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Fecha de publicación: 26/03/2004 09:00:00

Big Fish


Big Fish
El reencuentro con la fantasía ‘Big Fish’ supone la vuelta de Tim Burton al mundo fantástico y estético que había relegado en su deslucida y superflua nueva versión  de ‘El planeta de los Simios’. La carrera de Tim Burton, consolidado como uno de los creadores más omniscientes del cine moderno debido, en gran parte, a su involuntaria designación de emblema del cine neobarroco, supone una suerte de fantasía surreal donde la estética desinhibida es su forma de entender y construir la cultura norteamericana contemporánea. La excentricidad de sus historias y personajes ‘outsiders’, el exceso mágico de su reivindicación artesanal en su afán por evocar subgéneros y su asombroso logro de transitar y mezclar diversas influencias genéricas como el cómic, la literatura gótica, los cuentos de hadas, la fantasía, el terror y la animación le han convertido en un director extravagante e inadaptado a las consignas impuestas por la maquinaria hollywoodiense. De su infantil y posmoderna imaginación han salido obras de culto como ‘Bitelchús’, ‘Eduardo Manostijera’, ‘Ed Wood’ o ‘Sleppy Hollow’, exhibiciones de un particular catálogo de sorprendente y fiel estilo roto por ese incomprensible y fallido ‘remake’ de ‘El planeta de los Simios’ que dejó entrever una mutación impugnativa a un cambio que le costó la mala crítica y el miedo a que su cine sustituyera su imaginación por erróneas nuevas formas experimentalmente comerciales. 

‘Big Fish’, adaptación de la novela homónima de Daniel Wallace ‘Big Fish, A Story of Mythic Proportions’, es el reencuentro con el mágico universo de Tim Burton como concepción del cine y fantasía, unidos esta vez en la historia que aborda la relación paternofilial entre Edward Bloom, un cuentacuentos a punto de morir y su hijo Will, quien trata de descubrir qué se esconde detrás de su fabulista  progenitor a través de las distintas historias de la sobredimensionada vida y su juventud contadas a lo largo de su vida. A partir del deseo de su madre Sandra por reunir al padre con el desencantado vástago, Will comienza a comprender la debacle de su antecesor y a entender su fabulación utilizada como fuente de esperanza. En sus relatos hay viajes alrededor del mundo y ensueños que incluyen gigantes, pueblos encantados, exóticos circos y terroríficas brujas adivinas. Así, Will deberá aprender cómo separar la realidad de la ficción mientras aprende a aceptar tanto los logros como los fracasos de su padre. Una fábula, en su fondo dramática, que si bien no responde a los patrones genéricos de la carrera de Burton sí encaja en su particular evolución hacia historias donde la magia y la fabulación inviten al cineasta de culto a desplegar nuevamente su desbordante fantasía visual, característica primordial sobre la que se sostiene su reputada fama como fabricante de sueños.

 

Con esta premisa comienza ‘Big Fish’, una irregular pero hermosa película que podría interpretarse como una reformulación del cuento de Borges ‘Animales de los espejos’, donde los sueños, deseos y miedos del hombre se aúnan en un mundo de fantasía y realidad donde un pez mitológico es la clave de esta interacción. Sobre esa base de zoología fantástica se inicia una leyenda planteada como una oda a la libertad y a la imaginación en la cual el espíritu libre y creador es visto como un auténtico privilegio vital impregnado de optimismo y esperanza, de creación imaginativa que debe y tiene que ser heredada para no perder la ilusión en el mundo, significada en un pez incapturable que respira en un hombre y que es la metáfora ideal de la autonomía de aquellos a los que la ambición les lleva lejos de su lugar, empequeñecido por la avidez de aventuras y que terminan, inexorablemente, regresando a casa.    

 

