A partir de la noticia correspondiente al titular:”La mujer a la que extirparon 60 kilos de grasa aprende a andar de nuevo”, publicada en el periódico IDEAL el día 18 de Marzo del 2006, he creado el siguiente relato:
AMARGOS KILOS
“¿Me pregunta usted cómo era mi vida?” Pues muy sencillo, no vivía, trataba de sobrevivir. Imagínese lo que es el día a día en una persona que pesa más de ciento cincuenta kilos, de los cuales, sesenta estaban localizados en mi abdomen hasta el punto de que éste llegaba a rozar el suelo. Dejé de salir, huía de mi propia familia, de mis amigos por vergüenza, y de las miradas del resto de la gente de la calle por temor a los continuos insultos que debía escuchar cada vez que paseaba por el parque en mi fallido intento por hacer una vida normal, tal y como me sugerían los psicólogos. Pero lo más difícil era huir de mi misma, porque eso no era posible. Deseaba huir de un cuerpo desproporcionado, de una imagen distorsionada, huir de una realidad presente e inmejorable.
Correr, eso era lo único que en esos momentos quería. Salir corriendo a algún lugar alejado fuera de las miradas y comentarios ajenos, cerrar los ojos para volver a abrirlos y contemplar a quien una vez fui, la feliz vida que en un tiempo llevé junto a mi esposo e hijos, y sin las discusiones y problemas que entre nosotros se generaron por culpa de mi peso, por culpa de todos los complejos que me rodeaban y perseguían allá donde fuese y estuviese, por mi falta de autoestima, pérdida de ilusiones y ganas de morir.
¿Qué cómo era un día normal? Cada mañana, aún bajo la penumbra del amanecer sonaba el despertador. Un estrepitoso ruido que me hacía regresar de una vida de ensueño a la fatídica realidad. Junto al lado derecho de la cama, que es donde yo dormía, había una pequeña pero resistente silla de madera que servía para ayudarme a levantar. Primero con grandes esfuerzos colocaba mi vientre sobre ésta, y luego, apoyaba mis brazos sobre el respaldo para hacer impulso y así poder ponerme en pié.
Con otro gran esfuerzo conseguía llegar a la habitación de mis hijos tras atravesar el salón y la cocina. El camino hasta el dormitorio me parecía interminable. Debía parar varias veces para tomar aire, y avanzar caminando con el apoyo de mis manos sobre la pared. Al llegar al dormitorio veía cómo mis mellizos Adrián y Roberto de ocho añitos dormían profundamente ajenos a “mi realidad”, y digo ajenos porque para ellos y ante sus inocentes ojos, yo era la mamá más guapa del mundo. Con miedo a que se repitiese la misma pregunta de todos los días, suavemente los despertaba con un beso en la frente, pero por desgracia, si que se repetía, y se seguiría repitiendo hasta el día de hoy: ”¡mami!” decía siempre Roberto, mi pequeño más espabilado y travieso, “¿ nos vas a llevar al cole hoy?”. “No hijo, hoy no puedo” decía yo con lágrimas en los ojos. “La semana que viene, que ahora tengo muchas cosas que hacer, pero no os preocupéis que papá os lleva ahora; y daos prisa que ya ha preparado el desayuno”.Sin embargo, durante meses, durante años, esa semana ni había aún llegado, ni llegaría por mucho tiempo.
Pedro, mi marido, se había convertido en una madre para mis hijos. Él era el que se encargaba de llevar y recoger a los niños del colegio antes y después de trabajar en la inmobiliaria del final de la Avenida en la que vivimos. También les preparaba el desayuno bien temprano y la cena antes de dormir, los bañaba, hacía la compra los fines de semana, y acudía a las reuniones de vecinos y a las que se pudiesen celebrar en el colegio de los mellizos. Las tareas domésticas y el almuerzo de mi esposo y mío lo hacía a diario mi hermana Susana, que como no trabajaba porque el sueldo de su marido daba de sobra para los dos, se venía a ayudarme durante los duros años en los que mi situación me impedía hacer una vida normal. Gracias a ella los días no eran tan solitarios, porque a penas pasaba un par de horas sola, pero esas horas en las que me encontraba conmigo misma eran interminables. Por mi cabeza comenzaban a pasar toda clase de pensamientos irracionales a los que no podía poner freno, y una vez que mis neuronas comenzaban a trabajar, pararlas me resultaba imposible. Me veía tan fracasada…, no solo como madre, sino como esposa y mujer. Era incapaz de darle el placer que mi Pedro necesitaba como hombre, y nuestras relaciones de pareja comenzaron a extinguirse por completo. No deseaba que me tocara, me daba vergüenza que me mirase desnuda, y aunque siempre decía amarme tal y como era, siempre creí que se trataban tan solo de palabras de ánimo. A todo esto se le sumó el hecho de pensar que mi marido me abandonaría para irse con otra mujer más delgada, lo que desembocó en una inseguridad y falta de confianza plena en él, a pesar de que yo en esos momentos no fuese consciente de que el problema habitaba solo en mi mente.
