ocupa no alcanza ni de lejos esa calidad que suelen atesorar las producciones de Álex, incluso las más cuestionadas. Su labor de dirección es bastante plana, el guión resulta en todo momento previsible y, lo que es peor, se articula en torno a un mensaje que el director insiste en colocar una y otra vez forzando situaciones, acentuado bondades y maldades, e incluso cayendo en la burda soflama al dialogar o monologar ciertos momentos cuya carga dramática queda así automáticamente anulada. Al forzar el discurso de esa manera los personajes se diluyen por completo, se achatan, pierden entidad y terminan por resultar reiterativos, tediosos y faltos de cualquier mínimo interés. Y lo más llamativo, el protagonista, un José Mota muy discreto que palidece gradualmente con las apariciones de Salma Hayek y, sobre todo, un fenomenal Fernando Tejero, no deglute el verdadero conflicto que le ha llevado a esa situación límite en la que se halla y, por ese motivo, no alcanza a cuestionar en profundidad el sustrato artificioso de su profesión (publicista) ni tampoco la circense mascarada en que ha terminado convertida su maltrecha existencia. Chirrían, pues, los mecanismos de denuncia, la sutileza brilla por su ausencia y al final todos deseamos que ese pobre hombre deje de sufrir para que termine la película y la mujer rechace con predecible dignidad la crematística tentación del diablo. Álex puede y deber dar mucho más de sí, mucho más cine porque es uno de los grandes realizadores europeos y precisamente por ello se lo exigimos en cada nueva película que nos regala. Habrá muchas y muy buenas, no me cabe duda.

 

RUDO Y CURSI de Carlos Cuarón (2008)

"Existe algo mucho más escaso, fino y raro que el talento. Es el talento de reconocer a los que tienen talento."

[ Elbert Hubbard ]

 

¿Te gusta el fútbol? ¿Consideras que su disfrute, en sus múltiples e inagotables aspectos, nos puede deparar momentos de belleza y pasión incomparables? Si es así, cosa que no pongo en duda, disfrutarás con esta agridulce y entretenidísima “Rudo y Cursi” dirigida por Carlos Cuarón y protagonizada por la misma pareja de actores que tan buenos resultados le diera a su hermano, Alfonso, en la notable “Y tu mamá también”. En efecto, tanto Gael García Bernal como Diego Luna se complementan a la perfección al personificar a dos hermanos cuyo natural talento para la práctica del susodicho deporte les convertirá en presa fácil de un avezado ojeador argentino interpretado magistralmente por el actor Guillermo Francella. Cuando el circo balompédico capture a los novatos y la rueda de la fortuna comience a girar para ellos naturalmente engrasada con todo un cúmulo fluido de sentimientos encontrados y emociones contradictorias, nosotros, fervientes hinchas y rendidos espectadores de su tragicómico periplo, realizaremos también ese viaje convencidos de haber asistido por momentos a una lección enorme de Vida (el juego más grande) y de Fútbol (el más bello). Estupenda.

 

LOS VENGADORES de Joss Whedon (2012)

En Hollywood lo tienen claro, que es lo mismo que decir muy crudo y espeso si tenemos en cuenta un punto de vista estrictamente cualitativo: más decibelios, más efectos mortales, más turbulencia y menos, mucho menos sentido, o lo que es lo mismo: Mucho ruido y pocas nueces. Buena muestra de ello es esta última “Los Vengadores”, una película cansina y reiterativa cuyo único baluarte, como en tantas otras de idéntica factura, lo constituye el buen trabajo de algunos actores (fundamentalmente Robert Downey, Tom Hiddleston -¿por qué no lo fichan para Juego de Tronos?-, y sobre todo Mark Ruffalo, aunque totalmente desaprovechados en líneas generales y particulares), y fundamentalmente la potencia visual de unas abrumadoras escenas de acción que sin embargo, y dada la poca relevancia de la historia que se nos trata de vender sazonada, por supuesto, con numerosísimos tópicos y clichés perfectamente detectables dentro del subgénero de superhérores salvadores de la humanidad, terminan por saturar al espectador sensible que acaba pidiendo la hora y (no es mi caso porque he tenido la fortuna de no verla en pantalla grande), muy probablemente, la devolución de la pecunia invertida. El éxito fue total y masivo en salas, como no podía ser de otra manera, además de contar con un apoyo de la crítica solo explicable por motivos comerciales y crematísticos. Por cierto, las escenas de la Johansson otorgan el verdadero toque humorístico a la tonante función, superan con mucho cualquier ocurrencia o chanza del sabiondo Iron Man. Para nuestra desgracia y la del cine, continuará.

