DIFERENTE, ESPECIAL, TAL VEZ ANORMAL
Querido diario:
Tal y como me ha sugerido hoy mi psicóloga Carolina en nuestra primera cita, tú te vas
a convertir en mi mejor amigo y confesor. Trataré de plasmar sobre líneas todo aquello
que alberga en el interior de mi alma y que durante años he sido incapaz de transmitir.
Hoy, a mis 16 años me siento en ocasiones un “bicho raro”. Así es como me llaman a
gritos Alfonso y su pandilla cada vez que me ven a la salida del instituto; sin
embargo, otras veces me siento el niño más afortunado y feliz de este mundo. Pero
todos estos sentimientos tan contradictorios me confunden y a veces no me dejan pensar
con claridad. No se si quizá hubiese sido mejor crecer en el hospicio en el que viví
desde que mi madre me abandonó a los 2 años, hasta que mi familia me adoptó a los 8.
Este diario, como dice Carolina, ayudará a poner “en orden mis pensamientos”.
Es cierto que si mi familia adoptiva no me hubiese acogido y hecho su hijo, nunca
habría sabido lo que era el cariño, lo que es que te den un beso antes de dormir, o lo
divertido que puede llegar a ser ver un partido de fútbol Madrid-Barça en el Bernabeu.
Cuando vivía en el hospicio, la vida era muy diferente a como lo sería años después;
recuerdo que los domingos nos llevaban de excursión. Durante la semana
esperábamos todos los niños con gran ansiedad a que llegara el fin de semana, porque
eran los únicos días en los que ocurrían cosas emocionantes. Unas veces íbamos
al parque y nos dejaban dar de comer a los patos, otras nos llevaban a los columpios
donde podíamos jugar con otros niños en la arena y ver quien era capaz de llegar más
alto subido en el balancín hasta tocar con las manos el cielo.
Todo aquello eran actividades divertidas que rompían con la monotonía y rutina diaria,
o por lo menos a mis 6 años así me lo parecía.
El resto de la semana era muy aburrida. Asistíamos al colegio del hospicio, con lo cual,
mis salidas a la calle eran muy esporádicas.
De vez en cuando, nos llevaban de tiendas. Solíamos comprar pijamas, calzoncillos y en
ocasiones especiales podíamos tener pantalones vaqueros nuevos. Las demás cosas
nos las daban las cuidadoras. Eran ropas usadas, pero casi no se notaba más que por
algún pequeño remiendo o descosido.
Rosa, nuestra cocinera, nos preparaba los domingos flanes y natillas, y cuando algún
niño tenía cumpleaños, preparaba un gran bizcocho que rellenaba con fresas y nata.
Nunca tuve una familia, así que en realidad, no la eché de menos hasta que fui creciendo
y comencé a darme cuenta de que me sentía solo a pesar de que todos mis amigos
estaban en iguales condiciones. Ninguno teníamos ni padre ni madre, pero si teníamos
muchos hermanitos. Todos mis compañeros eran en realidad mis hermanos al ser
lo más parecido a una familia con la que convives y creces. Fui definitivamente
consciente de que me sentía solo el día que, mientras estaba en clase de mates, miré por
la ventana y vi como una madre se agachaba y le colocaba la mochila en la espalda a
un niño, le daba un beso en la frente y luego un fuerte abrazo. Aquella imagen me hizo
darme cuenta que necesitaba estar fuera de aquellas paredes, salir para poder ir al cole
como el resto de los niños, como aquel niño de mi edad. Eché de menos que alguien se
preocupase por ponerme bien mi mochila, pero sobre todo, eché de menos tener una
mamá tan guapa y alta como aquella mujer que me diese un beso, un abrazo, cariño…
Cada vez que llegaba una familia y se llevaba a alguno de mis amigos, me daba mucha
rabia y envidia . Me alegraba por ellos, sobre todo por mi mejor amigo Álvaro,
pero me entristecía el no saber cuándo podría tener yo aquello que tanto añoraba.
