Hace algún tiempo una amiga me envió un chiste a mi correo electrónico que, por las razones que sean, he mantenido en la memoria. El chiste dice así: había un hombre con una fe ciega en Dios. Pese a que su vida era un caos, él explicaba a sus amigos que todo cambiaría debido a que Dios cuidaría de él. Un día, la ciudad en la que habitaba sufrió unas inundaciones terribles. Mientras los vecinos hicieron las maletas y se marcharon veloces con sus pertenencias, aquel hombre permaneció en su domicilio esperando a que Dios le salvara. El agua empezó a colarse a través de puertas y ventanas. Entonces pasó junto a la casa un camión de bomberos y los encargados del rescate le gritaron:
–Vamos. ¡No puede quedarse ahí!
–No –les respondió–. ¡Dios cuidará de mí!
El agua llegó enseguida hasta la altura de la cintura y las calles se convirtieron en ríos. Un barco guardacostas se acercó a la vivienda de aquel hombre. La tripulación le gritó.
–¡Nade y suba a bordo!
–No –respondió el hombre– Dios cuidará de mí.
Siguió lloviendo y su casa se inundó completamente. Sobrevoló un helicóptero por encima de la vivienda y el piloto vislumbró al hombre rezando en el tejado. El piloto hizo descender la escalera y habló por el altavoz:
–¡Usted, el de abajo, agárrese a la escalera y podremos salvarle!
Una vez más el hombre reafirmó su convicción:
–¡Dios cuidará de mí!
Finalmente el hombre se ahogó.
Llegó a las puertas del cielo sintiéndose más traicionado que nunca.
–Dios –dijo–, he depositado en ti toda mi fe y he rezado para que me rescataras. Me dijiste que siempre cuidarías de mí, y cuando más te necesité no estuviste a mi lado.
–¿Qué quieres decir? –le preguntó Dios–. Te envié un camión de bomberos, un barco y un helicóptero. ¿Qué más querías?
Esta historia, que he vuelto a ver reproducida en el libro Los Buscadores de Luz, de Debbie Ford, refleja una actitud muy habitual en la gente que se percibe a sí misma como víctima: la pasividad. “La oración sin acción no es oración. Es soñar”, mantiene la autora, y se pregunta: “¿Cómo puede ayudarnos Dios si no nos ayudamos a nosotros mismos?”. Estas personas albergan la creencia de que lograrían la felicidad si su pareja fuera distinta, si los hijos cumpliesen con sus expectativas, si tuvieran una casa tan encantadora como la de los vecinos, si su jefe se trasladara a otra oficina, si su madre entrara en razón de una vez por todas... Cualquier cosa puede llenar su armamento de quejas y dispararlas a bocajarro al primero que se les ponga por delante. Sin embargo, al mismo tiempo, se sienten indefensos, prisioneros de un destino cruel, inmutable, del que no pueden escapar y les obliga a sufrir eternamente.
En consecuencia, detrás de su crispante actitud hay dolor, un dolor antiguo que ha cristalizado en rencor, por lo que se quedan congelados y no son capaces de avanzar al ritmo tibio que marca la vida.
Esta parálisis les crea inseguridad, y no se atreven a dar ni un solo paso por miedo a desplomarse. Aunque el dolor en sí mismo no es malo, sí lo es quedarse encallado en él sin hacer nada para liberarlo. De hecho, cuando resolvemos seguir adelante pese a las dificultades, el sufrimiento nos conduce a una transformación profunda como personas.
Pero romper los patrones del victimismo supone una tarea muy difícil, y también muy dolorosa. La complicación estriba en que debemos conectar con una parte de nosotros que hemos enterrado en lo más profundo de nuestro inconsciente. Allí se encuentra un niño frágil, que en algún momento se sintió traicionado y que demanda nuestra atención con la esperanza de sanar sus viejas heridas. Esta labor tan íntima y delicada nos corresponde hacerla a cada persona individualmente. “Buscamos la seguridad en otros, cuando la clave para dejar de ser una víctima del miedo es tener confianza en nosotros mismos”, afirma Louis Proto, autor del libro Acaba con el Complejo de Víctima. De hecho, en el instante en que decidimos ser los responsables de lo que ocurre en nuestra vida dejamos de ser un pelele zarandeado a la buena de Dios, y nos convertimos en los creadores de nuestro propio destino.
