A veces se produce un doble milagro dentro del mundo de la creación: algo que parecía imposible cobra visos de realidad, y la idea así proyectada acaba concretándose perfectamente en el seno de un determinado ámbito artístico. Son esos casos en que solemos afirmar sin vacilación alguna que nos hallamos frente a una obra de arte irrepetible, esencial, porque no podemos imaginarla diferente.

Para José Luis Garci fue este un proyecto muy especial, y difícil, pues muy pocos o casi nadie creía de verdad en la posibilidad real de que esa idea fuera realizable y fructífera. Pero lo fue, y de qué forma tan admirable, pues el director, que había leído emocionado la obrita teatral del tándem compuesto por la pareja Martínez Sierra-Lejárraga (ya se sabe que María era la auténtica autora de muchos textos atribuidos a su marido, al que sin embargo hay que seguir reconociéndole su talento en temas escenográficos y temáticos), y al haberse sentido realmente subyugado por la intensidad emocional que surcaba un texto tan aparentemente leve desde el punto de vista argumental, decidió materializar su idea a pesar de todas las reservas  con que colaboradores y amigos solían responderle cuando les comentaba su inquebrantable decisión, incluido el propio Alfredo Landa que le aconsejó no seguir adelante. Haber aceptado esos consejos hubiera sido, en efecto, un craso error. Precisamente Landa, sin duda uno de los actores más grandes e internacionales de nuestro cine, estaba convencido de que Garci guardaría su particular as de guión en la manga al contemplar la aparente endeblez de la trama, un grupo de monjas que junto con el médico que con asiduidad visita el convento de clausura para atenderlas, y que es también canal de comunicación del grupo de mujeres con el mundo exterior, deciden adoptar y criar una expósita asumiendo decididamente toda la enorme responsabilidad que ello conlleva, para finalmente experimentar el dolor de la separación cuando la joven contraiga matrimonio y emigre a tierras extranjeras. Pero las armas de Garci son otras.

Amén de las metáforas y componentes indudablemente simbólicos repartidos con sumo cuidado a lo largo del metraje, cuenta con dos bazas incontestables: precisión milimétrica en la puesta en escena, a veces de una complejidad enorme, y creación de una atmósfera muy especial, silenciosa, envolvente, habitada por mágicos contrastes de luces y sombras, que sirve de perfecto ambiente para que las calladas pero intensísimas emociones de los personajes cobren vida y se desarrollen con una veracidad apabullante. En este sentido, es difícil encontrar un momento más fulgurante y dolorosamente  bello que el protagonizado por la Madre Teresa (magnífica Fiorella Faltoyano) y Don José (maravilloso Alfredo Landa) cuando entrelazan sus manos a través de la reja que los separa, momento sublime que es al mismo tiempo reconocida declaración de amistad profunda y asunción melancólica de la inminente separación radical que operará la muerte. Garci es uno de nuestros grandes realizadores, maestro con una filmografía plagada de extraordinarios títulos que cuentan con reconocimiento internacional de crítica y público, amén de cinéfilo empedernido y cultísimo que usa su vasto conocimiento literario para extraer todo el  jugo posible al material con el que trabaja en cada momento desde un punto de vista esencialmente cinematográfico. Y exceptuando alguna obra desestimable presente en cualquier cineasta de altura que se precie, casi siempre logra sus objetivos y filma obras inolvidables. Esta lo es.

Robert Redford, que también es un hombre de cine muy inteligente, aceptó la recomendación de Arthur Penn y la fichó inmediatamente para Sundance. Cuando Garci, algo atónito por haber sido seleccionado en un festival junto a realizadores situados en las antípodas de su cine, le confesó su sorpresa, el norteamericano  hizo gala de una confianza completa en la película y le emplazó para analizar la reacción del público tras su proyección, unos espectadores que en su mayoría eran chicos y chicas muy jóvenes. El éxito fue total, los últimos veinte minutos estalló la emoción y el llanto dentro de la sala era perfectamente audible, concluyendo con una ovación entregada y unánime. El gran cine había vuelto a obrar el milagro de la comunicación emocional más allá de tiempos, espacios, lenguajes y culturas, sin más ingredientes que los proporcionados por la pasión irrefrenable de narrar una historia habitada por sentimientos humanos de alcance indudablemente universal. Ahora es el momento de volverla a disfrutar una y otra vez al haberse publicado por primera vez en DVD en una edición especial para coleccionistas con 80 minutos de material extra. Una obra maestra imprescindible.

Autor: Adrián Martínez Buleo

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CANCIÓN DE CUNA
Fecha de publicación: 2011-01-12 03:01:26, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1890 veces)   (a 9 personas les ha parecido interesante)
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