Pasaban los años, y nadie venía a llevarme. Todos mis amigos se fueron poco a poco
yendo menos yo. En ocasiones le preguntaba a Rosa, la cocinera, si aún no tenía un
papá y una mamá porque me faltaba un brazo de nacimiento, y ella me decía que no,
que yo era una persona muy especial y que necesitaba una familia también especial, y
eso necesitaba su tiempo, pero que llegaría…Y llegó, y si, realmente eran unos padres
“muy especiales”…
Una señorita vestida con chaqueta me llevó a una habitación donde vería por primera
vez a las personas que quisieron hacerme formar parte de su vida; las personas a las que
no les importó que yo fuese un niño especial: Ramón y Paco, mis dos papás.
Me volví hacia la mujer de la chaqueta y le pregunté que dónde estaba la mamá, y ella
me dijo que no había mamá, que había dos papás. Aquella situación no la entendía bien.
Todos los niños que se fueron marchando lo hicieron de la mano de una mujer y un
hombre, pero sin embargo yo lo iba a hacer con dos hombres. Múltiples preguntas
fueron apareciendo en mi mente; cosas como: ¿No se casan los hombres con mujeres?,
¿Puede Paco o Ramón prepararme la comida, hacerme galletas y llevarme al cole?..Eso
lo hacen las mamás…Y de esta forma, totalmente confundido, me marché con ellos a
una gran casa con jardín. Tenían un perro que se llamaba Bobi, mi habitación estaba
llena de posters de coches y juguetes, y en el armario había mucha ropa de esa que
siempre miraba en las tiendas pero que no nos podían comprar porque era muy cara.
Paco era el que siempre me preparaba la comida y me acompañaba al colegio, porque
trabajaba por la tarde, y Ramón era quien se quedaba por las tardes ayudándome a
hacer los deberes. Ambos me llevaban al cine, al circo, al zoo, y a ver partidos de
fútbol. Pronto me acostumbré a tener una familia solo de hombres, a presenciar los
besos de buenos días y a ver como se despedían con un abrazo. Para mi era normal oír
como se decían palabras cariñosas, pero a lo que aún hoy, años después no me puedo
acostumbrar es a las miradas de la gente cuando paseamos los tres y ellos se cogen de la
mano, ni a los comentarios de los demás chicos cuando dicen: Tus padres son maricas.
Lo peor fue cuando llegué al instituto. Ahí es cuando se iniciaron los insultos, y
hasta me pegaron una vez porque decían que yo también era un maricón como mis
padres. Todo eso hizo que en cierto modo yo comenzase a sentir rabia hacia ellos. Dejó
de gustarme el beso de buenas noches, y me avergonzaba que saliésemos juntos a la
calle. Todo era perfecto hasta que aquellos niños empezaron a meterse conmigo, hasta
que comencé a sentirme como si fuese “un bicho raro”.
Mi psicóloga me dice que la mejor manera de descubrir mis sentimientos es escribir lo
positivo y lo negativo de mi familia, y ahora, mientras estoy escribiendo en este diario y
han ido viniendo a mi cabeza los recuerdos del hospicio y de lo solo que me encontré
durante toda mi infancia, me estoy dando cuenta de que, mi familia podrá ser diferente,
anormal para muchos, pero si no hubiese sido por ellos, jamás habría sabido lo que es
tener todo aquello que los demás tienen, no solo cosas materiales como juguetes, ropa
de moda para salir, dinero para ir a comprar helados con mis amigos, sino el tener ahí a
dos personas que siempre se preocupan por mi, que me cuidan si me pongo enfermo,
que quieren que aprenda, que me regañan cuando me porto mal, pero que jamás me
han hecho sentir diferente ante el resto por no tener mis dos brazos. A veces pienso
que si no hubiesen llegado Ramón y Paco, jamás habría salido de las cuatro paredes del
hospicio. Si, me doy cuenta de que gracias a ellos tengo el calor de dos personas que
jamás me abandonarán como hizo mi madre. Supongo que tendré que hacer lo que dice
Carolina, vivir mi vida sin escuchar los comentarios de los demás, y esperar a que algún
día haya más gente como Ramón, Paco y yo para que una gran parte de la sociedad
comience a vernos como a “una familia normal”.
Mª de los Ángeles Guarnido Rozúa