Cine transformado en arte
En su quinto filme, Terrence Malick filma su obra más personal y radical con una fábula sobre el dolor, la búsqueda del significado vida y el perdón e indaga a través de la infancia y los valores familiares en cuestiones fundamentales que van desde la creación del cosmos hasta la muerte.
 
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
¿Cuando alababan todas las estrellas del alba y se regocijaban todos los hijos de Dios?
(Job 38:4, 7)
 
El cine de Malick es diferente. Tanto, como su enigmática figura dentro del ‘establishment’ de Hollywood. O al menos, así lo ha venido demostrando a largo de su carrera. Cinco filmes en casi cuatro décadas como cineasta. Iconoclasta, ajeno al marasmo promocional y publicitario, esquivo y casi fantasmal con la prensa, Malick aparca su fama de misántropo para seguir urdiendo su leyenda en su particular camino por conseguir la alquimia cinematográfica. ‘El árbol de la vida’ es su último milagro, el desafío de ese constante progreso personal y artístico que se define por un universo sensorial particular que deviene en la exploración de la profundidad del lenguaje, con un cine estimulante de estructura fragmentaria.
 
 
El cine de Malick no es convencional. Su narrativa puede llegar a parecer desconcertante, justificado en elipsis e imagen confluidas con voces en Off que formulan cuestiones alejadas de lo enraizado al prototipo. Su cine es radical, alejado del relato tradicional, en los contornos de una concepción poética del relato complejo, que desentierra el arte hacia un cine de sensaciones que rehúye a la lógica, al orden, a las normas, para florecer en imágenes que provoquen en el espectador diversas interpretaciones. Su densidad abrumante no es apta para todos los públicos, provocando con ello una filtración a la accesibilidad de su filosofía discursiva, en este caso a través de una odisea temporal y transgresora que armoniza la memoria de una familia instaurada a finales de los años cincuenta, puntuada en los recuerdos infantiles de un hombre sumido en el vacío existencial y una solemne deliberación visual sobre los orígenes de la Tierra. Con estos mimbres, Malick teje su cinta más ambiciosa, más arriesgada y autobiográfica. La película con una muerte, la de uno de los hermanos de la familia O’Brien, abre con una pregunta: ¿cuál es el sentido de la pérdida de alguien contextualizado dentro de la eternidad?
 
 
Desde ese momento, se produce en el filme una fuerza retrospectiva, como un caudal caleidoscópico de imágenes sobre el origen del mundo con una concepción panteísta acerca de la pequeñez del ser humano ante toda la genealogía de la vida; la muerte y la destrucción contrapuestos a la subsistencia y la regeneración mediante los ciclos temporales, la extinción, la evolución de las especies examinados con imágenes de planetas, atmósferas galácticas, nebulosas, asteroides amenazantes, la constante lucha del Sol como eje de la vida, el agua como elemento de vida y muerte… y el germen natalicio del absoluto. En su percepción y metraje, esta bella exposición, que puede resultar innecesariamente extendida, es la lógica consecuencia de la voluntad del cineasta por elucidar la recapitulación sobre nuestra propia existencia, donde el ser humano es concebido por como parte de un Todo que a su vez sólo subsistiría como culminación de sí mismo dentro de la propia naturaleza.
Ese profundo vínculo de la naturaleza y ser humano, de su hábitat, de la evolución y creación de mitos, del existencialismo teológico, parece decirnos Malick, es como una condición ‘sine qua non’, por eso su designio para trazar el drama familiar explora el génesis, la prehistoria, ignorando lo fugaz y lo visible para sumergirse en la idea de su objetivo por transmitir el carácter atávico de la esencia humana. Con un aferramiento hipnótico por dibujar una agitación visual llevada al extremo sirve para capitular los rasgos vitales de una persona y analizarlo en conjunto con todo lo demás, la pauta para exponer la particular historia sobre el sesgo que supone el abandono de la niñez en la felicidad de un niño (Hunter McCracken) enfrentado a los condicionamientos de la vida familiar y su experiencia vital dentro de este contexto. Malick imprime con contundencia la configuración de un espíritu que le permite establecerse en un ámbito trascendental, situado más allá de los límites de los sentidos, donde inquiere en la pregunta sobre una energía vital, creadora de vida, sin afirmar ni negar la existencia divina.
 
