Que los videojuegos ya no son solamente un divertimento de y para niños es una cuestión asumida a ambos lados de la producción de ocio virtual. Y este panorama ha cambiado en buena manera gracias al saber hacer de Rockstar Games, compañía que ha sabido entroncar con un sector adulto gracias a un catálogo de propuestas oscuras, serias, dramáticas, violentas y no exentas de polémica en ocasiones, revolucionarias todas ellas pero, curiosamente, escasamente adaptadas a la pantalla grande. Ahora llega al circuito comercial uno de sus títulos emblemáticos, que causó un enorme revuelo con la llegada de su primera entrega en 2001 y que ha convertido a su personaje principal en un icono de las plataformas de juego.
"Max Payne" (Mark Wahlberg) perdió a su mujer y a su hija durante un asalto a su hogar mientras él estaba de regreso a casa. Diez minutos antes habría podido salvar a su familia, un lapso de tiempo escaso que le tortura de manera inmisericorde, años después de la tragedia y con el culpable aún sin descubrir. Cuando conoce a Natasha (Olga Kurylenko), comienza a tirar de un hilo que puede que le acerque definitivamente a descubrir la verdad de lo que sucedió aquel día...
Si algo hay que reconocerle al director John Moore es el esfuerzo por satisfacer a los incondicionales del referente en el que se inspira esta propuesta, no tanto en la historia como en el intento de mantener un tempo narrativo cercano al experimentado en consolas y ordenadores. Seca, pausada, átona por momentos, la trama avanza metódica, lánguida, envuelta en una nevada eterna que congela todo lo que sucede, tanto personajes como situaciones; sin embargo, y no pretendemos excusar al realizador ─habrá que esperar a su versión en formato doméstico─ los tan cacareados problemas de montaje que ha tenido el film son una losa excesivamente pesada para el resultado final, extrañamente inconexo entre sus episodios, dando la impresión de que faltan demasiadas piezas en un texto que, por otra parte, tampoco tiene demasiado misterio.
Así pues, quienes desconozcan las fuentes de las que bebe este proyecto quedarán insatisfechos ante un relato hueco, estéticamente impecable ─empieza a ser habitual─, en el que la paleta de colores prácticamente elude todo lo que no cabalgue entre el negro, el gris y el azul acerado, impregnando tanto entornos y escenarios como a los integrantes del reparto, comenzando por un Wahlberg perfectamente mimetizado con el Payne virtual, hierático, impávido, esquivo, arropado por una Mila Kunis desaprovechada ─respecto del original, por supuesto─, un Amaury Nolasco prácticamente anecdótico y un Beau Bridges al que seguimos echando de menos en gran formato, pero que por evidente resulta del todo plano, casi irrelevante. Las escenas de acción están rodadas con potencia y vigor, y se agradecen los guiños al palco sabedor de lo que observa, plasmados en un par de secuencias que homenajean el uso del bullet time que tanto alboroto provocó en su día en medio mundo. Aún así, los bruscos saltos de los acontecimientos y los boquetes ─no ya agujeros─ del libreto imposibilitan en todo punto disfrutar plenamente de una idea que debería haber ofrecido mucho más, tanto para los expertos como para los neófitos.
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