Por eso, quedarnos quietos, esperando a que el mismísimo Padre Celestial nos agarre de la mano y nos deposite en el paraíso, significa desaprovechar nuestra estancia en la Tierra. Con los ojos llenos de envidia, vemos cómo los otros se atreven a asumir riesgos y a participar en el juego de la vida. Entonces comprendemos que la decisión más valiente que podemos tomar es la de abandonar nuestra posición de víctima y elegir uno de los muchos caminos que se abren a nuestra mirada. “Una vez que te decides a asumir el mando de tu vida, te das cuenta de todo el apoyo que existe a tu alrededor y cuántos compañeros potenciales hay que están dispuestos a compartir contigo el Juego de la Energía”, determina el psicólogo Louis Proto.
Esto nos recuerda que no estamos solos, y que otras personas pueden acompañarnos en nuestro viaje de trasformación. Su presencia supone un apoyo muy importante, parecido al que debimos experimentar en la infancia cuando aprendimos a montar en bicicleta. Llenos de paciencia, los mayores invirtieron parte de su tiempo en enseñarnos a mantener el equilibrio. Pese a nuestras frecuentes caídas, nos alentaron a que siguiéramos practicando. Para facilitarnos el trabajo, al principio nos instalaron unas ruedas pequeñas que nos proporcionaban seguridad, y que nos retiraron una vez hubimos alcanzado la necesaria confianza. Al final aprendimos a pedalear sin ayuda, y entonces un nueva realidad se reveló ante nosotros. Era fantástico: nos sentíamos autónomos, independientes, felices... Los que hemos aprendido a montar en bicicleta, conocemos la diferencia abismal entre conducir nosotros mismos el vehículo, o que sea otro quien nos lleve en el sillín de atrás.
En este sentido, las relaciones sentimentales inmaduras suelen convertirse en un caldo de cultivo que alimenta el victimismo. Cuando un miembro de la pareja se percibe como indefenso y deja que el otro decida por él, luego reacciona con violencia ante la rabia que le genera sentirse dependiente y a merced de los caprichos del compañero.
Ésta es una razón de peso por la que resulta vital que nos convirtamos en los pilotos de nuestra vida. De este modo podremos decidir qué dirección tomamos y a qué ritmo queremos avanzar sin someternos a la voluntad de nadie. Pero si preferimos ahorrarnos el penoso trabajo que conlleva el aprendizaje y delegamos en otra persona para que nos transporte, careceremos de autoridad y no nos atreveremos a elegir la manera en que deseamos guiar nuestros pasos, por lo que viviremos al antojo de las decisiones de los otros.
Pero debemos tener en cuenta que una vez que resolvemos ponernos al frente del volante y cuidar de nosotros mismos, hemos de prestar mucha atención hacia las irregularidades del camino con el fin de adaptarnos lo mejor posible al terreno. “La vida es cambio: las situaciones cambian, la gente cambia, nosotros cambiamos. Aferrarnos a una idea que ha tenido su utilidad en el pasado nos vuelve inflexibles y, por ello, más propensos a ser golpeados por la marcha del tiempo”, nos recuerda Louis Proto, y matiza : “Si de verdad vives en el presente, que se halla en continuo cambio, necesariamente habrás de cambiar con él. Tratar de llevar tu vida de acuerdo con la costumbre y la experiencia pasada es igual que conducir mirando sólo al espejo retrovisor en vez de adaptar tu conducción a lo que viene por delante para preguntarte luego con qué chocaste.”
“La persona oprimida es aquella que se permite estar oprimida”, sostiene la analista junguiana June Singer. Bajo este punto de vista, no somos víctimas, pues somos libres de elegir nuevas rutas y formas de sentir.
Reflexiones
Fecha de publicación: 2002-11-07 18:59:00, por Pilar García Redondo (visto: 573 veces)
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