Sidney Lumet. Un cineasta octo(le)gen(d)ario en plena forma artística. Últimamente venimos asistiendo a un fenómeno ciertamente interesante protagonizado por viejas glorias en la difícil tarea -para unos más que para otros- de filmar, y de filmar haciéndolo realmente bien. Miradas con memoria, con una sabiduría asentada en toda una experiencia vital rica y productiva, marcadas por la creatividad y el riesgo, que destilan clasicismo bien entendido, ese de cuyas enseñanzas pueden extraerse lecturas que arrojan nuevas iluminaciones interpretativas sobre las opacidades del presente.

Pues bien, el gran Lumet lo ha conseguido. Ha firmado una de las mejores películas de los últimos años, y no exagero en absoluto al sostener tal afirmación.

Con la apariencia inicial de un thriller policiaco, Lumet nos presenta en realidad un (melo)drama familiar oscuro y sombrío, sobre la base de personajes bien delimitados y una complejidad psicológica creciente, que termina perfilando un cuadro trágico, de poderosas resonancias simbólicas, con infinidad de pinceladas psicoanalíticas, y sin dejar nunca de lado una visión ácida y convencidamente pesimista (léase realista) acerca de los mecanismos sociales responsables de la perversa cultura del éxito y el fracaso que nos avasalla, corroe y fagocita. Porque son precisamente esos disparadores socialmente opresivos (poder, ambición, imagen como identidad, dinero como problema que reclama más pecunia como inútil solución, etc.) los que ponen en marcha toda una dinámica que hasta ese instante había permanecido latente y, por ende, de marcado carácter autodestructivo.

Lumet utiliza el montaje de forma prodigiosa para dar mayor tensión y ritmo a una narrativa visual in crescendo que gira en espiral hacia un desenlace tan brutal como necesario. La fragmentación del discurso ayuda precisamente a esa construcción concéntrica y además le permite ir puliendo detalles que ayudan a componer una visión poliédrica y nada complaciente de la condición humana. Todo se desarrolla con una naturalidad desconcertante porque el guión sabe desplegar con precisión e inteligencia dos niveles discursivos que se encabalgan y determinan mutuamente. Así, tras los actos racionalizadores y en apariencia poco comprensibles de los personajes principales surge por debajo una nueva plataforma de sentido que construye alrededor de aquellos toda una red de complejos y motivaciones que a la postre nos darán la clave de las decisiones que haya ido tomando cada uno de ellos y los tortuosos caminos que también les han conducido a ese punto ciego y sin alguna posibilidad de retorno. Y ahí, en uno de los finales más estremecedores que hayamos contemplado dentro de una pantalla de cine, se edifica una voluntad de afán crítico y demoledor con una institución, la familiar, asentada no pocas veces en violencias psicológicas tan permanentes como inconfesables. Las vidas de dos hermanos alcanzadas por la ominosa sombra de un Padre normal, corriente, regentador de un negocio para cuya sucesión quiso preparar al hijo mayor (Andy, prodigioso como ya viene siendo habitual Philip Seymour Hoffman), olvidándose sin embargo de la atención afectiva necesaria que éste le reclamaba y necesitaba para entregársela en cambio, con actitud sobreprotectora, al menor (Hank, un desconocido, por excelente, Ethan Hawke), ser débil y frágil, apocado y pusilánime, con una hija que le demanda muestras de estabilidad y que vive separado de su mujer atravesando por serias dificultades económicas. Andy, también en situación personal crítica, agobiado por la proximidad de la auditoría empresarial que acabará descubriendo sus fraudes contables e incapaz de satisfacer sexual y afectivamente a (ni de ser satisfecho por) una mujer (correcta Marisa Tomei) sensual, "decorativa", que le es infiel con Hank; Andy, como digo, se propone solucionar de un plumazo todos sus problemas mediante el atraco al negocio familiar, una joyería, implicando para fraguar el golpe a su propio hermano. El resultado, como ya habréis supuesto, será desastroso. Pero lo importante no es tanto la consecuencia catastrófica del acto, que también, sino las motivaciones ocultas que vamos poco a poco descubriendo y engarzando en la biografía de este personaje trágico: ¿Por qué elige atracar precisamente el negocio de los padres? ¿Por qué decide implicar al hermano y convencerle para que sea él el que físicamente cometa el robo? Las racionalizaciones funcionan a un nivel mientras que la tormenta interior comienza a cobrar fuerza a partir de un insight fatalista que Andy tiene en la casa del camello que le proporciona una tan habitual como estéril vía de escape, percibiéndose en un momento crucial del filme como poseedor de un yo fragmentado, hecho añicos, reflejo exacto de la desestructuración que también percibe en el exterior, de nuevo en círculos de complejidad creciente no solamente en la esfera más espacial, física o tangible (relación con su mujer, familia propia, círculo laboral, amistades, sociedad, etc.) sino también en la menos definible y más incierta temporal. Y será ahí, en una conversación dura y reveladora con la figura paterna (grande Albert Finney) y en la posterior descarga emocional sin real efecto catártico provocada por el mensaje (auténtico fuego) cruzado, cuando se nos descubra la violenta ambivalencia con que ambas figuras, padre e hijo, vivencian los poderosos afectos que les atenazan. ¿Cómo puede un Padre lograr el perdón por haber provocado, aunque de manera involuntaria, una sensación de insuficiencia respecto a la masiva proyección de expectativas sobre su vástago? ¿Cómo puede un hijo encontrar consuelo definitivo en unas palabras pronunciadas cuando el niño que ya no es, pero que lleva dentro y le determina (como a todos nos ocurre en mayor o menor medida), no es capaz de aceptarlas sin resentimiento tal y como sí hubiera podido hacer de haberlas recibido en el momento adecuado? El efecto conseguido es ahora perverso y precipita irremediablemente la tragedia que ya se anunciaba desde el comienzo de la historia. La verdad aparece cruda y  descarnada, como una piedra fría con la que golpearse la cabeza hasta hacer brotar cubiertos de sangre los pensamientos más inaccesibles. La visión del propio ser demacrado y derrotado conllevará la pulsión de aniquilarlo (para aniquilarse), al tiempo que el Padre ignorará el reclamo paralizador del ángel, obedeciendo el cruel mandato simbólico del gran Otro y llevando a término el funesto sacrificio que acabará con la vida de su propio hijo. Como un enloquecido Abraham que, en una doble operación imaginaria, se vengara doblemente, hundiendo el cuchillo para asestar un golpe mortal contra ese destino que le ha llevado a multiplicarse e incubar su propia destrucción, y logrando aniquilar a ese Edipo victimizado que le ha desposeído de su oscuro objeto de deseo, precipitándose en el abismo blanco de una muerte sin atisbos de salvación o sentido. Una lechosidad nihilista que también me hace pensar en otro memorable final, el de la enorme película titulada "El creyente", donde el personaje principal interpretado por Ryan Gosling pasa a la "otra escena" y allí, mientras sube y sube la misma escalera una y otra vez, se le hará referencia a la hipótesis que de niño sostuvo frente a la doctrina religiosa que trataban de implantarle de forma dogmática: Isaac fue asesinado por Abraham pero resucitó en el mundo futuro. Tal vez para vengarse o quizá para repetir la historia en un eterno retorno de lo mismo.

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ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO
Fecha de publicación: 2008-06-12 07:06:25, por Adrián Martínez Buleo   (visto: 1870 veces)   (a 5 personas les ha parecido interesante)
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