Director: Paul Thomas Anderson Estreno: 2008-02-15 Genero: Drama
De la sangre de la tierra a la sangre humana. Las primeras imágenes muestran las colinas del desierto de California, un hombre lucha contra la roca y el polvo, y su perfil solitario resultaría en una gélida expresión si no fuera por la pulsión inquietante de la música monocorde que define la tragedia implícita en las secuencias que describen el desmesurado esfuerzo - a costa de su integridad física - del hombre en busca del oro negro, el cual emerge desde el interior de la tierra por causa de la herida provocada mediante el pico y el ancla excavadora, y los hombres celebran el hallazgo y proclaman su triunfo mostrando con orgullo la palma de la mano manchada de negra sangre (y sigue el escalofriante grito monocorde del violín); imperecedero retrato de la ambición enfermiza sin necesidad de recurrir a las palabras en un prólogo magistral, CINE. Las últimas imágenes , consecuente y transducción de la metáfora inicial, vemos al mismo hombre, esta vez sin pico pero con bolo en mano (tragicómico, ciertamente), haciendo brotar la sangre de la cabeza de su homólogo y falso antagonista con idéntica pulsión. Es, sencillamente, un mismo estado del ser en dos expresiones distintas, y así abre y cierra la narración.
Según lo indicado, el tema central es la avaricia, y se diría que esta película es una alegoría en la que cada personaje representa distintos matices en esa búsqueda del poder y la subordinación del prójimo, siendo Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) y Eli/Paul Sunday ( inquietante e inconmensurable Paul Dano) los personajes constituyentes del eje dramático en esa lucha de egos: poder secular versus poder religioso. La ley del talión, la humillación recíproca , el rencor, la venganza, y así, en conjunto, la película de Paul Thomas Anderson es una corrosiva expresión de malicia sin tregua ni puntos intermedios, en la que el líquido del cual el título nos avisa que va a fluir presuroso, al principio y al final, es la materialización del insano flujo emocional que recorre todo el metraje.
Uno de los aspectos clave y punto principal de discusión es la ausencia de progresión en el personaje conocido como Daniel Plainview, pues su ambición y malicia es la misma en su homicidio final que en el ya descrito prólogo inicial (del que ya hemos dicho que es una terrorífica representación-metáfora de la avaricia). No existe una progresiva deshumanización según el personaje va acumulando territorios y dólares, en cualquier caso la acumulación de poder motiva las iras de Daniel Pleinview, quien en un pasaje revelador (aunque también innecesario, demasiado explícito) confiesa el odio que profesa hacia sus semejantes y su concepción de la riqueza como un medio para humillar a sus enemigos y protegerse de ellos. No es un canalla porque posee grandes riquezas, sino que posee grandes riquezas porque es un canalla sin escrúpulos ya desde las primeras secuencias en las que decide adoptar al niño huérfano con fines maquiavélicos. ¿Significa todo esto que There will be blood es una película demasiado estática y recurrente en su esquema?. ¿Qué sentido tiene utilizar 158 minutos para describir a un canalla?.
Y no obstante, no es así. La banda sonora y la caracterología definen la progresión, desde la aterradora onda monocorde del principio (resonancias de Stanley Kubrick) hasta la desenfadada pieza musical que acompaña la última imagen, y aquí hallamos uno de sus rasgos más singulares: la tendencia y progresión hacia la exageración-caricaturización de los dos personajes principales. ¿Por qué una película que comienza con unos tonos tan graves termina con una secuencia, resolutiva y definitiva, tan tragicómica?. ¿Es que no había otro modo - nos comenta la mosca cojonera de turno - de narrar el homicidio, era forzoso ver a Plainview y a Sundey correteando en una bolera (¡¡en una bolera!! ¿¿Por qué cojones en una bolera??), y aquél lanzándole los bolos a la cabeza, y el segundo suplicando como si de una maricona se tratase?. Sí, es verdad, es una escena que resulta cómica, pero nos tememos que esa es precisamente la intención de su creador (la pieza musical confirma la sospecha. Algún malicioso dirá que Anderson se la sacó de la manga para ocultar su error, consciente de lo ridícula que había quedado la escena de marras. ¿Será posible?).
Si estamos ante una de las películas más hondas en cuanto a lo que la representación del odio y la malicia se refiere, la tragicomedia es la mirada más eficiente, la crítica ácida, el sarcasmo y la amargura frente a nuestra patética condición humana, específicamente, la de aquellos que, creyendo ganar el mundo con influencia y derramamiento de sangre, pierden toda dignidad. Por tanto, el contraste entre los tonos iniciales y el final tragicómico, aunque tiene un efecto extraño y descoloca incluso al espectador más curtido, no deja de ser expresivo y establece el verdadero relato, el relato de un autor que es capaz de abordar un tema común y muy trillado de forma personal, singular. De esto va el arte.
No es una película perfecta, 158 minutos siguen siendo excesivos, hay secuencias prescindibles que ralentizan demasiado el ritmo y la transición entre actos y hechos destacables. La puesta en escena, muy preciosista en ocasiones, en otras (la mayoría) precisa y sobria, distanciamiento emocional mediante planos generales y largos en los momentos de mayor intensidad dramática, primeros planos para enfatizar la paranoia de Plainview. Capítulo aparte merece la fotografía, asombrosa, metafórica, expresionista. Hombres sin rostro (la escasa iluminación induce tal efecto), solo maquinaria de trabajo, perfiles que se hacen uno con el monstruo que excava la tierra en busca de negra sangre. En medio del infierno, el falso profeta y el perdedor vengativo. Alegoría incompleta, pero sustancialmente honesta y efectiva.
Publicada el 2008-02-19 en http://www.muchocine.net/criticas/4604 por José A. Peig
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