Las cosas más sencillas y que están al alcance de cualquiera me parecían un mundo. Sentir la fresca brisa del mar mientras se pasea por la arena en compañía del suave susurro de las olas que van y vienen, montar en bicicleta a través de bellos senderos repletos de árboles en flor cuyo aroma penetra y nos hace recordar a esos entrañables capítulos de la casa de la pradera, o el simple pero tan bello acto familiar de salir a cenar a un bonito restaurante e ir al cine en compañía de los tuyos.
Pero por el momento, tan solo me conformaba con ser capaz de andar de mi sillón al baño o a la cocina sin miedo a caerme o a ahogarme por culpa de toda esa masa de grasa que me impedía respirar de forma normal.
“¿Qué cuántos años duró este calvario?” “cinco”;¿Qué si visité especialistas?”¡Todos los habidos y por haber!”. Endocrinos, internistas, neurólogos, cardiólogos, traumatólogos, y un sin fin de especialidades más. Todos me decían lo mismo, que con esta situación solo habría un final, porque físicamente mi cuerpo se estaba deteriorando a favor de un vientre que cada vez crecía y se descolgaba más. Los daños internos iban en aumento, sin hablar de las dolencias que sufría en cada hueso y músculo de mi cuerpo. Sin embargo, todo conducía a un camino sin salida, porque de operarme, me enfrentaría a un grave riesgo quizá irreparable, pero si no me sometía a la intervención el final sería igualmente desafortunado para mí.
“¿Que qué me empujó a tomar una decisión?”El apoyo de mi familia fue lo que me amparó en esta difícil decisión y me hizo optar por someterme a la operación para deshacerme de la cruz que amargaba mi existencia. De una forma u otra mi vida corría peligro, así que decidí poner fin cuanto antes a una situación que cada vez afectaba más a todos aquellos que me querían, ya no solo a mí. Hacer sufrir a los míos era lo último que deseaba, así que el 14 de Febrero del 2004, hace ya más de ocho meses, día en que, mientras yo intentaba ponerme el fajín que me sujetase algo la barriga, mi marido entró en la habitación con una docena de rosas y una preciosa tarjetita roja que decía “Te amaré siempre”. Ese acto me hizo ver lo mucho que en realidad me quería mi marido, y como él, también los niños. Entre lágrimas lo abracé mientras mi querido Pedro me decía entre susurros: “te apoyaré en lo que decidas. Siempre estaré a tu lado y por encima de todo eres y siempre serás la preciosa y cariñosa mujer de la que hace veinte años me enamoré”.
Poner fin a un caso tan complejo, que nada tenía que ver con la clásica obesidad mórbida, no era tarea sencilla. Para empezar se necesitaría una camilla especial y un sistema de grúas. “Esta operación va a parecer más bien una obra maestra de la ingeniería”, dijo mi cirujano en una de las visitas a su consulta previas a la intervención.
Y finalmente, tras 15 horas de intervención con un grupo de 14 especialistas a cargo del cirujano y endocrino Manuel Tortosa, y dos días en la sala de cuidados intensivos, abrí los ojos en una blanca e iluminada habitación, caldeada y repleta de flores y globos. Junto a mi, estaba Pedro, y a los pies de la cama, mis adorados mellizos y mi hermana Susana. “Te has quedado hecha una sílfide”, dijo ésta entre risas.
El post operatorio fue muy doloroso porque prácticamente me habían tenido que “moldear de nuevo”, pero lo que quizá más trabajo me costó fue el poder volver a andar, porque, al pesar 60 kilos menos de golpe, mi equilibrio se había visto alterado.
Hoy, seis meses después voy poco a poco consiguiendo hacer una vida normal al tiempo que alejo de mi mente todos esos pensamientos irracionales que me envolvían y atormentaban, y, aunque se que todo es cuestión de tiempo, no veo la hora en que pueda recordar todo esto como una anécdota que contar a mis nietos…Ahora bien, con el permiso de todos los presentes, ¡doy por finalizada la rueda de prensa!... si no hay más preguntas claro… porque “tengo que ir a recoger a mis muchachitos del instituto”. Mil gracias Don Tortosa por devolverme las ilusiones y las ganas de vivir.
MªÁngeles Guarnido