|
Se logró, al fin se consiguió romper la maldición de cuartos y acceder a una semifinal de la copa del Mundo, tras 60 años, que ya ha llovido, y se hizo en lo que sin duda constituyó un partido dramático, tenso, hipertenso, extremadamente duro, teniendo enfrente a Paraguay, un rival bravo, aguerrido, una selección rocosa, correosa, agazapados con cuchillos entre los dientes para saltar sin conmiseración sobre las líneas de abastecimiento españolas, atosigando a Xavi (que ni la vio durante la primera mitad), cercenado la expansividad de Iniesta, cortando las aproximaciones del jugador más en forma de la selección, convertido ya en pichichi del evento, y oponiendo un muro de contención que poco a poco se iba aproximando hacia el propio marco, una plataforma móvil para atrapar a los rivales entre su reducido terreno y una portería cada vez más próxima. Descanso con tablas.
Ya en la segunda parte aparecen de repente todos los fantasmas ululando, cuando Piqué comete un penalti muy infantil y la eliminatoria se pone más en entredicho que nunca… Ya no hay caballos enjaezados en un desfile protocolario, ningún adorno que pueda distraer la llegada de la fatalidad: se trata de la soledad de un hombre, absoluta, recibiendo el consejo de Reina y decidiendo el lado correcto donde poder atajar el destino y darle la vuelta. ¡Paradón de CASILLAS! Y al minuto siguiente ese mismo destino, caprichoso como la suerte de la que suele formar parte, muestra cara al descubrir la moneda y ofrece la oportunidad de encauzar la eliminatoria. Si el fútbol es grande, si es algo más que un simple deporte colectivo, es porque además es una metáfora de la existencia en su totalidad, incluida la arbitrariedad de la (in)justicia. El penalti legalmente convertido por Xabi Alonso ha de repetirse por decisión arbitraria. Fallo, nuevo penalti, esta vez la justicia se amedrenta, todo sigue igual. Los púgiles respiran hondo, absorben todo el oxígeno suspendido como si el estadio se hubiera transformado de repente en una improvisada cámara hiperbárica, se miran a los ojos, queda cada vez menos tiempo y el que dé primero se irá directo a la posibilidad de la gloria; el otro en cambio quedará en el suelo, sumido en su propio infierno, el de la derrota y la oportunidad perdida.
Más incertidumbre. Pero entonces Iniesta, un jugador que mejora siempre su inspiración con la entonación de Xavi, regatea a uno, dos, tres contrarios, da un pase preciso para que el reciente recambio, Pedrito, estrelle el balón contra el poste, que sale rebotado en la dirección… correcta, la de disparo del súper goleador VILLA, que acierta con el objetivo, no sin haber provocado antes una nueva carambola que a punto está de ocasionar miles de infartos al unísono: el balón entra en el recinto sagrado precedido de un suspense casi mortal. Delirio, montaña de gritos y abrazos, lógica desmesura, pues todos saben, sabemos, que la eliminatoria es nuestra, de España, y que nuestro momento ha llegado por fin. Los espectros del pasado han sido completamente ahuyentados, y desde este momento, pase lo que pase, ya nadie hará sonar las vuvucelas (molestas y extinguidas) del fracaso: puede que desilusión, pero jamás fracaso. La espera fue larga y valió la pena.
¿Qué nos espera ahora? Alemania. Una selección enorme, solvente, poderosa, que no hace ascos tampoco a la estética y abandona en cierta medida la omnipresente fortaleza germana en aras de una mayor fluidez y flexibilidad en el juego (cosa lograda a través del grandísimo centrocampista Schweinsteiger), pero con idéntica contundencia, aplastando finalmente a sus rivales, como ha hecho con Argentina, un títere merecidamente vapuleado, al que ha sometido a una dolorosa cura de humildad, estrujando el engreimiento albiceleste hasta dejar convertido a su seleccionador en un guiñapo balbuceante, triste reflejo de una vanagloria extraviada, de una clase ausente, de un fracaso total. Y nosotros, España, lo preferimos, porque preferimos la honorabilidad a la bronca, las artes nobles a la marrullería barriobajera, la brega respetuosa al insulto provocador. Una grandísima selección como la Argentina ha de replantearse su filosofía de combate y optar por la exquisitez en el trato dentro y fuera del campo, para lo cual esta España futbolística podría servirles de inmejorable ejemplo. Así que Alemania entonces, los teutones serán nuestros próximos contrincantes, y no hace mucho que les hicimos besar la lona en una gran final europea. Y, quién lo iba a decir tal y como empezaron las cosas, este Mundial ya tiene un claro color europeo, con tres grandes selecciones del viejo y bello continente entre los cuatro primeros de la clase. Esto nos congratula sobremanera. Porque además, incluida la propuesta alemana, este trío de ases se nutre de múltiples influencias futbolísticas y culturales, lo cual las enriquece de una manera muy notable, aportando nueva genética, innovaciones adquiridas, renovados puntos de vista, una comunión conceptual de esfuerzos e ideas mucho más que agrupación racial o telúrica. Y ahí reside la gran fuerza de esta nueva e inopinada supremacía europea dentro del arte balompédico. No se busque más intríngulis al asunto porque no lo hay.
Por último, reconocer sin ambages la proeza holandesa al haber despertado a la canarinha de su sopor "dunguista" y autocomplaciente, materializando sus escasas oportunidades de éxito en dos goles que les dan auténticas posibilidades de plantarse en el desenlace final del domingo. El liderazgo compartido de Robben y Sneijder (firme candidato este año al balón de oro) está dando sus frutos y a nadie le extrañaría ver a la naranja mecánica tratando de ajustar cuentas pendientes con la historia. Con permiso, eso sí, de Uruguay y el gran Forlán, otro líder indiscutible que ha puesto a los suyos al borde mismo del milagro. ¡Qué conclusión de partido nos brindaron la selección de Abreu y Ghana! Grandeza y miseria concentradas en dos penaltis que pasarán a la historia, uno por haberse estrellado contra el larguero impidiendo el pase de los africanos; otro, el lanzado por Abreu, haciendo honor a su apodo en una ejecución tan bella como temeraria. Un desenlace memorable.
Ahora para nosotros, el miércoles, nuevo embate del destino, nueva cita con la historia, la gran dama de la fortuna, con sus ojos de obsidiana, mirándonos con fijeza, sin pestañear. Aguantamos esa mirada desafiante. Allí nos vemos. Para contarlo una vez más.
|