 
‘El árbol de la vida’ es una cinta sobre el dolor y la búsqueda de la vida, pero también lo es sobre el perdón, visualizando su origen en ese dinosaurio que condona la vida de otro más débil en un momento de piedad. Observamos fragmentos de la vida de un hombre en la actualidad que, aparentemente tiene todo, pero que se cuestiona su propia existencia alejado de lo espiritual y olvidando los sentimientos que despertó su infancia, a su familia, acudiendo al dolor de aquél hermano (Laramie Eppler) al que un día envidió para recobrar su humanidad y entender su amor por él. La historia se centra así en el viaje iniciático que rehúsa de formulismos, que ahonda en las percepciones infantiles como nadie antes lo había hecho. A Malick le interesa concebir recuerdos, fragmentos de una intrahistoria, retazos inconexos de sensaciones, incluso de miedos (como esa buhardilla con una luminosa inquietante ventana) fugaces y alegóricos. Es la mirada de añoranza hacia esa familia que vive apaciblemente en una zona suburbial, a la actividad infantil de tres hermanos capitaneados por el mayor, con su perspectiva vital hacia el mundo que le rodea.
Por un lado, está la figura paterna (Brad Pitt), un hombre recto y arisco que impone la disciplina y exige la capacidad de autodefenderse, que provoca en el crío un sentimiento de culpabilidad por no poder alcanzar los requerimientos de su padre. Malick diserta en el camino sobre la estricta educación y sus consecuencias avocadas a la confusión y al sentimiento de ira y venganza más allá del amor, localizado en el otro foco incandescente y figura antagónica del padre. Se trata de esa madre etérea y pálida (Jessica Chastain), de rostro angelical, siempre custodiando el bienestar de sus tres hijos, que levanta la admiración por su intención de inculcarles que la única manera de alcanzar la felicidad es amar. Padre naturaleza y Madre divinidad dibujan dos vías; la de un drama familiar y la de un drama divino. Por eso, cuando el padre desaparece un tiempo obligado por el trabajo, los hermanos se claudican al libre albedrío, encontrando una edípica felicidad. Cuando afloran los sentimientos de celos y envidia hacia su hermano mediano, que llega a recordar a Caín y Abel y la madurez comienza a regir la conciencia de un niño que entiende la conexión con el mundo que le rodea, concebida por Malick con un volcán de sentimientos, de miradas, de gestos, de planos memorables que regalan exquisitas imágenes a la vista.
 
 
El mundo actual no parece agradar mucho a Malick. Para él, como para ese hermano mayor (Sean Penn), ya en la actualidad, sumido en la rutina de un trabajo que le consume, como un arquitecto moderno en Houston, un ‘creador’ de rascacielos que baga asolado por la tristeza en las oficinas de enormes edificios, la verdad de la existencia persiste en el pasado, fuente de respuestas donde encontrar el porqué de las expectativas y de los ideales se van consumiendo en la fárrago de una existencia en la que se cuestiona el sentido de la vida. Ése hombre comprende, desde el pasado, la frustración de un padre que se siente fracasado y que no quiere que su hijo siga su camino, el amor por su hermano y el exterminio de los celos por la protección debida o la comprensión de la tierna devoción de una madre entregada. Es la forma que tiene Malick de razonar la ineludible necesidad del ser humano por encontrar su lugar y su sentido dentro del vasto universo a través de un hombre que se cuestiona preguntas sobre la vida y la fe que atraviesa el umbral de una puerta en el desierto (que bien podría ser la propia muerte) para encontrar la redención a sus errores y terminar siendo perdonado en su intención de encontrar respuestas sobre su pasado y la clave en su autoanálisis, como esa vida que ha pasado fugazmente un instante antes de acabarse.
 
‘El árbol de la vida’ es la película más espiritual e íntima de Malick, dolorosamente romántica que sublima su iconografía minimalista en complicidad con el fotógrafo Emmanuel Lubezki, con imágenes simbólicas, llenas de sentimiento y visualidad a la hora de declinar la materialidad obsesiva y especular sobre la confrontación dicotómica y abstracta entre la divinidad y la naturaleza. Una obra poética capaz de hacer sentir instantes, fragmentos de vida con todo lujo de detalle, sumida en la esencialidad percibida como arte indescifrable y fascinante que magnifica la destreza como director de Malick al captar el intimismo con el que se cuestiona sobre la vida y la muerte alejado del dramatismo, moviendo geométricamente la cámara en su astuto empeño de captar estremecimientos y percepciones, abriendo nuevas vías visuales sin caer en exceso en cierta grandilocuencia y algo de deslumbramiento ensayístico, necesarios para evocar el sugerente lirismo para metaforizar la raíz del cine en el poder de la imagen con la fuerza rapsódica con acompañamiento coral y orquestal de la música de Brahms, Gorecki, Smetana, Berlioz, Couperin, Mahler y Bach y completarla con las partituras de Alexandre Desplat. Es la manera que tiene de tantear nuevas formas de ver la verdad y la belleza, en la vida o en el cine, que responde a un profundo distintivo artístico, que corrobora la idea perdida de que el cine también puede ser arte categórico.
 
Para Malick, la cognición del amor y del perdón viene implícito en la vida y logra de este modo que lo tradicional resulte infrecuente y la amenaza planetaria sugiera sosiego en un final de ensimismamiento ‘new age’ que desprende ínfulas sensoriales. Es cierto que, en cierto modo, sucumbe parcialmente a un artificioso término místico, abriendo la puerta al escarceo con el entendimiento divino y la abstracción llevada a entender la muerte y asumir la esperanza de un reencuentro, pero es parte fundamental para entender la comprensión de la culpa del pasado y la expiación de aquellos sentimientos arraigados a los recuerdos de una infancia. ‘El árbol de la vida’ ofrece una epifanía que responde a las palabras de Shrii Shrii Anandamurti: “cuanto más concibe y percibe el artista su parentesco con Dios, mayor elevación alcanzará su arte”, que es el atributo que define la ambición epopéyica que posee una película que tributa al espectador con dosis de cine con mayúsculas. ‘El árbol de la vida’ es una experiencia total.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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El árbol de la vida (The tree of Life), de Terrence Malick
Fecha de publicación: 2011-10-31 12:10:38, por Miguel A. Refoyo   (visto: 1620 veces)   (a 4 personas les ha parecido interesante)
Fuente: http://refoworld.blogspot.com/2011/09/review-el-arbol-de-la-vida-tree-of-life.html

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