Solaris de Steven Soderbergh (2002). Ni por asomo la cinta de Soderbergh se aproxima a las excelencias del clásico de Tarkovski. Pero no es desdeñable en absoluto. La nueva mirada al enigmático planeta (gran novela de Stanislaw Lem) pone en acento en la compleja relación emocional de la pareja protagonista, sin olvidar conectarla adecuadamente con el misterio insondable de una forma ¿orgánica? capaz de materializar los temores inconscientes más profundos. El robusto trabajo de Clooney otorga más crédito si cabe a una producción que mereció mucha más aceptación de crítica y público. Buena.

Alien de Ridley Scott (1979). En el espacio nadie puede oír tus gritos. En tu casa probablemente tampoco. Alien se adentra en esas recónditas cuevas mentales donde anidan nuestros miedos más ancestrales dándoles una forma alienígena extraña y a la vez perfectamente reconocible, con esa especie de araña tentacular engendrando vida. Todo es excelente es una película que juega su principal baza en la creación de una atmósfera opresiva y malsana, haciendo crecer la tensión hasta el memorable enfrentamiento final entre la gran Sigourney Weaver y el babeante engendro. ¿Quién ha podido olvidar el doloroso "parto" de John Hurt? Pues eso. Un clásico.

Las amistades peligrosas de Stephen Frears (1988). El deseo entre-dos no es precisamente cosa de dos sino de tres. Esta grandiosa película de Stephen Frears, basada en la novela epistolar de Choderlos de Laclos, explora con acierto toda esa red de engaños, señuelos y mentiras activada interiormente por un goce mudo y perverso, una energía circulante que colocará a cada protagonista en diferentes lugares dentro de una rueda deseante que acabará aplastándoles como insectos.  Amor y Muerte, Eros y Tánatos, pulsiones fusionadas capaces de encabalgarse y sellar existencias con la letra inconfundible de la muerte. Porque una carta, sobre todo la última que cada uno habrá de recibir, siempre llega a su destino.

Muerte en Venecia de Luchino Visconti (1971). La obra cumbre de Thomas Mann le sirve a Visconti para recrear un océano de sensaciones donde bucear a placer dentro de un particularísimo y atribulado ser, un alma torturada cuya fascinación por la belleza quedará materializada en una imagen corporal, objeto quimérico de deseo que le conducirá inexorablemente hacia su propia destrucción, en el fondo buscada y acepada. Una fábula hermosa y siniestra, que resplandece mediante una luminosa oscuridad. Las melancólicas notas del Adagietto perteneciente a la Quinta Sinfonía de Mahler harán el resto. Maravillosa.

No es país para viejos de los hermanos Coen (2007). El mundo se ha convertido en un erial nihilista donde una nueva forma de violencia encarnada por Anton Chigurh (grandísimo Bardem) asienta un golpe definitivo a envejecidas formas de aproximarse al sinsentido del universo. Interpretaciones descomunales para dar solvencia y hondura a una obra oscura, sombría, densa, amarga y deliberadamente pesimista. Perfecta.

Delitos y faltas de Woody Allen (1989). Dostoievski entra en el particular universo de Allen y esto le sirve al grandísimo cineasta para meditar con humor, profundidad, sarcasmo e inteligente ironía acerca de la responsabilidad y al culpa, del crimen y su castigo, realizando además un retrato poderoso y vitriólico de una sociedad asediada por la ambición y el vacío. De este autor prolífico y genial puede alabarse o criticarse casi cualquier cosa, pero de lo que no hay duda es de que cuenta en su haber con un buen puñado de obras maestras. Ésta es una de ellas.

La Obsesión de Roger Corman (1962). ¿Quién no se ha sentido alguna vez angustiado frente a la imagen de verse a sí mismo enterrado... y vivo? Corman, acompañado por un magnífico Ray Milland, se sumerge en el universo de Allan Poe y escarba con saña en esa fijación para ir poco a poco ampliando el ángulo hasta ofrecer una panorámica completa sobre el  horror que habita dentro del corazón humano aparentemente más puro. Angustia, neurosis, compulsiones, engaños, ataúdes, criptas y mucha mucha niebla. Ejemplar.

Alta tensión de Alexandre Aja (2003). De acuerdo, no es una obra maestra, pero nadie puede negarme que la primera hora de esta cinta es como para tensar los nervios hasta unos límites difícilmente soportables. El último tour de force desluce un poco el conjunto, pero a esas alturas, y tras haberle clavado las uñas a tu acompañante en el cine, ¿a quién le importa? Un puñetazo en el estómago que conviene aguantar con la respiración contenida.

El hombre que pudo reinar de John Huston (1975). Aventuras y elegía profunda se dan la mano en esta trepidante y monumental cinta del iconoclasta Huston. Michael Caine y Sean Connery nos harán revivir el espíritu de conquista para así mostrarnos mejor toda la grandeza trágica que esconde la deflagración de los sueños utópicos. Otra de esas perlas que nos llevaríamos a una isla desierta pero con instalación eléctrica y aparato reproductor ajeno y metálico. Suena bien.

El mundo en sus manos de Raoul Walsh (1952). Ya no se hacen películas tan auténticas, tan magníficas, dentro del maravilloso género de aventuras, así, a secas. Tal vez "Master & Commander" en los últimos tiempos y pare usted de contar. Diálogos afilados, personajes entrañables, réplicas ingeniosas, persecuciones marítimas, romance, lealtad, engaño y honor... uf, cuesta no caer rendido a los pies de una joya semejante. Un clásico imperecedero y además divertido. Gregory Peck y Anthony Quinn están inmensos. ¡Voto a bríos!

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Fecha de publicación: 2009-11-02 06:11:57, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1001 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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