 

GRUPO 7 de Alberto Rodríguez (2012)

Una de las grandes apuestas nacionales de la temporada y, sin duda, ahora que de nuevo se repone en cines tras su merecidísima preselección para los premios Oscar de la Academia de Hollywood, un éxito sólido y rotundo para una producción que atesora una calidad indiscutible. La sombría historia de este grupo de agentes dedicado a limpiar las calles sevillanas de yonquis y delincuentes mientras crecen los preparativos para los fastos de la Expo 92 es, amén de dura y trepidante, una oportunidad inmejorable para tener constancia una vez más de cómo la vacua, opulenta, ornamentada y falsa realidad construida a base de torva política y oscuras finanzas hunde sus pilares de barro en el hediondo fango de la corrupción, la miseria, la ocultación y la violencia, sobre todo la violencia, un manto negrísimo que recubre a todos y cada uno de los personajes de este grupo castizo y salvaje, huyendo de sí mismos y siempre hacia delante, en busca de una luz al final del túnel que, como alguien dijo, solo anuncia el tren en sentido contrario que se avecina. Demoledora.

Posdata: Contra las insufribles tonterías hollywoodienses que semana tras semana nos bombardean impunemente, damos las gracias porque realizadores como Alberto Rodríguez o Enrique Urbizu nos hayan regalado dos joyas como “Grupo 7” y “No habrá paz para los malvados”. Ambas lúcidas y sin concesiones. Ambas extraordinarias. Contra la simpleza y el brillo impostado de superhéroes digitales, nosotros oponemos la complejidad y la verdad luminosa de antihéroes analógicos. Contra el simulacro vacío, el Cine lleno (y para que esté más lleno todavía, id a ver Grupo 7 en pantalla grande, me lo agradeceréis).

 

EL BUEN NOMBRE de Mira Nair (2006)

Exceptuando la maravillosa “Salaam Bombay!”, el cine de la directora india Mira Nair siempre me ha parecido poco jugoso, preñado de tópicos y con un punto sensiblero y vacuo cuya máxima expresión la pude detectar de forma diáfana en la, para mí, ridícula y sobrevaloradísima “La boda del monzón”. ¿Cómo, entonces, no iba a aproximarme con la máxima desconfianza a la adaptación de una novela de la escritora Jhumpa Lahiri –autora del magistral libro de relatos titulado “Tierra desacostumbrada”– emprendida por la irregular y predecible realizadora? ¿Y bien? Pues no, tampoco, aunque mejorando sensiblemente lo conseguido en anteriores cintas pero dejando una sensación fría, impostada, telefílmica en la peor acepción del término, con una dirección de actores muy plana y, como suele ser habitual en su cine, delatando el fiel de balanza un mayor peso en el plato de lo estéticamente superfluo. Eso sí, reconozcámoslo, su película tiene algo muy positivo en el plano extracinematográfico, impeliendo a su término la urgente lectura tanto de la novela homónima como de la obra completa de Nikolái Gogol.

 

EDDIE Y LOS CRUISERS de Martin Davidson (1983)