Tal vez lo más insólito de la cinta, lo que más extrañe de ‘Big Fish’, es el alejamiento del sórdido enfoque gótico al más puro estilo Edward Gorey al que el cineasta nos tenía acostumbrados. Porque esta nueva ilusión imaginativa y fabulista es más adyacente a los propósitos visuales cromáticos de ‘La gran aventura de Pee Wee’ que a los oscuros viajes a Gotham City o a ‘Sleepy Hollow’. Una recuperada percepción plástica para desglosar su particular universo objetual de belleza propugnada en el diseño y puesta en escena bajo un entorno visual mucho más naturalista. Una belleza que en manos del director de fotografía Phillipe Rousselot proyecta un itinerario sensorial definido en las bases de Matisse y más cercano al Disney de sus raíces que al oscurantismo del ilustrador Denslow o los grabados de Doré utilizados para sus filmes más sombríos. Quizá una de las carencias del rehabilitado mundo colorista y animado de Burton sea precisamente la nostalgia de una poética más oscura, delimitada aquí a los mejores momentos de la cinta (como el descubrimiento de la bruja, la separación en el camino del gigante Karl o la tormenta que anega una región y sumerge un coche en su fondo). Aún así, la historia de realidad y ficción es ideal para que Burton no deje de lado ese estilo ‘féeries’ de exquisito barroco, difuminando en los descriptivos fotogramas de ‘Big Fish’ su clara apuesta por la aventura fantástica. Por eso no sólo hay que ver esta desbordante obra como un tributo de ilusoria narración épica, sino también como una nueva invitación, esta vez de forma colorista y lenitiva, a un cuento cimentado en la clave del cine de Burton (sin el acostumbrado fondo sujeto a la forma): una sorprendente reflexión acerca de lo que mueve la personalidad y la condición humana, con la naturaleza de la heterogeneidad de aquél que es diferente, con el eterno ‘freak’ que ha popularizado su cosmos visual y cinematográfico. El director vuelve así a destacar como hacedor de mundos y submundos habitados por personajes increíbles y esperpénticos, propios de una imaginación nigromante e incomparable.

 

‘Big Fish’ es además, en su interior, una apología sobre los buenos sentimientos y el amor eterno (aludido en la sirena esquiva que aguarda los momentos claves) en su estado más emocional. La cotidianidad de la relación del padre e hijo, melodramática por momentos (a veces en exceso), recuerdan a la mejor tradición de la ficción yanqui en su representación más clásica, en la que los cuentos son transmitidos por generaciones posteriormente realzados como ecos edulcorados. Tim Burton juega con el tono entrañable para embellecer su introspección a lo que hay de verdad en lo imaginado y cuánto aportan los sueños a quienes saben vivir en ellos. De esta manera, ‘Big Fish’ demuestra la insistencia de su director por abrir los ojos en la equívoca búsqueda de la verdad de los hechos que impide el descubrimiento de la verdad emocional. La concepción de veracidad y realidad es suplantada por una percepción personal y novelera que encubre tras ella el mundo ordinario y perceptiblemente aburrido que envuelve al hombre. A través de la incredulidad del hijo frente al mundo imaginario del padre, Burton esta haciendo un panegírico a favor de la imaginación, donde el espectador cae irremediablemente rendido a la identificación, siendo partícipe de un mundo irreal, donde lo que fue y lo que se narra encuentran un punto común en el que todo parece posible. La verdadera vida para Burton está en la ficción. Y en ese difícil terreno es donde realiza la mayor gesta de ‘Big Fish’. Y es intercalar la función principal del cine como arte, en un equilibrio donde el cometido es hacer soñar al público con un mundo y una vida mejor.

 

‘Big Fish’ es un regalo que lleva al público a evocar aquellas historias que se conjeturan o se escuchan y perduran como propias en el recuerdo. Historias que se saben inventadas, pero que suponen el reencuentro con la fantasía, el alimento infantil que hace mantener la ilusión. Un regalo que nos devuelve al esperado Tim Burton fabulador que logra mediante una aventura irrepetible el encuentro consigo mismo. Hay que resaltar un ajustado reparto encabezado por Ewan McGregor y Albert Finney en el mismo papel de cuentacuentos, Jessica Lange y el ‘soseras’ Billy Cudrup que plantean algunos momentos de destellos interpretativos, aunque pasen desapercibidos ante el barroquismo de la puesta en escena y de la siempre cómplice ayuda de las notas compuestas por el genio de Danny Elfman que aporta con su partitura la dosis necesaria de fascinación para que ‘Big fish’ se convierta en una sugerente y mágica película definida en un hermoso final de belleza eterna (incluido su epílogo), lleno de signos filosóficos socráticos, aludiendo a la muerte del padre como la última y más expiatoria experiencia de una vida envidiable. Ya que, después de todo, Burton ejemplifica mediante la imaginación del hijo una muerte imaginada. Nada más y nada menos que sumergirse en el río que le conduzca nuevamente al lugar de donde vino: su propia fantasía.  

Miguel Á. Refoyo © 2004





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