Michael Paré fue una estrella emergente durante los míticos años 80, un mozo de aspecto agraciado cuyas carencias interpretativas solían quedar sobradamente compensadas mediante personajes hechos a la medida y producciones de discreta exigencia. Sea como fuere, este resultó uno de sus primeros éxitos, previo a los cosechados con “Calles salvajes” que protagonizara junto a un jovencísimo Willem Dafoe, y sobre todo “El experimento Filadelfia”, cinta de ciencia ficción por la que continúa y seguirá siendo más recordado. En esta que nos ocupa, el bueno de Paré da vida a una estrella del rock que, cansado de la radiofórmula a la que parecen abocados sus repetidos hits, y animado asimismo por la poética pianística de un nuevo miembro del grupo influenciado nada menos que por los escritos más sombríos de Arthur Rimbaud (Tom Berenger), decide dar un giro a su carrera y proponer un nuevo trabajo rompedor, visionario, con el suficiente impulso como para abrir nuevos horizontes a la estancada producción musical de su época. Craso error. Su genialidad es mal aceptada y decide poner fin a todo, incluyendo su propia vida. ¿O no? He ahí el misterio propuesto y bastante mal resuelto, por cierto, aunque el desenlace no sorprende en absoluto si uno ya sabe que la cinta iba a tener su correspondiente secuela. Deliberadamente melancólica, tan decidida y naíf como un adolescente tratando de cambiar el mundo, la cinta dirigida por Martin Davidson nos gana para sus filas por la tangente, rozándonos al aproximar la nostalgia de una situación o de un discurso, pero sin llegar a contactar jamás con una emoción auténtica, verdadera, nacida de un doloroso desencuentro entre genio y realidad.

Posdata: Para los seguidores de Michael Paré, entre los que obviamente me cuento, deciros que interpretó una buena serie policíaca junto a Michael Beck (lo recordaréis también por la mítica “The Warriors” de Walter Hill), y que llevaba por título: LOS CABALLEROS DE HOUSTON; dos temporadas, del 87 al 89.

 

VEINTE IMPERDONABLES AÑOS

Celebramos que hace 20 años, en el 92 del siglo pasado, se estrenó en cines una de las mejores películas de la historia, un clásico instantáneo que encumbró definitivamente a su director como maestro de maestros, y que nos proporcionó uno de esos momentos tan difíciles de experimentar a lo largo de la vida: La contemplación de la Perfección absoluta, la Belleza abrasadora de una obra maestra que, desde ese instante, pasa a formar parte de tu paisaje emocional y vital, y que has de ver periódicamente para continuar buceando en sus complejidades insondables, en sus diálogos memorables, en sus imágenes poderosas, en su narración precisa y arrolladora, en las entrañas de una historia dura y trágica que se sumerge sin complejos en las tenebrosas profundidades del alma humana para ofrecernos un retablo lúcido, sinuoso, profundo y absolutamente descarnado de todo aquello que nos hace ser lo que somos, culpables o inocentes, sí, pero incluso en este último caso, ¿de qué? Magistral, perfecta, eterna, de Eastwood.

 

MELANCOLÍA de Lars Von Trier (2011)

A Lars von Trier se le puede acusar de casi todo, de acuerdo, pero no de ser un director acomodaticio o seguidor de las modas mercantilistas por las que suspiran productores y público en busca del taquillazo que salve los muebles, unos, y confirme siempre sus oxidadas expectativas, otros. Afortunadamente no es el caso. El realizador danés es poseedor de una mirada propia, una manera muy particular de ver y hacer cine, y lo demuestra una vez más con esta estupenda “Melancolía”, una cinta enigmática y arriesgada que profundiza sin concesiones en los demonios de la mente responsables de la ansiedad, el miedo, la depresión y el hastío de la existencia, pero también en aquellos resortes ocultos y a veces paradójicamente sorprendentes que nos permiten abrir los ojos y mantener una lúcida dignidad frente al más negro e inevitable destino. La película entera también puede ser leída en clave alegórica, pero nunca sin olvidar que está constituida por numerosos elementos entrelazados cuya atención más pormenorizada nos deparará sin duda nuevos hallazgos al llevarnos por senderos emocionales de muy difícil acceso. Sobraría resaltar la excelsa calidad visual que la dirección del danés acierta a imprimir sobre todas y cada una de sus imágenes, pero aun así conviene reseñarlo y reiterarlo puesto que la verdad humana que emana de la narración también es indudablemente de orden estético, capaz en todo momento de desplegar frente a nosotros un irresistible poder de convicción. Muy Buena.

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Fecha de publicación: 2012-11-23 07:11:36, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 864 veces)   (a 3 personas les ha parecido interesante)
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